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Joe movió la cabeza de un lado a otro.

– Me temo que estás fuera de onda. El doctor Moorpath, en su infinita sabiduría, ha llegado a la conclusión de que todos los ocupantes del helicóptero sufrieron heridas fatales como resultado del impacto. Los cuerpos ardieron en el incendio que se produjo a continuación, pero no quedaron tan destruidos como para que el doctor Moorpath no haya quedado completamente convencido de que «sus múltiples y catastróficas heridas» fueron todas ellas causadas por el accidente.

Michael lo miró fijamente lleno de incredulidad.

– John O’Brien estaba decapitado! ¡Su esposa tenía las entrañas sacadas y puestas encima del regazo!

– John O’Brien fue decapitado por un mamparo roto. La señora O’Brien fue destripada por el soporte roto de un asiento que salió despedidó.

– 1Pero si yo te enseñé las fotografías! ¡No había ningún mamparo roto por ninguna parte cerca del cuerpo de John O’Brien! ¡Y tampoco había ningún soporte de asiento roto!

Joe se quedó mirando fijamente hacia el mar. De pronto, Michad se dio cuenta de que Joe parecía mucho más viejo, mucho más cargado de hombros. Recordó los tiempos en que Joe y él habían tenido verdadero entusiasmo… cuando eran capaces de resolver juntos un caso tras otro, incendios provocados, accidentes de automóvil, yates que se habían ido a pique, lo que fuera. En el año 1989 le habían ahorrado a la compañía Plymouth Insurance más de setenta y ocho millones y medio de dólares en reclamaciones fraudulentas. Los Muchachos de Oro, los más rápidos, los más intuitivos, los mejor pagados, y con mucho. Pero ahora, a él le daba miedo caerse al suelo y que la acera se abriera y se lo tragara, y Joe estaba tan abatido como un sofá viejo sobre el que hubieran saltado tres generaciones de niños.

Le puso una mano en el hombro a Joe; pero notó los músculos tensos y la retiró.

– Qué dice la policía?

– Hudson, el jefe de policía, hará unas declaraciones esta noche en las que hará público que ha leído el informe del doctor Moorpath y que lo acepta.

– Y la Administración Federal de Aviación?

– Jorge da Silva examinó las turbinas y los mecanismos de las marchas con un boroscopio, y asegura que la causa directa del accidente fue un fallo producido en los engranajes. Estaban desgastados y provocaron un brusco descenso seguido de un excesivo calentamiento.

Michael se sentía como si estuviera borracho o loco.

– Quieres decir con eso que el accidente fue completamente casual?

– Jorge da Silva está dispuesto a dejarnos examinar los restos. Sus palabras exactas fueron: «Podéis repasarlo con lupa, si así lo queréis.»

– Joe… si el choque fue completamente accidental, ¿cómo es que aquella camioneta estaba allí apostada, esperando, en Sagamore Head? Y qué me dices de la declaración que Neal Masky le hizo a Arthur Rolbein?

Joe se encogió de hombros, como si no le diera importancia.

– Lo de la camioneta fue una coincidencia. Estaba allí por casualidad. Eso si es que Masky no se lo inventó.

– Por qué demonios iba a inventárselo?

– Porque a lo mejor iba remando hacia la orilla para saquear el helicóptero él mismo.

Michael levantó las manos al cielo en actitud de súplica para que hubiera algo que tuviese sentido.

– Porque a lo mejor iba remando hacia la orilla para saquear el helicóptero él mismo? ¿Cómo quieres que dé crédito a mis oídos? Joe, los servicios de emergencia se acercaban por todas partes. Tuvo que cruzar remando cien metros de bahía abierta en una bqlsa neumática del tamaño de una bañera mientras soplaba un fuerte viento del sudoeste. Las posibilidades de que llegase al helicóptero antes que la policía o los bomberos eran mínimas. Y crees que estaba pensando en saquear?

– Fue una de las teorías alternativas que se propusieron.

– Quién? ¿Quién la propuso?

– A decir verdad, la sugirió el señor Bedford.

Michael lo miró fijamente.

– Lo sugirió el señor Bedford? ¿El señor Edgar Bedford, nuestro amo y señor?

Joe asintió. Parecía avergonzado y no miraba a Michael a los ojos.

– Fue una manera nueva de considerarlo, eso es todo. Tú mismo sabes que cuando estás viéndotelas con una investigación demasiado compleja, puedes acercarte demasiado. Y que los árboles no te dejan ver el bosque.

Michael sintió una brusca sacudida de furia.

– Árboles? ¿Bosques? Pero… ¿de qué demonios estás hablando, Joe? Se supone que Edgar Bedford es el… ¿cómo se dice…? El tipo que está al mando, el guardián de los intereses de Plymouth Insurance. Ése es el único y puñetero motivo por el que tú me has contratado a mí. Todo nuestro caso depende de que seamos capaces de demostrar que a John O’Brien lo mataron deliberadamente. Y, sin embargo, he aquí que nuestro propio presidente, muy alegremente, propone una teoría que socava la integridad de nuestro mejor y prácticamente nuestro único testigo.

Al principio, Joe no contestó. Sacó un arrugado pañuelo blanco, lo dobló, volvió a doblarlo y luego se sonó la nariz.

– No hay mucho más que yo pueda decir -confesó-. ¿Por qué no regresamos a la casa… para que pueda enseñarte el informe del doctor Moorpath y los faxes que he recibido de Jorge da Silva y de la Administración Federal de Aviación?

– Joe… -insistió Michael-. ¿Qué está sucediendo aquí? ¿Qué ocurre?

Echaron a andar. Una gaviota revoloteó muy cerca de ellos, se mantuvo a su paso y ni siquiera cuando Joe la espantó con la mano quiso alejarse.

– Alguien está presionándome mucho -dijo Joe.

– Qué quieres decir?

– Exactamente eso. Alguien quiere que el caso O’Brien se cierre y se archive. Alguien con la clase de influencia con la que tú y yo sólo podemos soñar.

– Como quién?

Joe hizo un gesto con la cara.

– No tengo ni idea, y no creo que merezca la pena pensar demasiado en ello. Usa el cerebro, Michael. Si Edgar Bedford de repente se muestra dispuesto a vomitar varios cientos de millones de dólares sin siquiera intentar luchar en un juicio, es que alguien está apretándole con la clase de fuerza que podría convertirle a un hombre las gónadas en páté-de-foie.

Rodearon la casa y empezaron a subir por las escaleras de madera.

– Es cuestión de política? -le preguntó Michael.

– No lo sé -repuso Joe-. No lo he preguntado. Hay ocasiones en que un hombre, en el desarrollo de su trabajo, decide que es más prudente mirar hacia otro lado. -Guardó silencio durante unos instantes y luego miró a Michael con la cara muy triste y seria-. No digo que hacerlo sea honrado ni profesional, sólo digo que es más prudente.

– Y Sissy O’Brien? -le preguntó Michael-. ¿Dónde encaja ella en este escenario de «completo accidente»? ¿Cómo va a explicar Edgar Bedford lo que le ha pasado a ella?

– El caso de Sissy O’Brien todavía está investigándose.

– Ya lo sé. Estoy investigándolo yo… junto con el teniente Thomas Boyle, del departamento de policía de Boston… y el señor Victor Kurylowicz, de la oficina del forense. De hecho, el señor Kurylowicz está aquí conmigo hoy.

Victor apareció en lo alto de la escalera sosteniendo su lata de cerveza.

– Nasdravye -dijo, e inclinó la cabeza a modo de saludo.

– Victor, éste es Joe Garboden, de Plymouth Insurance. Joe ha traído una copia del borrador de la autopsia que ha hecho el doctor Moorpath sobre el accidente de O’Brien.

Joe y Victor se estrecharon la mano. Joe parecía incómodo, y consultó el reloj.