El hombre fue tirando de él metro a metro hasta que llegaron a la base del faro. De cerca, Michael pudo ver que estaba construido con cemento brillantemente blanqueado, aunque estaba mucho más manchado y erosionado por el tiempo de lo que parecÍa desde lejos.
– Pasa al interior -le ordenó el hombre, y tiró de él a la vez que daba la vuelta hasta una puerta pesada y baja de roble teñida de marrón. Giró el pomo de hierro y la abrió hacia afuera. Luego volvió a agarrar a Michael por el brazo y tiró de él hacia el interior del faro.
Michael miró a su alrededor. Se encontraba de pie en una estancia grande y tenebrosa que olía a humedad, tenía el techo alto y las paredes espesamente enlucidas. Alrededor de la habitación, formando un semicírculo, se hallaban de pie sesenta o setenta jóvenes varones de rostros blancos; iban vestidos de negro, de gris y de verdes tormentosos. Lo miraron fijamente, sin sorpresa, con fría curiosidad. Michael los observó uno a uno, y lo único que vio fueron expresiones de crueldad y hostilidad; como si él les resultara demasiado insignificante, insignificante hasta para atarle los brazos y despellejarlo vivo.
– Esto es un sueño -insistió mientras recorría con la mirada aquellas caras arrogantes-. Esto tiene que ser un sueño.
– Nada de sueño -insistió el hombre-. ¿Quieres que te lo demuestre?
– Esto es un sueño -dijo Michael-. Estoy en Hyannis, no en la bahía Nahant. Estoy sentado en el despacho del doctor Rice sumido en un trance hipnótico. ¿Me oye, doctor Rice? ¡Quiero que me saque de aquí! ¡Quiero que me saque de aquí ahora mismo!
No sabía si hablaba con coherencia o no. Quizás su yo despierto estuviera balbuciendo… en cuyo caso, el doctor Rice probablemente lo dejaría continuar. Pero necesitaba salir de aquel trance. No podía soportar más el viento, ni la idea de que aquel bulto semejante a un saco de correos que se encontraba en la playa se pusiera de pronto en pie y viniera corriendo tras él, porque estaba seguro de que era Sissy O’Brien, con la cara gris, el pelo enredado de algas y aquel terrible gato que se hallaba oculto tan profundamente dentro de ella, feroz y vengativo, y dispuesto a sacarle los ojos a Michael.
– Usted me da miedo -le dijo al hombre de la cara blanca-. Me da miedo y tengo que marcharme ahora.
El hombre de la cara blanca le puso una mano en el brazo para retenerlo.
– Todo va bien, Michael. Todo está muy bien. Lo único que tienes que hacer es regresar junto a tu familia y olvidarte por completo de nosotros. No te gustaría que te ocurriera nada malo, ¿verdad que no?
– No -dijo Michael nervioso.
El hombre de la cara blanca se acercó a él y lo miró fijamente a los ojos. Michael no había visto nunca unos ojos rojos como aquéllos, y retrocedió.
– De qué tenemos miedo? -le preguntó el hombre con sorna-. No tendremos miedo de los ojos de color rojo sangre, ¿verdad? ¿No habías visto nunca los ojos de un hombre que no ha dormido en tres mil años? ¿No habías visto nunca los ojos de un hombre que ha permanecido despierto noche tras noche, mes tras mes, año tras año, mientras César subía y Julio caía, y se construían las pirámides, y los vikingos remaban para cruzar el océano, y los peregrinos tomaban tierra en Plymouth Rock?
– Estoy soñando -dijo Michael. Cerró los ojos y repitió-:Estoy soñando.
Cuando los abrió de nuevo, el hombre de la cara blanca seguía inclinado sobre él; y todos los demás hombres continuaban arracimados alrededor, con la mirada clavada en él como si prefirieran verlo muerto.
El hombre de la cara blanca le apretó con fuerza en el pecho para que pudiera sentirlo.
– Sabes quién soy yo? -le preguntó.
Michael negó con la cabeza.
– Tú has estado buscándome, has estado tratando de encontrarme, aunque todavía no lo sabes.
– Oué quiere decir? -Michael se estremeció-. Ni siquiera sé quién es usted, o qué es. ¿Cómo voy a haber estado buscándolo?
– Me llaman «señor Hillary» -le dijo el hombre de la cara blanca-. y has estado buscándome aun sin saberlo. Pero ahora…
Se detuvo, se incorporó y echó a caminar lentamente por la habitación, con el largo abrigo gris ondeando detrás de él como una nube de humo.
– Ahora ya sabes quién soy, ahora has sentido quién soy… y estoy aquí para advertirte que no me descubras; que te olvides de que me has visto y de que te he hablado. -Luego añadió, casi con pesar-: El mundo nunca ha sido fácil, Michael. Ni fácil, ni virtuoso. Uno no puede librarse de sus pecados rezándole a Dios, o envolviéndolos en el alma de una persona, y luego sacrificando esa persona al Señor, nuestro terrible Dios, ni tampoco puede hacerlo mediante la confesión, la absolución o el arrepentimiento.
»Un pecado es un pecado, nos guste o no. Y ahí se queda, y uno ha de vivir con ello. Y aunque uno se las arregle para, de algún modo, absolverse a sí mismo, esa absolución solamente puede ser temporal… ¿me comprendes…? Porque por mucho que intentes esconder los pecados, u olvidarlos, o fingir que nunca los has cometido, ellos siempre te descubrirán. -Se señaló hacia los ojos-. Y sabes por qué? Porque nosotros los tenemos y aunque vosotros los olvidéis, nosotros recordamos los pecados. Nosotros nunca dormimos, nosotros nunca olvidamos. Para nosotros no vale aquello de decir «bueno, sólo fue un sueño». Para nosotros no hay más que dolor y castigo hasta que os devolvamos vuestra maldad, hasta que os devolvamos a todos aquel caos y crueldad en los que vivíais antes de que Aarón expiase vuestros pecados. No habéis pagado, Michael. ¡No pagado! ¡Pero pronto llegará el día en que lo haréis!
Michael retrocedió, pero el «señor Hilary» fue tras él, cor aquellos ojos rojos resplandecientes.
«Esto es un trance -se recordó Michael a sí mismo.-. Este sentado en el despacho del doctor Rice, en Hyannis. Y todo es no es más que un trance.»
El «señor Hillary» se acercó cada vez más, hasta que Michael pudo sentir el frío de su aliento. Detrás de él, todos los jóvenes de cara blanca empezaron a removerse y a agitarse, como murciélagos albinos desprendiéndose de las paredes de una cueva ha permanecido largo tiempo sin ser descubierta.
– No habéis pagado, Michael. Ninguno de vosotros lo ha hecho. ¡Pero pronto llegará el día en que todos pagaréis!
Levantó una mano y le acarició la mejilla izquierda a Michael con infinita suavidad. Luego se inclinó hacia adelante, con lo labios ligeramente abiertos, y de pronto se hizo evidente que iba besarlo en la boca.
Michael lo empujó, lo golpeó con los puños y gritó en voz muy alta:
– Apártese de mí! ¡Apártese de mí! ¡Maldito pervertido apártese de mí!
Golpeó con los nudillos de la mano derecha contra el costado de metal del escritorio del doctor Rice y abrió los ojos, e inmediatamente se dio cuenta de que estaba en lo cierto. Había sido, un trance, un sueño. No había visitado la bahía Nahant, ni había subido por las dunas, ni había entrado al interior del faro, ni había visto aquel grupo de muchachos cuyos rostros eran mortalmente blancos.
Había estado todo el tiempo allí, en aquel sillón de lona y metal cromado, en aquella oficina sumida en tinieblas marrones. Allí estaba el título expedido en Viena del doctor Rice, en su marco, y allí estaba el cuadro de Charles Sheeler que representaba un trasatlántico: desierto, silencioso, meticuloso.
Un escenario desierto esperando a que algo ocurriese.
El doctor Rice estaba de pie de espaldas a la ventana. Parecía desanimado.
– ESe encuentra bien? -le preguntó a Michael.