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Joe todavía rezaba cuando el hombre que estaba sentado a horcajadas sobre sus hombros sacó dos largos tubos de metal del bolsillo interior. Sin decir palabra, sin la menor vacilación, colocó uno de los tubos sobre una mitad de la desnuda espalda de Joe. El tubo hizo un orificio en aquella carne rolliza y blanca.

– Ya sabes lo que dice la Biblia -le dijo el hombre a Joe en tono coloquial-. No sólo de pan vive el hombre.

– ¿Qué…? -preguntó Joe.

Y en ese momento, el hombre empujó con fuerza el tubo, que penetró en la piel de Joe; éste lo sintió correr, frío y cortante a medida que iba entrando en su cuerpo. Le tocó en algún lugar concreto de su interior, y notó cómo se enganchaban los tejidos y cómo se estremecían los nervios a causa del inesperado e insoportable dolor. Intentó luchar, pero los dientes del otro hombre se le clavaron más en el pene, tan profundamente que sintió como si fueran a partírselo por la mitad de un mordisco. A pesar del sufrimiento que la aguja estaba infligiéndole, a pesar del puro dolor exquisito de tener aquel tubo delgado deslizándose dentro del cuerpo, pinchándole y escarbándole en los ríñones, apretó el suelo con ambas manos, cerró con fuerza los ojos e intentó pensar en cualquier cosa que no fuera el dolor.

Por supuesto, le resultó imposible, porque lo siguiente de lo que tuvo conciencia fue de que le introducían un segundo tubo por el otro lado de la espalda, bien adentro de la piel, a través de los músculos y del tejido adiposo. Gritó, aunque no pudo oírse a sí mismo, y luego los senos nasales le hicieron explosión con un espantoso estornudo de sangre, tierra y ramitas; y vomitó.

Le pareció oír que alguien se reía: una risa aguda, estridente, maníaca. Le pareció oír truenos, pero era sólo la sangre rugiendo con estruendo por su cerebro.

Sintió un dulce e intenso dolor de agonía en los ríñones, y un sufrimiento que lo convenció de que estaba muriéndose. No sabía si unirse a aquella risa o sollozar de dolor.

Se sumergió en una profunda inconsciencia mientras los dos hombres de cara blanca se inclinaron sobre él y se pusieron a sorber con intensa concentración a través de los delgados tubos de metal que sobresalían de la espalda desnuda. Lo único que los perturbaba mientras sorbían era el ocasional gorjeo de algún pájaro entre las copas de los árboles y el distante zumbido de un avión.

Joe podía sentirlos sorber, pero permanecía en estado de coma. Le daba la impresión de estar caminando por una playa en algún lugar, mientras la brisa le soplaba firmemente en los ojos y las gaviotas volaban en círculos a su alrededor. Se daba cuenta de que alguien iba siguiéndolo, muy cerca, detrás de su hombro derecho, tan cerca que notaba que no podía volverse y enfrentarse a él.

– Podrías unirte a nosotros, ¿sabes? -susurró una voz, una voz medio apagada por la brisa.

Se detuvo, y quienquiera que estuviera siguiéndolo se detuvo también.

Oyó decir a alguien:

– ¿«Señor Hillary»? ¿«Señor Hillary»?

Dio media vuelta. Se encontró cara a cara con un hombre alto y anguloso que llevaba un suave abrigo gris, un hombre con el pelo de color blanco hueso, que se le rizaba y le azotaba la cara.

El hombre tenía los ojos rojos, como dos tinteros de vidrio rebosantes de sangre.

– «Señor Hillary» -oyó decir a alguien; y ese alguien era él.

El hombre hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y levantó lentamente la mano derecha, de modo que la manga cayó y le dejó el brazo al descubierto. Tenía las muñecas delgadas y la piel de un enfermizo color blanco.

– Podrías unirte a nosotros, ¿sabes? -le dijo el hombre sonriendo, aunque hablaba como un ventrílocuo en el escenario, sin mover los labios-. Todo el mundo es nuestro dominio. Los pecados de los padres y los de los hijos, todos nos pertenecen.

Joe estaba helado a causa del terror. El corazón le latía cada vez con menos fuerza. Nada le había producido nunca tanto miedo en toda su vida.

El «señor Hillary» seguía sonriendo, y acercó un poco más el brazo. Parecía como si la piel estuviera moviéndosele, hormigueando. Joe no quería mirar, no quería averiguar por qué, pero no pudo evitarlo. El hombre lo aterrorizaba de tal modo que élno era capaz de apartar la vista.

– ¿Te asusto? -le preguntó el hombre-. ¿Hay algo en mí que te haga sentir incómodo?

Joe miró fijamente el brazo del hombre y se percató de que el movimiento estaba justo dentro de las venas. De hecho, en la parte interna de la muñeca, donde la piel era delgada y casi transparente, consiguió ver qué era lo que lo causaba. Por las venas de aquel hombre, en una corriente constante y nauseabunda, se arrastraban gusanos de sepultura. Rezumaban y se movían hacia abajo por la parte interna del brazo, le rodeaban el codo y le abultaban las venas del dorso de la mano.

Joe levantó lentamente la vista hacia la cara del «señor Hillary» y vio que los gusanos se abrían paso apretadamente incluso por las arterias laterales del cuello.

El «señor Hillary» sonrió.

– ¿Te doy miedo, Joe? -le preguntó.

Joe respiró bruscamente, como un cataclismo. Respiró entre sangre, tierra y fragmentos de mucosidad. Trató de respirar de nuevo, pero no pudo. Tenía los pulmones embozados y la tráquea bloqueada por hojas y fibras. Y estaba demasiado asustado.

Oh, Dios. Oh, Dios.

Pero el corazón se negaba a latir. Y los pulmones se negaban a respirar.

Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios.

Y la muerte le llegó precipitadamente, como batientes alas negras, como la puerta de una bodega al abrirse. Y luego no hubo nada en absoluto.

ONCE

Ralph subió el coche a la acera al final de la calle Seaver, seguido del Eldorado púrpura metalizado del 82 que lo había escoltado todo el camino hacia el sur por la Combat Zone. Saltó del vehículo y cerró la puerta con llave, aunque se daba cuenta de lo absurdo que resultaba cerrar la puerta de un Volkswagen de tres años aparcado en la calle Seaver. Absurdo porque nadie en la calle Seaver querría robar un coche como aquél, y absurdo también porque, si quisieran, las estadísticas del departamento de policía ponían en evidencia que incluso los modelos que traían alarma de fábrica se podían forzar y poner en marcha en un minuto y cincuenta y ocho segundos, y con frecuencia en menos tiempo.

No obstante, de alguna manera presentía que aquel día no le robarían el coche. Patrice Latomba estaba esperándolo en la acera flanqueado por seis o siete de sus hombres de confianza, incluido Bertrand, que, nerviosos y salvajes, lucían trenzas rastafarianas y gafas negras; también había un atractivo joven negro que llevaba la cabeza afeitada, pendientes de aro de plata y un justillo de cuero sin mangas, y un ex boxeador con los ojos hinchados y la nariz aplastada, a quien Ralph (con cierta tristeza) reconoció como Henry Rivers, el Martillo, uno de sus héroes de los días de la televisión en blanco y negro con los ángulos redondeados. Los días de Cassius Clay; los días de Kennedy.

Dio la vuelta al coche y subió a la acera; Patrice lo recibió con una mirada glacial.

– Lo siento -dijo Ralph-. Quiero que sepas esto antes de que digamos nada más. Fue un accidente, sólo eso. Pero tu hijo está muerto y yo le disparé. Lo siento.

– No hablemos de eso, ¿vale? -dijo Patrice-. Hablar no va a devolvérmelo. Nada ni nadie pueden devolvérmelo. -¿Cuál es tu apartamento? -le preguntó Ralph.

Patrice dio medio vuelta y se lo señaló.

– Es ahí arriba. Tercera planta. Pero han corrido las cortinas. No se puede ver nada.

Ralph retrocedió en la acera y examinó el edificio de ladrillos llenos de manchas. Los balcones eran mucho más estrechos de lo que había supuesto, apenas lo bastante anchos como para que cupieran allí un par de sillas. Pero sabía que los ataques por la puerta de entrada principal siempre resultaban asesinos. Había visto caer ya bajo los disparos a demasiados agentes de uniforme en los rellanos de Roxbury, y no le apetecía nada ser el siguiente de la lista.