– Muy bien -dijo el doctor Rice-.-. Si cree que hipnotizarle puede servirle realmente de algo, adelante. Pero permítame que se lo repita otra vez: no experimentará usted nada bajo hipnosis que no conozca previamente. Y puede que sea mejor que piense en qué es lo que ya conoce.
– Qué? -le preguntó Michael volviendo la cabeza mientras el doctor Rice daba la vuelta alrededor de él.
– Me cae bien -dijo el doctor Rice-. No puedo decirle nada más que eso.
– Por favor… -dijo Michael-. Hipnotíceme, ¿de acuerdo?
El doctor Rice acercó una silla y se sentó en ella al lado de Michael. Éste podía oler la pasta de dientes Binaca en el aliento del médico.
– Está usted cómodo? -le preguntó el doctor Rice. Michael asintió. Entonces, el doctor Rice le dijo-: Ponga la mano izquierda sobre la rodilla izquierda, con la palma hacia arriba, y luego ponga la mano derecha sobre la mano izquierda, también con la palma hacia arriba. Relájese -le indicó-. Está usted ansioso, está asustado, no sabe qué hacer… pero ha venido aquí en busca de ayuda, y yo voy a dársela. Gire la cabeza, deje que los músculos se suelten. Relájese.
Michael se relajó realmente. Dejó que el alma se le saliera por los pies, hasta que no fue nada más que una marioneta sin hilos derrumbada en el sillón. Se sentía vacío, completamente sugestionable, dispuesto para cualquier cosa.
El doctor Rice sacó el disco de zinc y cobre con el que hipnotizaba y lo apretó contra la palma abierta de Michael.
– Concéntrese en el centro del disco, en el punto de cobre. Mantenga los ojos fijos ahí y no desvíe la mirada.
Michael miró fijamente el punto de cobre ylo vio bailar ante sus ojos. «Esta vez -pensó- no conseguirá hipnotizarme. Esta vez va a fallar.»
– Tiene ganas de dormir -le dijo el doctor Rice-. No se resista a la sensación de sueño… permita que se apodere de usted en el momento en que él quiera. Cuando yo le diga que cierre los ojos, ciérrelos. -El doctor Rice le pasó las manos a Michael por delante de la cara una y otra vez-. Tiene sueño -le dijo-… Le pesan tanto los ojos que apenas puede mantenerlos abiertos. No tiene ningún tacto en los brazos ni en las piernas. Siente todo el cuerpo entumecido. Se le están cerrando los ojos, se va a dormir.
– Le rozó los párpados a Michael y luego murmuró-: Le resulta imposible mantener los ojos abiertos. Va a dormirse, va a dormirse, va a dormirse. No puede abrir los ojos. Está dormido.
Michael no quería quedarse dormido. Por lo menos no con tanta facilidad. Esta vez quería demostrarle al doctor Rice que podía resistirse. Pero al mismo tiempo que pensaba «No, esta vez no, no», iba deslizándose poco a poco hacia la irrealidad, hacia aquel cálido, acogedor y oscuro océano de la inconsciencia, y no era capaz de abrir los ojos por mucho que lo intentase. Sencillamente, no podía. Y en realidad tampoco quería, porque el océano era tan profundo y tan relajante que podía nadar cada vez más, y dormir mientras nadaba.
Vio aquel resplandor rosado y brillante que siempre veía antes de que el doctor Rice lo sometiera a hipnosis por completo, y esta vez le pareció más brillante que nunca. Oía el oleaje arrastrándose incansablemente por toda la orilla, y notaba el viento salado soplándole en la cara y oía a las gaviotas chillando. Oyó decir a Jason:
bicicleta…
Luego abrió los ojos.
Había un hombre alto cerca de él, mirándolo. Tenía el pelo de color blanco hueso, largo, sedoso y peinado hacia atrás, aunque parte del mismo volaba movido por la brisa de la costa. Tenía la cara larga y esculpida, con la nariz recta y estrecha, diferenciados pómulos y ojos oscuros y exigentes. Resultaba espantosamente atractivo, la clase de hombre cuya presencia hace que los maridos cojan a sus mujeres del brazo en un gesto protector.
Llevaba un abrigo largo, muy caro, de lana gris suavemente tejida, que ondeaba y resonaba al viento. Estaba pelando meticulosamente una lima, y dejaba caer los pedazos de cáscara en la arena.
– De manera que has venido a unirte a nosotros, Michael-le dijo el hombre sonriendo, aunque la voz no parecía estar sincronizada con los labios, como una película hecha en un idioma extranjero que estuviera mal doblada. Michael notó que el miedo se apoderaba de él de la cabeza a los pies, pero el hombre le echó un brazo por los hombros y le dijo-: Ven conmigo… no deberías tener miedo… ahora estás entre amigos… amigos y parientes.
– No comprendo -dijo Michael. Miró a su alrededor por toda la playa, a las dunas azotadas por el viento, a las achaparradas casas verdes, a las gaviotas que volaban silenciosamente en círculo. A media distancia vio algo grisáceo y pálido echado sobre la playa, algo que podría haber sido tanto un saco de correos como un viscoso montón de restos de algún ahogado, o algo peor. Unas cuantas gaviotas se paseaban majestuosamente alrededor de aquello, picoteándolo de vez en cuando.
El hombre, con suavidad, se llevó a Michael hasta alejarlo de allí. El abrigo se le enrollaba a Michael entre las piernas y hacía que le resultase difícil caminar. El hombre dijo:-Tú eres un privilegiado, ¿sabes? No muchos de vosotros continuáis teniendo algún recuerdo de lo que sois…
Subieron por las dunas con las piernas hundiéndoseles entre la blanda arena. Michael no pudo evitar volver la cabeza una vez más para mirar la forma que yacía sobre la playa. No podían ser los restos de Sissy O’Brien. ¿O si? No le gustaba el modo en que estaban picoteándola las gaviotas, ni el hecho de que se elevaran en el aire con un pedazo enorme de algo mojado y hecho jirones colgándoles del pico.
– Vámonos ya -le urgió el hombre-. No tenemos mucho tiempo.
– Adónde vamos? -preguntó Michael.
El hombre no dijo nada, pero lo cogió por el codo con una mano tan fuerte como una garra y lo empujó con suavidad hacia adelante. Subieron juntos a lo alto de las dunas, con el viento azotándoles la espalda, y luego comenzaron a descender por una ancha cuesta arenosa hacia el blanco faro que Michael había visto en su último trance hipnótico.
– Estoy soñando -dijo Michael-. Dígame que estoy soñando.
El hombre se volvió hacia él; tenía la cara angulosa y blanca, tan blanca como una cantera de tiza, y los ojos rojos como rubíes líquidos.
– No, Michael, no estás soñando. Esto es real… esto es aquí y ahora. Si estuvieras soñando, entonces yo también tendría que estar soñando, y tú y yo estaríamos compartiendo este sueño.
– Sin embargo, yo no me encuentro realmente aquí -insistió Michael.
– Por supuesto que estás aquí! ¿No notas el viento? ¿No oyes el mar?
– Estoy en trance. Estoy sentado en el despacho del doctor Rice, en Hyannis. Él me ha hipnotizado.
– Tú estás aquí, Michael. ¿Por qué fingir?
Michael daba tumbos por la arena mientras el hpmbre lo llevaba casi a rastras cada vez más cerca del faro blanqueado. El viento silbaba y siseaba entre la arena. El faro era tan blanco que incluso en una grisácea mañana como aquélla apenas si se podía mirar hacia él a causa del resplandor.
– Quiere dejar de tirar de mi? -le gritó al hombre; y de un tirón consiguió que soltara la manga-. ¡Sea como sea, no quiero ir!
El hombre se detuvo y lo miró fijamente, allí plantado, con las piernas muy separadas, la espalda erguida y las manos apoyadas en las caderas, tenía un aspecto bíblicamente serio.
– Tienes que hacerlo -le ordenó.
Michael movió la cabeza en un signo negativo.-No voy a ninguna parte. Esto es un sueño.
El hombre se inclinó hacia él.
– Yo nunca duermo, por lo tanto, no sueño. Esto no es ningún sueño, es la realidad. Tú estás aquí, Michael, en la costa; y vienes conmigo.
Agarró a Michael por el brazo y lo arrastró hacia adelante. Michael era consciente, en parte, de que era el doctor Rice quien lo arrastraba hacia adelante, y de que se encontraba todavía en su despacho. Sin embargo, la brisa del mar era fuerte y salada, y podía sentir la arena deslizándose bajo sus pies, y el abrigo del hombre que se le enroscaba en las piernas: Y pensó: «Cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible que esto pueda ser? ¿Dónde estoy, por Dios? ¿Estoy hipnotizado, estoy soñando o estoy muerto?»