Выбрать главу

Joe sudaba y se esforzaba por recuperar el aliento. Tan sólo a cinco o seis centímetros delante de su nariz, una diminuta araña de color ámbar estaba intentando trepar por la cresta de una hoja marrón seca. La respiración jadeante de Joe hacía temblar la hoja, por lo que la araña se veía obligada a sujetarse a ella con fuerza. «Dios mío -pensó Joe-. Cómo aterrorizan los fuertes a los débiles, y cómo, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera se dan cuenta de que lo hacen.»

Pero casi deseó haber sido él aquella araña, porque de lo único que tenía que preocuparse era de mantener el equilibrio, de si iba a llover y de lo que iba a comer.

El hombre de cara blanca que estaba sentado encima de él era sorprendentemente ligero, aunque le clavaba las rodillas en las caderas con tanta saña que era incapaz de moverse. Tenía costras quemadas en los pantalones y olía mucho a algodón chamuscado, a olor corporal agrio y a otra cosa: a algo que le recordaba a Joe los hospitales o los funerales, no sabía bien cuál de las dos cosas.

– Tú lo has querido, amigo -dijo el otro hombre mientras se agachaba a su lado para que Joe pudiera verle la cara. Blanca, muy blanca, con un cutis lleno de granos y de manchas, las aletas de la nariz plagadas de enormes espinillas y los ojos llenos de sangre.

– Tengo familia -dijo Joe en un gruñido; y se puso a escupir fragmentos de hoja que le habían entrado en la boca.

– ¿Tienes familia? Pues mejor aún. La gente que tiene familia siempre tiene mucho más miedo. Y, desde luego, cuanto más miedo tengas, mejor para nosotros.

– ¿Creéis que me dais miedo? Yo luché en Vietnam.

El hombre de cara blanca se aplastó entre las hojas y besó a Joe en los labios, y luego lamió el sudor de la frente de Joe con la lengua.

– Pero estás vivo, ¿no?

– Asqueroso hijo de puta -repuso Joe.

El hombre de la cara blanca se echó a reír, una risa que parecía una especie de relincho agudo; luego se puso en pie y comenzó a pasear alrededor.

– ¿Sabes una cosa, amigo? Me alegro de que echaras a correr por el bosque. Aquí resulta mucho más íntimo, ¿no te parece? ¡Escucha! No se puede oír nada, ni siquiera un avión, ni un pájaro. Un lugar muerto, como un mausoleo. Un poco espectral, ¿no?

Rodeó el cuerpo postrado de Joe mientras daba puntapiés a las hojas. Empezó a tararear con un tono agudo; y al cabo de un rato, mientras mantenía la cara apretada contra el suelo, Joe reconoció la canción. Él la había aprendido en la escuela primaria… todo el mundo la había aprendido en la escuela primaria.

¿Qué es tu cinco?

¡Verdes crecen los juncos!

Cinco por los símbolos que hay en tu puerta

y cuatro por los cuatro evangelistas.

Tres, tres, los rivales…

Dos, dos, los niños blancos como azucenas

vestidos todos de verde, oh, oh.

Uno es uno y está solo, y aún lo estará más.

Joe estuvo escuchando, luego cerró los ojos e intentó pensar que no estaba allí en absoluto, que se encontraba otra vez en la escuela primaria mientras el sol matinal entraba por las altas ventanas y él escuchaba las voces infantiles que se elevaban alrededor de él cantando.

Durante una fracción de segundo creyó que podría escapar de aquella pesadilla únicamente con el poder de la imaginación.

Pero el hombre que estaba sentado a horcajadas encima de él le subió la parte de atrás de la chaqueta, y también la camisa, y con las uñas sin cortar le arañó la piel a Joe.

– ¡Cabrón! ¡Quítate de encima! -le gritó Joe con rabia. Pero el otro hombre volvió a arrodillarse junto a él y ayudó a su amigo a levantarle la chaqueta a Joe justo hasta los hombros. Joe gritó otra vez-: ¡Hijo de puta!

Y sin la menor vacilación, el hombre cogió un puñado de tierra y un mantillo de hojas y agujas de pino y se las metió a Joe en la boca.

– No hay necesidad de ponerse grosero, amigo mío -le amonestó. Joe empezó a toser, a escupir tierra y a debatirse en un esfuerzo por levantarse. Pero ahora los dos hombres comenzaron a agredirle con terrible fuerza y una terquedad propia de animales. Uno de ellos le golpeó con los nudillos tres o cuatro veces en un lado de la cabeza mientras el otro le propinaba patadas en los muslos y en las costillas. Joe gritó y tuvo que respirar a través del mantillo de hojas, por lo que casi se asfixia.

– ¿Te parece que está asustado? -aulló el hombre que estaba sentado a horcajadas sobre su espalda-. ¿Te parece que está bien asustado?

– Yo le asustaré bien -dijo el otro hombre. Cogió el cinturón y le bajó a Joe los pantalones por encima de las nalgas. El cinturón le arañó dolorosamente las caderas y los muslos, y entonces gritó:

– ¡Socorro! ¡No! ¡Escuchad…! ¡Lo que queráis!

Pero los hombres no le hicieron caso. Acabaron de quitarle los pantalones y los tiraron entre los arbustos.

Medio desnudo, aturdido, Joe hizo un último esfuerzo por ponerse en pie. Pero uno de los hombres de cara blanca se puso delante de él y le dio una patada justo en el puente de la nariz. La patada fue tan inesperada que, al principio, Joe ni siquiera se dio cuenta de lo que había pasado; pero luego notó que la sangre le bajaba por la garganta, sangre mezclada con agujas de pino y mantillo de hojas; sangre con sabor fresco y metálico, como la muerte.

De repente se le ocurrió que iban a matarlo, que aquél era el día en que iba a morir.

«Dios mío, perdóname -pensó-. Dios mío, no me hagas esto, por favor. Aquí no, ahora no. No a manos de estos terribles hombres.»

El hombre que había estado sentado a horcajadas sobre la espalda de Joe se dejó caer ahora de rodillas sobre los hombros de éste, para sujetarlo mejor contra el suelo. Al mismo tiempo, ei otro hombre le metió una mano entre las piernas y le agarró los testículos. Dio un dolorosísimo apretón, y Joe gritó:

– ¡No!

E intentó darse la vuelta.

– Tú eliges, amigo mío -dijo el hombre que estaba sentado sobre sus hombros-. Vida… muerte, todo depende de ti.

– Tengo esposa -le dijo Joe. La sangre de la nariz le salía por un lado de la boca-. Tengo familia.

– ¿Y crees que eso tendría que suponer alguna diferencia? -le preguntó el hombre.

– Sólo pido un poco de compasión, nada más.

– ¡Compasión! ¡Qué bueno! ¡Tú te habrías alegrado viendo cómo nos freíamos!

– Por el amor de Dios -les suplicó Joe atragantándose y tosiendo al hablar.

– No lo creo -replicó el hombre.

En aquel momento, el hombre que había estado apretándole los testículos hundió ferozmente la cabeza entre los muslos de Joe, le arrastró el pene hacia atrás y hacia abajo y se lo agarró con la boca. Joe lanzó un alarido de terror y arqueó la espalda, pero el hombre no lo soltó, al contrario, le apretó tenazmente el glande con los dientes.

Joe temblaba de miedo y de asco.

– ¿Qué demonios queréis? ¿Qué demonios queréis? -no dejaba de repetir.

– ¿Quieres que te lo arranque de un mordisco? -le preguntó el hombre en un tono aceitoso y sugerente-. A mi amigo le encanta arrancarlos a mordiscos.

Para hacer una demostración, el hombre de la cara blanca le clavó los dientes a Joe en la sensible piel del pene un poco más profundamente, y con lascivia comenzó a lamerle la punta. El estómago de Joe se hizo un nudo a causa del miedo, la repulsión y el sabor a sangre.

Apenas podía pensar. Tenía la mente como una pantalla de televisión llena de interferencias y con el volumen subido al máximo. No podía ver, no podía oír. Cada uno de sus sentidos parecía haberse bloqueado por un interminable y crepitante rugido.

Había temido por su vida otras veces: en un accidente de automóvil, en un vuelo a las cataratas del Niágara, en el cual el avión en que viajaba había sido alcanzado por un rayo. Pero nunca como ahora. Aquello era miseria, terror y completa humillación, todo mezclado. Se encontró a sí mismo rezando para que su familia nunca se enterase de lo que le había pasado. Era mejor perderse para siempre en una tumba superficial en el bosque con tal de que Marcia no descubriese lo que aquellos hombres de cara blanca estaban haciéndole pasar.