Aquellos hombres no habían dormido. Los había visto juntos, los había visto separados. Justo cuando pensaba que uno de ellos estaría descansando, éste reaparecía, sonriente, con los ojos de un color rojo sangre, como rubíes.
Verna tenía la extrañísima sensación de que nunca dormían.
La corpulenta mujer negra, vestida con un vestido estampado de flores azules, le abrió a Ralph el balcón de su apartamento y le enseñó la estrecha terraza. En un extremo de la misma había una silla de mimbre con el asiento medio hundido y un cojín raído.
– Aquí es donde acostumbro a sentarme -le dijo la mujer-. Eso cuando no hay incendios y las balas no vuelan por ahí. -En la otra parte de la terraza había una colección de macetas de barro llenas de una mezcla de flores de vivos colores y hierbas: tomillo, perejil italiano, cilantro, albahaca y salvia-. Y éste es mi jardín, mi orgullo y mi alegría.
– Es verdaderamente bonito -comentó Ralph-. Es bonito ver algo que crece.
Se inclinó sobre el borde del balcón para ver el del apartamento de Patrice Latomba, unos tres metros más abajo. En él había una bicicleta roja y unas plantas altas como ortigas, sospechosamente parecidas a la cannabis sativa, que crecían en latas oxidadas de aceite de cocina. Se agarró a la barandilla de metal que rodeaba la terraza y la zarandeó. Parecía ser lo suficientemente firme.
– Creo que la tienen atada en la cocina -le indicó Patrice-. Gritó un par de veces y los gritos venían de esa dirección.
– De acuerdo -asintió Ralph-. Y tu cocina tiene la misma situación que la del apartamento de esta señora, ¿verdad?
– Eso es.
– De acuerdo -repitió Ralph intentando parecer animado-. Ahora no hay más que ponerse a ello.
Volvió a entrar en el apartamento de la mujer y cogió la pesada cuerda gris que había traído en el maletero del coche. Patrice y la mujer lo miraron en silencio mientras él ataba con destreza un extremo alrededor del pasamanos y tiraba de él con fuerza para probarlo. Luego levantó el arma del calibre 44 que llevaba en la pistolera, bajo el hombro, abrió el tambor, le dio vueltas, lo cerró y amartilló la pistola.
– Tendrás cuidado y apuntarás sólo a quien debes, ¿verdad? -le preguntó Patrice-. Ya me quitaste a mi hijo, no me quites también a mi mujer.
Ralph le dirigió una mirada dura y no dijo nada. Hubiera podido negarse en redondo a acudir allí, y todavía, en aquel mismo momento, podía volverle la espalda a aquella situación, aunque no iba a hacerlo. La adrenalina le corría a raudales y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Lo único que deseaba era descolgarse por aquel balcón y darle patadas en el culo a alguien; y ni la palabrería engreída de Patrice Latomba iba a detenerle.
– Recen un poco -les pidió.
La mujer se santiguó y dijo:
– Aleluya, aleluya.
Patrice se quedó mirándolo fijamente, como si él estuviera loco, cosa que probablemente era cierta.
Se enrolló la cuerda alrededor de la muñeca izquierda, luego trepó a la barandilla y se mantuvo allí en equilibrio, con las piernas separadas, de espaldas a la calle, que quedaba casi a veinte metros debajo de él. Tenía la 44 levantada en la mano derecha. Eso era lo que significaba ser un hombre. Oyó el lejano golpeteo de un rifle automático. Miró hacia abajo, hacia la calle Seaver, donde todo era devastación y denso humo marrón, y eso era lo que él quería, aquel peligro, aquel paisaje de batalla, aquella abrumadora sensación de que él podía ser importante para algo.
Soltó un grito que le asustó hasta a él mismo, luego saltó de espaldas de la barandilla del balcón y se lanzó al vacío. Dio una vez con los pies contra la pared, para impulsarse más hacia afuera, y bajó balanceándose hasta el balcón de Patrice, todavía gritando como un loco. Se le enganchó un tobillo en la barandilla del balcón, tiró la bicicleta de un golpe, dio la vuelta, se balanceó, y después entró directamente por la puerta del balcón de Patrice en medio de una explosión de vidrios y maderas barnizadas. Cayó de bruces en el cuarto de estar y se encontró envuelto en unas cortinas blancas, como si fueran una mortaja.
Se debatió por ponerse en pie. Tenía un corte en la mejilla izquierda y de una herida larga que se había hecho en la base de la mano derecha le chorreaba abundantemente la sangre, que iba a parar a la alfombra. Pero, en medio de un ataque de tos, logró desenredarse de las cortinas e ir al vestíbulo. La puerta de la cocina estaba ligeramente entreabierta, y pudo oler a humo de cigarrillo y oír a alguien que decía algo. Titubeó unos instantes, pero luego irrumpió en la cocina sosteniendo rígidamente la 44 delante de él con ambas manos. Gritó:
– ¡Quietos!
Los dos hombres de gafas oscuras estaban de pie uno a cada lado de la mesa de la cocina. No parecían sorprendidos en absoluto. Uno de ellos estaba fumándose un cigarrillo y echaba el humo en delgados chorros por los agujeros de la nariz, mientras que el otro se limaba las uñas.
Verna Latomba seguía atada fuertemente a la mesa, desnuda, magullada, con los tobillos y las muñecas atadas a la espalda. Tenía un dibujo de espiga hecho a base de cortes en la espalda, y las nalgas y la parte superior de los muslos estaban salpicados de cera blanca y seca.
Verna intentó volverse para ver quién era.
– ¿Patrice? -preguntó con voz aguda y jadeante-. ¿Eres tú, Patrice?
Ralph dio unos cuantos pasos muy despacio hacia adelante, apuntando con la pistola entre los ojos de Joseph. Cuando Verna vio quién era dijo:
– ¿Usted?
– Digamos que le debo un favor a Patrice -le explicó Ralph. Bryan dejó de limarse las uñas y dejó caer la lima en el bolsillo de la chaqueta.
– ¡He dicho que no os mováis! -rugió Ralph.
El joven levantó las dos manos.
– Ya estamos quietos, por amor de Dios, ya estamos quietos.
– Poned las manos sobre la cabeza -les ordenó Ralph a los dos-. Poned las manos sobre la cabeza y daos la vuelta. Cara a la pared, ¿comprendido?
Los dos hombres se miraron largamente el uno al otro, se encogieron de hombros y luego hicieron lo que Ralph les decía. El que estaba fumando conservó el cigarrillo entre los dedos, de manera que el humo parecía salirle como una cinta de la parte superior de la cabeza.
Tenso, con los ojos muy abiertos, Ralph dio la vuelta a la mesa. Uno de los jóvenes se volvió a mirar, pero Ralph le dijo al instante con brusquedad:
– ¡De cara a la pared, cabrón!
– Perdóneme usted por mirar -se excusó el joven casi con petulancia.
Ralph fue abriendo uno tras otro los cajones de la cocina hasta que encontró lo que buscaba: cuchillos. Sacó el que parecía más afilado y procedió a cortar con la mano izquierda las ataduras que sujetaban los tobillos y las manos de Verna.
– No sé qué clase de pervertidos de mierda sois vosotros dos -dijo jadeando mientras cortaba las cuerdas.
– Mejor para ti -observó uno de los hombres.
Cortó la última de las ataduras. Con una mueca de dolor, Verna bajó lentamente los pies. Ralph dejó caer el cuchillo y se quedó de pie muy cerca de ella, cubriéndole la espalda con el brazo en actitud protectora.
– ¿Crees que podrás andar? -le preguntó.
– No sé -dijo Verna. Intentó débilmente agarrarle la manga.
– Vale… si no puedes caminar, no me va a quedar más remedio que llevarte a hombros, ¿de acuerdo? Intenta sentarte, sólo eso. Sólo intenta sentarte.
El joven del cigarrillo se dio la vuelta hasta quedar frente a Ralph y bajó las manos. Ralph le gritó:
– ¡Date la vuelta! ¡Vuelve a ponerte de espaldas! ¿Estás sordo o qué?
El joven se quedó donde estaba. Dio una tenue chupada al cigarrillo y luego dijo:
– ¿Podemos deducir de esta equivocada misión de rescate que el señor Latomba es incapaz de encontrar nuestro dinero?
– Por última vez, chico, te lo advierto. ¡Date la vuelta!