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Ralph apagó el gas.

– Señor Latomba la muerte de su hijo fue una tragedia. Si yo tuviera manera de retroceder en el tiempo y asegurarme de que no sucediera, le aseguro que lo haría. Fue una tragedia, fue terrible y me siento mal por ello, pero fue un accidente. Jambo me disparó y yo respondí a sus disparos, y casualmente el cochecito de su hijo se interpuso.

– Usted está en deuda conmigo, tío! -le gritó Patrice al borde de las lágrimas.

– Lo siento, señor Latomba, pero yo no le debo a usted nada excepto respeto como ser humano.

– A mi mujer también?

A Patrice le temblaba la voz.

– A su mujer también -dijo Ralph con voz apagada.

– Muy bien, entonces escuche esto. Es una cinta grabada en mi propio equipo de alta fidelidad, los que la mantienen como rehén la han sacado de mi apartamento hace sólo una hora.

– Señor Latomba, realmente no creo…

– Escuche! -le exigió Patrice con tal furia que Ralph se quedó en silencio y escuchó.

Oyó unoa cuantos traqueteos al ponerse en marcha el magnetófono de Patrice. Luego empezó a oírse una conversación distorsionada, con eco, como si se tratara de dos personas que estuviesen hablando en un cuarto de baño o en una cocina. Alguien se echó a reír, una risa de hombre. Luego una voz jadeante se acercó al micrófono y dijo: «Sabemos que estás haciendo todo lo posible por encontrar nuestro dinero, Patrice, pero nos ha parecido que quizás sería conveniente que saborearas anticipadamente un poco de lo que podría pasar si no lo encuentras.»

Otra voz, con más eco, dijo: «Para empezar, vamos a trabajar un poco con la navaja.»

Hubo una pausa momentánea seguida por el sonido de una mujer gritando. Chillába y chillaba sin parar. A Ralph se le pusieron de punta los pelos de la nuca, y al cabo de unos segundos bajó el teléfono y tapó con la mano el auricular. Ya había oído antes a mujeres gritando de dolor, y por ello sabía que aquello era real. No sólo era real, era el grito de mayor sufrimiento que había oído nunca… y eso que había oído gritar a mujeres a las que maridos celosos habían rociado con gasolina y luego incendiado. Esperó hasta estar seguro de que había terminado y luego levantó el teléfono de nuevo y dijo:

– Señor Latomba? -Se oyó un chasquido cuando Patrice apagó el magnetófono-. ¿Señor Latomba?

– Estoy aquí. ¿Ha oído eso, tío? Estaban rajándola, tío, estaban rajándola.

– Tiene alguna idea de dónde se encuentra el dinero? -le preguntó Ralph con voz muy seria.

– Tengo a siete hombres buscándolo. Uno de ellos cree que un hermano llamado Freddie lo cogió, pero nadie ha vuelto a verlo desde entonces.

– Lo más probable es que Freddie abriera aquella bolsa y pensara que la Navidad se había anticipado.

– Qué voy a hacer, tío? Ya ha oído lo que están haciéndole a Verna. Van a matarla de dolor. Van a matarla.

Ralph alargó un brazo para coger un cigarrillo.

– Dígame algo acerca de su apartamento -dijo.

– A qué se refiere?

– ¿Es un primer piso, un segundo, o qué?

– Segundo piso.

– Tiene puerta de servicio además de puerta principal?

– No, no. La puerta principal es la única entrada.

– ¿Y terrazas?

– Una especie de balcón estrecho en la parte delantera.

– Qué me dice del apartamento de encima? ¿Ése también tiene balcón?

– Así es. Todos tienen balcones.

– Y cómo se sale a ese balcón? ¿Por un ventanal o algo así?

– Eso es. Eh… ¿Por qué me hace tantas preguntas sobre el balcón de mi casa, tío? ¿Qué demonios tiene que ver el balcón con lo que está sucediendo?

Ralph encendió un cigarrillo en el fuego de gas de la cocina y estuvo a punto de chamuscarse las cejas.

– Tiene el balcón ventanales o no?

– Sí, los tiene.

– Se abren hacia afuera o hacia adentro?

– Nó lo sé, tío -protestó Patrice-. Hacia afuera o hacia adentro, ¿qué más da?

– Voy a preguntarle una cosa más -dijo Ralph-. ¿Me da su palabra de que si intento rescatar a su esposa y fracaso, me permitirá salir a salvo de la calle Seaver?

Oyó que Patrice tragaba saliva, emocionado.

– Quiere decir que está dispuesto a hacerlo?

– Deme su palabra, señor Latomba. Y todos esos mamarrachos y mentecatos que usted llama sus fuerzas de seguridad… asegúrese de que se enteren de que usted me ha dado su palabra.:

– Tiene mi solemne juramento, tío.

Ralph consultó el reloj.

– Deme veinte minutos, ¿de acuerdo? Voy a ir en un Volkswagen marrón.

Colgó el teléfono. «No debo de estar en mis cabales», pensó. Pero al mismo tiempo sentía algo, una especie de feroz placer que le corría por las venas como una oleada. Aquello sí que iba a ser peligroso y dramático y, lo mejor de todo, sin autorización. Aquello sí que era un asunto propio de Hemingway. Aquello sí que era cosa de hombres. Para eso era para lo que había entrado en la policía, aunque rara vez lo había encontrado. Siempre había anhelado entrar en acción, pero, ¿qué le habían dado? Papeleo y más papeleo, solamente aliviado por largas horas de vigilancia que sólo servían para entumecer la mente, o todavía más horas que entumecían la mente en el juzgado, esperando para prestar declaración.

Abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó una pistola del 44 niquelada. Luego se acercó al buró, giró la llave, lo abrió y sacó dos cajas de balas. Volvió a la cocina y allí estaba el jamón, en el fondo de la sartén. Cogió una loncha con los dedos y se la metió en la boca, después se comió otra.

Con la boca llena y chupándose los dedos para quitarse la grasa del jamón, salió del apartamento, y lo hizo con resolución, dispuesto a convertirse en un héroe.

DIEZ

Cuando llegaron a Hyannis, Michael se sorprendió al ver que el Cadillac azul de Joe Garboden estaba aparcado a la puerta del casa. Al principio no encontraron la menor señal de Joe, pero cuando Michael abrió con la llave la puerta principal y se acercó a la ventana, lo descubrió de pie en la playa, a unos cien metros de distancia, con el abrigo colgado del hombro y mirando fijamente hacia el océano.

Victor subió las escaleras con los paquetes de la compra y los puso sobre la mesa de la cocina.

– Quién es? -quiso saber.

– Es mi jefe inmediato -le explicó Michael-. Me pregunto qué querrá.

Salió al exterior y echó a andar atravesando la arena. Joe lo oyó acercarse, porque dio media vuelta y levantó un brazo en señal de saludo.

– Hola, Michael. Hace un día estupendo. ¿Cómo te ha ido la terapia?

– No sé. Rara. Reveladora, en cierto sentido… Pero decididamente rara.

Joe no parecía tener demasiado interés.

– Me pareció que sería mejor que viniera aquí en persona.

– dijo.

– Ah, sí? Me parece que estás empezando a encontrarle el gusto a la playa, ¿no?

Joe miró a su alrededor. El oleaje tenía un blanco resplandeciente, las casas deslumbraban al sol. Michael también echó una mirada a su alrededor y vio que Victor estaba observándolos desde la ventana del cuarto de estar con una lata de cerveza en la mano. Cuando vio que Michael miraba hacia él, la alzó en un silencioso brindis.

– Acabamos de recibir los resultados de la autopsia del doctor Moorpath. He traído una copia del borrador, está en el coche. A la prensa se la darán esta tarde, a tiempo para que salga en los noticiarios vespertinos.

– Bueno, por fin progresamos algo -dijo Michael.

– No estoy tan seguro.

– Qué diablos quieres decir con eso de que no estás tan seguro? Solamente había una conclusión a la que el doctor Moorpath pudiera llegar.

– Ah, sí?

– Joe… a todas esas personas las asesinaron. Tú mismo viste las fotografías, por el amor de Dios. John O’Brien estaba decapitado y a su mujer la habían abierto en canal. Dean McAllister tenía las piernas amputadas. Puede que el piloto muriera accidentalmente, pero yo no lo juraría. Tenía la cabeza convertida en salsa boloñesa. Fue un homicidio. Fue un asesinato. ¿Qué otra cosa podía haber sido? Quiero decir que estoy completamente seguro de que no fue un suicidio. ¿O sí?