A Joe no le había quedado más remedio que ir a New Seabury en su coche y convencer a Michael de que aceptase el caso. Desde luego, Michael era un hábil e intuitivo investigador con una integridad total. Además era excéntricamente brillante… un investigador capaz de comprender que los bosques no están hechos solamente de árboles, sino que también existen espacios vacíos entre ellos. Los buenos investigadores de seguros ven más allá de lo que tienen delante de sus ojos.
Pero Joe hubiese necesitado a alguien que no sufriera pesadillas… a alguien que no pensase que estaban siendo perseguidos por los muertos, por víctimas desmembradas de accidentes.
Joe hubiese necesitado a alguien que no tuviera miedo de aquellos hombres de cara blanca.
Respiró profundamente y abrió los ojos. Luego sintió como si alguien estuviese echándole agua helada lentamente por la espalda de la camisa. Su imagen, que se reflejaba en el capó del Cadillac, estaba flanqueada por otras dos imágenes: dos curvadas y distorsionadas imágenes de hombres de cara blanca, con los ojos apagados y las ropas humeantes.
Se dio media vuelta. Se encontraban tan sólo a un par de metros detrás de él; tenían el pelo chamuscado, las chaquetas carbonizadas, los rostros blancos como la muerte y los ojos de color rojo sangre.
Joe tenía tanto miedo que tuvo que apretar los músculos para evitar hacer de vientre.
– Creías que no volverías a vernos, ¿eh? -le dijo uno de los hombres de cara blanca-. ¿Creías que ya habías visto cómo nos asábamos?
Joe empezó a caminar de espaldas, pegado al coche, con las manos atrás para sentir la seguridad del automóvil.
– Vamos, hombre -razonó-. Ha sido un accidente. Vosotros estabais dándome golpes, ¿no?
El hombre de la cara blanca movió el dedo índice de un lado al otro.
– Eso no fue ningún accidente, amigo mío. Fue deliberado. En otras circunstancias, hubiese podido ser homicidio.
– Un accidente -repitió Joe con voz vacilante.
– Nosotros creemos que no -dijo el amigo sonriendo; y le salió humo de la boca al hacerlo.
Joe permaneció sólo unos instantes donde estaba, con la espalda apretada contra el Cadillac, los ojos muy abiertos, sudoroso, tenso. Rezó para que pasara otro coche, asustase a aquellos dos zombies chamuscados y los hiciese huir. O para que pasase un helicóptero, se fíjase en los restos del Cámaro incendiado y llamase a la patrulla de carreteras. Y, sobre todo, para que no le hicieran daño.
Uno de los hombres de cara blanca metió la mano detrás de la chaqueta y sacó dos largos tubos de metal, cada uno tan fino como un recambio de bolígrafo.
– ¿Le damos miedo, señor? -le preguntó con naturalidad.
– ¿Le producimos la impresión de que va a morir? -le preguntó el otro.
Cuando empezaron a acercarse a él, Joe pudo distinguir que uno de aquellos hombres tenía un cráneo de cabra, de plata deslustrada, incrustado en la sien izquierda. No sólo sobre la sien izquierda, sino dentro de la sien izquierda, porque aquel adorno solamente se podía haber colocado allí haciéndole un agujero en la frente. La saliva, ennegrecida por el humo, le caía a chorros por la comisura de los labios.
– ¿Le damos miedo, hombre? -le preguntó el hombre de la cara blanca; y luego soltó un terrible aullido, como el grito de llamada del cerdo, y unos cuantos pájaros más salieron asustados de entre los árboles.
Joe rodeó el coche lentamente, y luego echó a correr. Corrió en diagonal por el terraplén arriba, hacia los bosques, sobre la hierba que crecía en penachos y que le hacía tropezar a cada paso. Si conseguía llegar a los bosques, entonces aquellos hombres no tendrían la menor posibilidad de encontrarlo. Joe había luchado con el tercer regimiento de infantes de marina de los Estados Unidos en Phu Bai. Sabía lo que era el miedo, pero también sabía cómo arreglárselas para sobrevivir.
Llegó a lo alto del terraplén y echó una mirada hacia atrás por encima del hombro. Los hombres de cara blanca le seguían a veinte o veinticinco metros más abajo de donde él se encontraba, venían tras él; y quizás estuviesen quemados y conmocionados, pero eran jóvenes, y las piernas jóvenes pueden correr mucho y mejor. Continuó corriendo sin dejar de darse golpes contra los arbustos, los heléchos y los árboles pequeños; las ramas delgadas le azotaban y le pinchaban la cara. Podía oír el ritmo de su propia respiración, ronca y rápida. «¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!» Casi podía oír cómo le gritaba el sargento Jackson.
Protegiéndose la cara con un brazo levantado, Joe se dejó caer por el talud lateral de un pequeño barranco, y echó a correr por él mientras levantaba con los zapatos una verdadera tormenta de hojas caídas el año anterior. «¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!»
Llegó al final del barranco y entonces tuvo que gatear por una pendiente muy inclinada, agarrándose a raíces y hierbas para no resbalar y caer cuesta abajo. Oía pasos que aplastaban las hojas en ávida persecución, pero no miró hacia atrás. El sargento Jackson siempre le había dicho: «No mires hacia atrás, eso te entretiene y te produce miedo, y a ellos, tu cara blanca les proporciona un blanco perfecto.»
Jadeante, casi sin aliento, fue arrastrándose hacia arriba entre las ramas de dos abedules plateados, y luego echó a correr a la máxima velocidad posible. Allí, el terreno era más llano, aunque hacía una ligera cuesta hacia la derecha, y Joe se encontró siguiendo aquella inclinación natural, la cual le alejaba cada vez más de la carretera.
Detrás de él podía oír a los hombres de cara blanca arrancando raíces y tubérculos mientras escalaban la pendiente. Joe corrió y siguió corriendo.
Aunque las hojas ocultaban por completo el cielo, los árboles de aquel bosque parecían estar extrañamente separados entre sí, de manera que a Joe le daba la impresión de estar corriendo por entre las columnas de un tenebroso salón de baile. Resultaba difícil determinar la distancia y la escala, porque el bosque se encontraba desierto y no había en él nada artificial que diera el sentido de la proporción. «¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!», exigía el sargento Jackson. Pero Joe estaba sudando y temblando, y de pronto se dio cuenta de que todos aquellos años de cerveza, puros y spalla di vitello brasata empezaban a notarse.
Oyó un aullido detrás de él; aquellos dos hombres quemados con los ojos de color rojo sangre, estaban mucho más cerca de lo que él hubiese imaginado. El miedo le proporcionó alas sólo para unos cuantos metros más. Sus pies aporreaban entre los arbustos y las hojas, los pesados muslos se le agitaban, la barriga le saltaba arriba y abajo y de lado a lado.
Jesús. ¿Dónde estaba el infante de marina Joe Garboden, duro, joven y más en forma que la mierda? ¿Quién era aquel payaso asmático, sudoroso, cuya panza le bailaba la rumba, que tenía las rodillas débiles y acuosas? Cayó antes de darse cuenta de que estaba cayéndose. Se le enganchó el pie en una raíz y se aplastó contra el suelo sin levantar siquiera las manos para protegerse en la caída. Estaba sin resuello, magullado y herido. Hubiera podido romper a llorar, enroscarse y suplicar clemencia. Pero el sargento Jackson insistía en que había de ser lo que él decía: «¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!» Así que se levantó como pudo e intentó seguir corriendo.
Justo entonces, los hombres de cara blanca lo alcanzaron, silenciosos esta vez, sin aullar, sin reírse, y volvieron a arrojarlo al suelo como dos leones cuando abaten un ñu.
– Por favor -les suplicó Joe. Ni siquiera sabía lo que iban a hacerle. Sin embargo, estaba seguro de que, de un modo u otro iban a matarlo.
Lo mantuvieron apretado contra las hojas, boca abajo. Uno de ellos se le sentó encima a horcajadas al final de la espalda mientras el otro daba vueltas a grandes zancadas y hacía atareados preparativos.