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Sin embargo, con aquel automóvil, último modelo, de la compañía no tenía ninguna posibilidad. El Camaro apareció casi al instante en el retrovisor, y aunque estuviera polvoriento y tronado, iba alimentado por un motor turbo de cinco litros y estaba preparado con suspensión rígida del tipo Ty neumáticos ovalados muy anchos. Venía tras él con toda la energía y el hambre depredadora de un puma, y la siguiente vez que Joe miró por el retrovisor vio que lo tenía allí mismo, a menos de medio coche de distancia del parachoques trasero, y los jóvenes de cara blanca le sonreían, se burlaban de él, y lo desafiaban a intentar conducir más aprisa.

Joe sacó el pañuelo y se limpió el sudor de la cara.

– Muy bien, cabrones. ¿Queréis convertir esto en una carrera? -dijo en voz baja. Apretó de nuevo con fuerza el acelerador y el Cadillac cobró velocidad, pero no la suficiente. No era un coche potente: no tenía motor para ello. Lo siguiente que supo fue que el Camaro negro estaba golpeando y empujando su parachoques trasero, sólo ligeramente, pero lo suficiente para atormentarlo y para hacerle cambiar de dirección.

Joe se desvió a un lado de la carretera y luego al otro, rezando para que no viniera nadie en dirección contraria. El Camaro lo empujaba una y otra vez, y los neumáticos chillaban como niños asustados.

Intentó disminuir la velocidad, pero el Camaro seguía golpeándole una y otra vez, y al final Joe volvió a pisar con fuerza el acelerador y se esforzó por sacarles ventaja. Llevaba treinta años conduciendo, por amor de Dios. De acuerdo, sus reflejos eran más lentos y la sangre fría lo había abandonado, pero era muy hábil, y tenía mucha experiencia. No había ningún joven punk en el mundo que pudiera ganar a Joe Garboden conduciendo… nunca, jamás, de ninguna manera.

Pegados, los dos coches chirriaban al tomar las curvas que los llevaban al sur de Johns Pond. El Camaro seguía empujando y fastidiando, y una y otra vez, Joe comprobaba que el control del coche se le escapaba de las manos.

«Tengo experiencia, puedo controlarlo.» Pero se daba cuenta de que estaba aterrado. Sabía que no podría salvar la situación Miró por el retrovisor y vio que los dos jóvenes se reían de él, realmente se reían, con los ojos negros y las caras blancas.

Se reían de él.

La policía lo llama «niebla roja»: es esa sobreestimada sensación de rabia, miedo e irrealidad que un conductor experimenta cuando deja de actuar como un ser humano razonable y pierde todo control. Encendido por la ira, por la adrenalina y por un ardiente sentido de competición, es capaz de hacer cualquier cosa y de arriesgarlo todo: su trabajo, su vida y la vida de cuantos lo rodean.

Joe estaba sobrepasado por la «niebla roja», y apretó fuerza el pedal del freno.

El Cadillac giró, derrapó y comenzó a describir círculos. El Camaro se enganchó en el extremo trasero del Cadillac, le arrancó la luz lateral de freno, el embellecedor y la mitad del parachoques, y salió despedido serpenteando, aullando, hacia la parte de arriba del terraplén herboso en dirección a los arces. Fue a chocar contra unos árboles y volcó. Hubo unos momentos de solemne silencio y luego hizo explosión, sesenta litros de gasolina despedidos en llamaradas hacia el cielo.

El coche de Joe patinó, dio unas cuantas vueltas y por fin se detuvo a un lado de la carretera. El Camaro estaba enteramente en llamas. El humo impedía la visión por el parabrisas de Joe; fragmentos de vinilo negro en llamas pasaban flotando, como murciélagos que danzaran; luego chispas. Joe consiguió desabrocharse el cinturón y salir. El Camaro rugía suavemente, como el quemador de gas de una cocina.

Joe consiguió caminar seis o siete metros hacia el coche incendiado. Pero, sin previo aviso, las rodillas parecieron convertírsele en bolsas de gelatina y tuvo que volver atrás y apoyarse en el capó de su coche para aguantarse. El estómago le hacía ruido. El hedor que producían la gasolina y el plástico al arder llenaba el aire de la tarde. Una bandada de gorriones salió súbitamente del seto que había al otro lado de la carretera, y loe se sobresaltó.

«Jesús -dijo para sus adentros-.Jesús.»

Se sentía asustado y aliviado, ambas cosas a la vez.

Se inclinó sobre el brillante capó del Cadillac y vio en él su propio reflejo distorsionado, muy confuso. Cerró los ojos y respiró repetida y profundamente. Había matado a aquellos dos hombres de cara blanca que llevaban gafas oscuras, muy oscuras. Se encontraba mal, pero no se sentía culpable. Ellos lo habrían matado a él de haber podido, eso seguro, y le habrían hecho daño a su esposa. Había visto ya a otras personas como aquéllas… y no sólo una vez, sino muchas. No había reparado en ellos hasta que se fijara por primera vez, pero una vez que lo hubo hecho, empezó a darse cuenta de que se encontraban por todas partes: en cualquier acto social de cierta importancia, en cualquier acontecimiento de negocios importante, en cualquier mitin político. Los había visto entrar y salir con frecuencia de Plymouth Insurance, y marcharse siempre en limusinas con los cristales de las ventanillas ahumados. También habían asistido a fiestas en Milton, en Duxbury y en Canton, con aquella cara blanca suya, reticentes, evasivos. Nadie hablaba nunca de ellos, pero tampoco nadie discutía con ellos. Se les aceptaba en la sociedad de Boston del mismo modo que se acepta la podredumbre en una casa antigua. No gusta, pero una vez que se ha instalado no se puede hacer mucho al respecto, excepto arrancarle el corazón a la casa.

Joe solía tener buen humor, era vulgar y bueno en su trabajo. Bebía demasiado, pero siempre llevaba consigo un paquete de pastillas de menta. Uno de los motivos por los que bebía demasiado era porque se había dado cuenta de que en el mundo que lo rodeaba estaba sucediendo algo que no alcanzaba a comprender. Había visto a jóvenes con la cara blanca en compañía de los hombres y mujeres más ricos e influyentes de Boston. El mismo Edgar Bedford les había abierto las puertas para que pasaran, les había dado la mano e incluso les había sonreído. Hasta habían estado presentes en la ceremonia de toma de posesión del alcalde.

Había visto salir a dos de ellos de las oficinas de la Administración Federal de Aviación en la mañana del fatal accidente de helicóptero de John O'Brien, a otros en el cuartel general de la policía, y a uno hablando con indescifrable seriedad con el alcalde. ¿Qué probaba eso? Absolutamente nada. Pero Joe había decidido cubrirse bien las espaldas, y por eso había elegido a Kevin Murray y a Arthur Rolbein para investigar el accidente. Ambos eran hombres inteligentes, persistentes y faltos de emoción, por no hablar de que poseían unas mentes independientes. Por otro lado, eran escépticos con respecto a Edgar Bedford y a todo el estamento político de Boston.

Por eso se había quedado tan desconcertado cuando Edgar Bedford le había dado instrucciones para que hiciera volver a Michael al trabajo.

Él sabía que Michael no había podido superar lo de Rocky Woods. En su último informe trimestral que había enviado a Plymouth Insurance, el doctor Rice había dicho que Michael no estaba ni siquiera a medio camino de la recuperación, y que otra investigación que lo hiciese enfrentarse cara a cara con mutilaciones humanas fácilmente podría hacer que se sintiera aún más enojado y más culpable, y alienarlo por completo del funcionamiento social útil. ¿Cómo puede uno sonreír y decirle buenos días a las personas cuando sabe cómo son esas mismas personas cuando están hechas pedazos? Otro trabajo como el de Rocky Woods podría hacer que Michael llegara al límite, y la próxima parada sería el manicomio.

Habían estado discutiendo durante más de una hora, pero Edgar Bedford había insistido:

– Ese tipo necesita otra oportunidad… es como cuando uno tiene un accidente de automóvil… cuanto antes vuelva a ponerse al volante, mejor. -Edgar Bedford había hecho una pausa y se había frotado secamente las palmas de las manos una contra la otra. Luego había añadido-: Pero haz que parezca idea tuya, ¿de acuerdo? No le digas que lo he pedido yo. Si le dices que lo he mandado llamar yo… bueno, lo más probable es que no venga, ¿no te parece? Ya sabes lo terco que puede llegar a ser.