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Michael asintió.

– Hacia la hora de comer, si te va bien. Sólo tengo una sesión más con el siquiatra.

Joe se despidió con la mano y luego comenzó a alejarse hacia South Mashpee. Michael permaneció de pie delante de su casa y lo vio desaparecer al girar la esquina. Casi inmediatamente, el polvoriento Camaro negro arrancó, con un borboteo profundo y agresivo, y echó a andar en la misma dirección.

«Aquí pasa algo», pensó Michael. Regresó de nuevo a la casa. Victor continuaba de pie en lo alto de los escalones, y lo miraba.

– Problemas -le comunicó Michael al llegar al rellano.

– Es eso el informe de la autopsia? -le preguntó Victor.

Michael se lo dio, y Victor se puso a hojearlo.

– Esto no son más que tonterías -dijo al tiempo que recorría con el dedo el informe sobre John O’Brien-. «El señor fue decapitado por la acción de guillotina horizontal que produjo el mamparo de aluminio roto y cortante que se encontraba inmediatamente detrás de su asiento.» Oh, vamos, doctor Moorpath, ¿a quién intenta engañar con esto? Te diré una cosa, Michael, esos faxes que me enseñaste estaban muy poco claros, pero lo que sí que se veía con toda claridad en ellos es que el mamparo continuaba intacto. Y si la cabeza de John O’Brien hubiese sido cercenada mientras estaba sentado y en posición vertical, el cuello de la camisa y el de la chaqueta habrían quedado empapados de sangre. Pero lo que sucedió en realidad es que ya estaba inclinado hacia adelante en su asiento antes de ser decapitado, por fuerza tenía que estarlo, porque toda la sangre salió hacia adelante, cayó en el suelo delante de él. Y el cuello y los hombros estaban impolutos. Alguien tuvo que ejecutarlo, por amor de Dios.

– El problema es -le dijo Michael- que los que ostentan el poder no quieren que digamos que a O’Brien lo ejecutó alguien, quieren que aceptemos que todo esto fue un accidente.

– Y Sissy O’Brien?

– Oh, no te preocupes por Sissy. También encontrarán la manera de explicar eso. Dirán que, por casualidad, quedó atrapada en las redes de un barco de pesca, que los labios se le engancharon en una hilera de anzuelos, que casualmente se cayó hacia adelante y se quemó los párpados en un cenicero, y que luego, por casualidad también, se sentó sobre un gato. Parece que ya estoy viéndolo todo.

Victor hojeó rápidamente el resto del informe de la autopsia con desagrado. Pero cuando llegó a la tapa de atrás se detuvo de pronto y frunció el ceño.

– Ha escrito esto Joe?

– Sí. Es su número móvil, por si necesito hablar con él con urgencia.

– No creo. Mira.

Victor levantó la carpeta y Michael miró con atención las letras que Joe había escrito apresuradamente a lápiz. No se trataba en absoluto de un número de teléfono. Simplemente decía:

«Mushing, diciembre 91.»

Michael frunció el ceño al ver aquello. ¿Mushing, diciembre 91? ¿Por qué habría de escribir Joe una cosa así? ¿Y por qué habría de insistir tanto en que él, Joe, solamente lo utilizaba en caso de emergencia?

– ¿No tienes ninguna idea? -le preguntó Victor-. Quiero decir, tú eres el gran experto en mushing.

– Es una revista, nada más.

– Tienes algún ejemplar?

– No sé. Puede que sí.

– Por qué no echamos un vistazo?

Volvieron al despacho de Michael. Cuando se habían trasladado allí, Michael había instalado dos estantes en la pared del fondo, estantes que ahora estaban atiborrados de libros, revistas científicas y tazas de café que debería haber llevado a la cocina.

– Tú mira en el estante de arriba, yo lo haré en el de abajo

– sugirió Michael.

A pesar de buscar entre los dos, pasaron más de diez minutos hasta que Victor, de pronto, encontró un ejemplar de la revista Mushing y con aire de triunfo la sostuvo en el aire.

– Diciembre del 91… número especial dedicado a cómo adiestrar un equipo de perros.

Le entregó la revista a Michael y, al hacerlo, un gran sobre de papel manila cayó al suelo de entre las páginas de la misma. Michael lo recogió y le dio la vuelta. Estaba sellado y solamente aparecía la palabra Parrot escrita a lápiz.

– Se ve que Joe ha escondido esto aquí -dijo Michael-. Me pregunto qué demonios será.

– Hay una manera de averiguarlo.

Michael abrió el sobre con mucho cuidado. En su interior descubrió más de una docena de fotolitos de fotografías en blanco y negro, la mayoría de ellas ampliadas hasta el límite que la claridad permitía. Casi todas mostraban un grupo de personas, hombres y mujeres, de pie ante una valla, algunos de ellos a la luz del sol, otros a la sombra de unos árboles.

Michael le pasó una a Victor y éste la examinó atentamente, pero lo único que pudo hacer fue mover negativamente la cabeza.

– Esto no me dice nada.

– A mí tampoco.

– No… mira, espera un instante. Ésta tiene algo escrito en el reverso.

Victor leyó una larga inscripción débilmente escrita a lápiz y luego se la dio a Michael sin decir palabra. Michael la leyó también, miró fijamente a Victor y luego dijo:

– Mierda.

– Crees que son auténticas? -le preguntó Victor.

– Al parecer, Joe cree que sí, y eso que ni siquiera se cree que es de día sí no le presentas un acta notarial.

– Entonces, ¿qué vas a hacer?

– No lo sé. Cambiarme el nombre, ir a esconderme y hacer como que nunca las he visto.

Joe no había perdido de vista el polvoriento Camaro negro que veía por el retrovisor desde que salieran de New Seabury. Sabía quiénes eran. Los mismos hombres jóvenes de cara blanca que habían entrado en su despacho aquella mañana y le habían entregado la carpeta con el informe de la autopsia, con claras instrucciones de que, a partir de aquel momento, la investigación de seguros de O’Brien estaba cerrada.

Joe se había puesto a discutir con ellos, pero uno de los jóvenes de cara blanca le había preguntado en el más suave de los tonos si no le gustaba su esposa tal como era ahora, sin cicatrices, sin máculas, sin tocar siquiera por una broca, por unas tenazas o por un soplete.

Impresionado, había llamado «arriba» para hablar con el señor Bedford.

El señor Bedford estaba reunido en una conferencia que iba a durar todo el día, pero había dejado instrucciones de que la compañía de reaseguros Hillary Underwriters tenía su completa aprobación.

– Me han amenazado -le había protestado Joe al ayudante personal del señor Bedford.

– Irónico, Joe. Irónico.

Pero el tono de su voz lo decía todo. «Mantén la boca cerrada, Joe, y haz lo que te dicen.»

Encendió la radio del coche. Un grupo llamado Red House Painters estaba cantando una triste canción, con música típica de la costa oeste, que producía el efecto de que la desgracia resultase casi atractiva. Echó un vistazo por el retrovisor y vio que los jóvenes de cara blanca que iban en el Camaro negro seguían allí, pegados a su cola con una tenacidad siniestra, no tan cerca como si quisieran adelantarle, pero no tan lejos como para tener intención de dejarlo escapar.

En principio, Joe tenía pensado coger, la carretera ciento treinta para ir a dar a la autopista en Sandwich y luego volver a tomar la dirección norte, hacia Boston. Pero en lugar de eso giró hacia el oeste por la ciento cincuenta y uno, una tortuosa carretera estatal que lo llevaría, pasando por Hatchville, al sur de Johns Pond, donde se dirigiría de nuevo hacia el norte por la carretera veintiocho. Así podría comprobar sí realmente estaban siguiéndolo o no… y, si era así, hasta qué punto sabían conducir.

Cogió la primera curva, muy larga, y se metió en la carretera ciento cincuenta y uno entre un confuso y multicolor caleidoscopio de robles, arces y alerces, y en cuanto comprobó que el Camaro negro se había perdido de vista, apretó el pie contra el acelerador, de manera que el Cadillac salió lanzado a ochenta, cien, ciento veinte, ciento treinta quilómetros por hora.