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– ¿Has hablado con ellos hace poco? -le preguntó a Patrice.

– Lo he intentado. Pero al parecer no tienen la menor capacidad de raciocinio, tío. Dicen que quieren el dinero y ya está. No les importa quién lo tenga, y yo tengo que encontrarlo. Mierda, tío, lo he intentado, he desplegado todas las antenas que te puedas imaginar, pero no sé quién lo tiene. Jesús, si lo supiera, a estas horas ya lo tendrían ellos.

– ¿Hablan por teléfono? -le preguntó Ralph.

– Eso es.

– ¿Y son dos?

– Sólo dos, de eso estoy seguro.

– ¿Cuánto tiempo hace que no duermen? -quiso saber Ralph.

– Desde ayer no han dormido nada, tío. Hemos hablado con ellos durante todo el día de ayer; y toda la noche pasada, y toda esta mañana.

– ¿Con los dos?

– Desde luego. Tienen la voz diferente. Uno de ellos habla como si fuera de Salem o de Marblehead, ¿sabes lo que quiero decir? Del norte, con clase. Con ese acento lento tan raro. El otro parece más normal, de Boston.

– Deben de estar muy cansados.

– Qué dices, tío. No parecen cansados. Ninguno de los dos.

Ralph se quedó pensando durante unos instantes y luego, con bastante brusquedad, dijo:

– Tú no sabes dónde está el dinero, ¿verdad?

– Tío, si yo lo supiera…

– Vale, vale, te creo -le interrumpió Ralph-. ¿Tampoco sabes quiénes son esos tipos? Quiero decir, ¿no tienes ni idea? ¿Ni una pista?

– No son nadie de quienes yo haya oído hablar, y eso es una verdad como un templo.

Ralph se frotó la frente con la punta de los dedos.

– Pues yo ni siquiera tenía ni idea de que hubiese alguien más metido en esa operación, aparte de Jambo, de DuFreyne, de Little Johnson, y de todos esos contactos de familia bien de Harvard, de la Facultad de Medicina de Harvard y del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

– Pues yo ni siquiera sabía tanto -le dijo Patrice-. Sí sabía que Luther se dedicaba al tráfico de drogas; todo el mundo sabía que era traficante. Lo que quiero decir es que así es como se gana la vida.

– Entonces, ¿cuál es la situación ahora? -le preguntó Ralph. Estaba tenso, ansioso, se sentía fuera de lugar. El negro guapo lo miraba con un odio inquebrantable, y Henry el Martillo se removía, encogía el cuello y se golpeaba sin parar la palma de una mano con el puño de la otra.

– Han estado haciéndole daño a Verna -dijo Patrice con voz tensa y desafinada-. No sé cuánto, no sé cómo. La oí por el teléfono y estaba chillando. Nunca había oído gritar así a nadie. Dicen que si no les traigo la bolsa antes de las doce, la matarán. Sin condiciones ni peros.

De pronto, a Patrice le brotaron lágrimas de los ojos. Ralph lo miró y se vio atrapado por algo inesperado. Por primera vez en toda su carrera comprendió que las personas contra las que él actuaba como policía eran seres humanos; y que eran exactamente iguales a él; y que lloraban y se preocupaban, aunque fueran ladrones, traficantes de drogas o chulos. No era cuestión de perdonar. El perdonar era cosa de los jurados. Pero sí era cuestión de comprensión; y Patrice estaba llorando; y Ralph lo comprendía. Y aquél era el hombre a cuyo hijo había matado.

– Yo la sacaré de ahí -prometió Ralph-. Tengo cuerda y un gancho en el coche.

– ¿Y ya está? ¿Con una cuerda y un gancho?

– Ya está. Siempre que alguien pueda llevarme al apartamento que está justo encima.

De pronto, Verna abrió los ojos y sintió un dolor atroz en las muñecas y en los tobillos. Tal como estaba, con la mejilla apretada contra la mesa de la cocina, podía ver el reloj eléctrico cuadrado de color amarillo que había en la pared, y descubrió con dolor y alivio al mismo tiempo que sólo había dormido durante veinte minutos. Con dolor porque tenía necesidad de dormir mucho más; y con alivio porque, mientras dormía, por lo menos se había visto libre de las lascivas torturas a que habían estado sometiéndola Bryan y Joseph de modo continuo. Y porque todavía faltaban dos horas y media para mediodía, hora en que Patrice había prometido devolver el dinero.

Durante unos instantes pensó que quizás Bryan y Joseph estuviesen dormitando también. Pero en cuanto abrió los ojos e intentó removerse para buscar una postura más cómoda, apareció Bryan, con los ojos ensangrentados, la cara blanca, y limándose las uñas.

– ¿Tienes hambre? -le preguntó él.

Verna tragó con la garganta seca.

– Me vendría bien un poco de agua. Me duelen muchísimo las muñecas y no siento las manos.

Bryan asintió, como si lo comprendiera perfectamente.

– Estas cosas se nos envían para ponernos a prueba.

Apareció Joseph, con el ceño fruncido en un gesto distraído.

– He perdido una de mis pipas -dijo.

– Probablemente la habrás dejado en el cuarto de estar -le dijo Bryan-. ¿Quieres traerle a Verna un poco de agua?

– Estoy seguro de que la dejé aquí.

– Tráele a Verna un poco de agua, ¿quieres? No nos conviene que se deshidrate. Es malo para el organismo. Hace que la sangre se espese y agria la adrenalina.

– ¿No podríais desatarme? -les suplicó Verna-. Prometo que no intentaré escaparme.

Bryan hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Pronto necesitaremos alimentos.

– Yo podría prepararos algo de comer. Tengo un montón de chuletas de cerdo en la nevera.

Joseph estaba llenando una taza en el fregadero. Soltó una aguda carcajada.

– Nosotros no comemos cerdo -le explicó Bryan.

– También tengo carne de vaca, y alubias, y atún.

– Nosotros no comemos carne, no comemos alubias y no comemos atún -le dijo Joseph. Se acercó con la taza de agua y le levantó la cabeza a Verna para que pudiese beber. La mayor parte del agua se le derramó por un lado de la boca, pero Verna consiguió tragar la suficiente para calmar la sed.

Volvió a apoyar la cabeza en la mesa. Joseph permanecía muy cerca de ella, tan cerca que Verna podía olerlo, un olor floral débilmente pútrido, como rosas medio marchitas en un florero cuya agua se hubiera secado.

Ellos no comían carne, no comían alubias y no comían atún. Verna no quiso preguntarles qué era lo que comían, por si no le gustaba la respuesta. Además, ya había aprendido a no provocarlos, a ninguno de los dos. Aquellos dos hombres mostraban una conducta extrañamente formal, pero ya le habían infligido suficiente dolor como para que Verna se hubiera dado cuenta de que su capacidad de crueldad no conocía límites.

Era incapaz de entender cómo alguien podía sentir deseos de hacerle daño a otro ser humano en semejante medida, especialmente teniendo en cuenta que ninguno de ellos parecía obtener placer en ello, ni siquiera el más mínimo placer sexual. Siempre que se ponían a hacerle daño, siempre que la tocaban, lo hacían de un modo tan natural que ella se sentía completamente impersonal, como un pedazo de carne que ellos estuvieran torturando no porque tuvieran nada contra ella, sino por algún incomprensible ritual propio de ellos.

No la odiaban, eso se notaba. Ni siquiera les caía mal. De hecho le hablaban en un tono tan desenfadado y amistoso que casi creía que se habían encariñado con ella.

Eso era lo que hacía que su crueldad resultara aún más aterradora. Eso era lo que la asustaba más que nada.

Había otra cosa que la inquietaba. Algo que le había penetrado profundamente en la conciencia, como una pedazo de vidrio roto que se le hubiera clavado en un pie. La mayor parte del tiempo había estado demasiado aturdida, demasiado agraviada y demasiado agotada para pensar en ello, pero no hacía más que venirle a la cabeza una y otra vez.