– Te llamé esta mañana -le dijo-, pero ya te habías marchado.
– Ah, sí?
– Estaba un poco preocupada. Había dos tipos rondando por la acera de enfrente. Parecía como si estuvieran vigilando la casa. Pensé en llamar a la policía, pero al cabo de diez minutos ya se habían marchado.
– Cómo eran?
– No sé… eran bastante raros. Uno iba vestido de negro y el otro de gris. Los dos llevaban gafas de sol, así que no pude distinguirles bien la cara. Lo único que pude ver es que tenían la cara terriblemente pálida. Casi como si fueran albinos, ¿sabes?
Michael se encogió de hombros.
– Ah, bueno, por aquí a veces viene gente de todas clases. Una vez vino una limusina cargada de gángsters; fueron a sentarse a la playa con los abrigos de vicuña y los zapatos Gucci puestos y se pusieron a fumar puros. Después todos volvieron a marcharse por donde habían venido.
– Esos dos no tenían aspecto de ladrones de casas ni nada parecido -dijo Patsy-. Pero me preocupé, no sé por qué.
– Bueno, si vuelves a verlos, llama a la policía.
– Hay algo más. Anoche, muy tarde, un hombre llamó por teléfono tres veces. Yo le dije que se equivocaba de número, pero él siguió llamando.
– Dijo a qué número llamaba?
– No.
– Conocías la voz?
– No… no.
– ENo te dijo nada obsceno?
– No, nada de eso. Pero fue muy insistente. No hacía más que preguntar por el «señor Hillary».
Michael se quedó mirándola fijamente. Una sensación punzante y fría le recorrió la espalda.
– El «señor Hillary»? ¿Estás segura?
– Eso es lo que dijo: «Quiero hablar con el “señor Hillary”.»
Michael frunció el ceño. El «señor Hillary». Aquél era el nombre que había mencionado el ciego mientras él estaba cruzando la plaza Copley. Era demasiada coincidencia que se hubieran hecho dos referencias al «señor Hillary» por casualidad en tan breve espacio de tiempo, y además de un modo tan gratuito.
– Sucede algo? -preguntó Victor al tiempo que daba un sorbo de café.
– No sé… he oído ese nombre antes, eso es toçlo.
– Extraño -comentó Victor.
Victor y Patsy fueron de compras en Hyannis mientras Michael iba a visitar al doctor Rice. Era una tarde clara y soleada, soplaba un viento vivificante y las nubes cruzaban yelozmente el cielo como ovejas retozonas. El doctor Rice lo tuvo esperando más de veinte minutos, y cuando abrió la puerta del despacho, una mujer de mediana edad con la cara escarlata y vestida con un traje de chaqueta de lino color naranja salió a toda prisa, con los ojos vidriosos y la pintura de ojos corrida.
– Siento haberle hecho esperar, Michael -dijo el doctor Rice. Aquel día tenía un aspecto desacostumbradamente informal, pues llevaba una camisa amarilla de manga corta, pantalones de golf a cuadros azules y mocasines blancos con clavos-. Perdone usted el atuendo. Voy a jugar un partido en Chatham esta tarde. Siquiatras contra dentistas. Vamos a darles una paliza tal que van a quedar destrozados por una temporada.
Michael se sentó en el sillón de lona y metal cromado. Habían arreglado el brazo desde la última sesión de terapia a la que había asistido. El doctor Rice se acercó a la ventana y ajustó las persianas para que el despacho quedase sumido en una penumbra pardusca.
– Cómo le ha ido, Michael? -le preguntó a la vez que apoyaba una.nalga en el borde del escritorio-. Por teléfono parecía estar usted presa del pánico.
– He estado… inestable, si he de decirle la verdad -confesó Michael.
– ¿Inestable?
– Es este trabajo, no cabe la menor duda. No hago más que experimentar imágenes retrospectivas de Rocky Woods. Y otras cosas, además. Incidentes realmente extraños en la calle; incidentes que no puedo comprender.
– Estamos hablando de pesadillas?
– No, no. Son pesadillas que tengo cuando estoy despierto. No hago más que tener la repentina sensación de estar cayéndome de aquel avión; de que estoy a punto de morir.
– Bueno -dijo el doctor Rice discretamente-, ya sé que necesita este trabajo, pero a lo mejor debería considerar la posibilidad de dejarlo. Como le dije el otro día, su cordura vale mucho más que cualquier suma de dinero. De nada sirve ser millonario si uno está demasiado jodido para disfrutar de ello.
– No quiero dejarlo. No puedo dejarlo. Hay demasiadas preguntas, demasiados rompecabezas… si no averiguo lo que les pasó a John O’Brien y su familia, creo que estaré más jodido de lo que estaba antes.
– Cree realmente que averiguar lo que le pasó a John O’Brien tiene gran importancia? Está muerto, nada puede hacerlo regresar. Puede que a Plymouth Insurance le importe cómo muriese, pero, ¿a usted realmente qué más le da? Quiero decir sicológicamente.
– Sí me importa, y mucho -dijo Michael-. Supongo que habrá visto en las noticias que la hija de O’Brien fue arrojada a la arena por el mar en la bahía Nahant.
– Desde luego -dijo el doctor Rice con cautela. Alargó una mano y encendió la grabadora.
– Estuve allí en persona y vi el cadáver. Pero hay más, la bahía Nahant es la misma que vi la última vez que usted me hipnotizó.
El doctor Rice pareció sorprendido.
– Está seguro de eso?
– Absolutamente. La misma playa, el mismo faro. Todo.
…y nunca había estado en la bahía Nahant antes?
– Nunca.
– Nunca la había visto en alguna guía turística, o en alguna revista? -Michael negó con la cabeza enfáticamente-. Bien… eso es notable -admitió el doctor Rice-. He oído que algunos pacientes tienen fogonazos de percepción cuando están bajo hipnosis… pero ninguno que pudiera ver el futuro.
– Quiéro que me hipnotice de nuevo -le pidió Michael.
El doctor Rice se levantó y dio la vuelta al escritorio. La amortiguada luz del sol se le reflejó en las huesudas mejillas recién afeitadas, pero sus ojos permanecieron como círculos de impenetrable oscuridad.
– Está seguro?
– Estoy seguro. ¿Porqué lo pregunta? Nunca lo había hecho.
– Porque estoy preocupado por usted. Normalmente, los pacientes emplean sus experiencias hipnóticas para llegar a un acuerdo con sus traumas sicológicos. Pero en su caso, parece que está haciéndolo a la inversa… como si estuviera creando más traumas sicológicos mientras está bajo hipnosis y trayéndolos de regreso para turbar su vida cotidiana.
– Vi la bahía Nahant, el faro, la playa, aquellas casas verdes. Estaban allí, por amor de Dios. Estaban allí de verdad. Tengo que saber cómo es posible que lograra verlas antes de haber ido allí; y por qué.
El doctor Rice bajó la cabeza.
– Debe comprender que la hipnosis sólo puede revelar cosas que ya estén dormidas dentro de su cerebro. No puede decirle algo que usted no sepa ya.
– Por favor -dijo Michael-. Tal como están las cosas, estoy al borde de un ataque de nervios. Me aguanto por los pelos. Veo cosas que no debería estar viendo, sufro toda clase de experiencias raras. En Boston tuve la impresión de que me seguían, luego aquel viejo empezó a hablar conmigo y, por último, el taxista se puso a citar cosas de la Biblia.
– A mí me parece que todo eso es normal en Boston -le dijo el doctor Rice con una sonrisa torcida.
– Tengo que someterme a hipnosis -insistió Michael.
Por fin, el doctor Rice dijo:
– Muy bien. La grabadora está en marcha, quiero que quede grabado que voy a hipnotizarlo a petición suya, que usted asume todos los riesgos y que me exonera de cualquier responsabilidad.
Michael titubeó. Nunca había oído hablar así al doctor Rice.
– Está asustado -le dijo.
– Sólo estoy preocupado. La hipnosis no es un juego para exhibirlo en fiestas. Podría quedar usted seriamente traumatizado.
– Cuando estoy despierto tengo la sensación de que me caigo de aviones. Son verdaderas visiones a plena luz del día, como que el mundo se abre justo debajo de mis pies. Veo cadáveres y pedazos de cuerpos. ¡Los veo, por el amor de Dios! ¿Qué puede haber peor que eso?