– ¡Suelte! ¡Suelte…me! -consiguió decir jadeante.
Pero Ralph echó hacia atrás la mano derecha, le agarró el pelo y le torció la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que los tendones del cuello crujieron secamente y casi la mata allí mismo. Ella soltó un grito suave y falto de aire… pero, perdido en el trance, Ralph no la oyó.
Ahora creía que estaba saliendo del mar y que iba hacia la orilla. El cielo estaba tan negro como sangre recién derramada. A media distancia podía ver un fuego oscilante y cenizas que se llevaba el viento en forma de remolinos. Un hombre alto con un abrigo gris estaba de pie no lejos del fuego, con las manos en los bolsillos y el pelo de color blanco hueso alborotado por delante de la cara. Nunca había visto a aquel hombre antes, pero de alguna manera sabía quién era, y que siempre habían estado destinados a encontrarse.
Echó a andar por la arena y se acercó al fuego… tanto que podía sentir el calor en las manos y en la cara. El hombre le dijo «Hola, Ralph» sin abrir la boca siquiera, y Ralph pensó: «Es él…-es el "señor Hillary".»
Al mismo tiempo, con Verna agarrada fuertemente al cuello, estaba girando los mandos que encendían los dos quemadoresde la parte delantera de la cocina de gas. Se encendieron, y Ralph pasó por ellos la mano desnuda, adelante y atrás tres veces, para poder sentir el calor. Se extendió por toda la cocina un fuerte olor a vello chamuscado al encogerse y humear el del dorso de la mano, pero él ni siquiera se inmutó.
«Hace mucho frío, ¿verdad, Ralph? -dijo el "señor Hilla-ry"-. Vamos a calentarnos, ¿quieres? Agáchate junto al fuego.»
Ralph acercó ambas manos al fuego tanto como pudo. Ahora ardía ferozmente, una hoguera pequeña de color naranja cálido de maderos arrastrados por la marea y cajas de embalaje rotas. Estaba fascinado por las brillantes chispas que se removían alrededor de los troncos y luego salían en remolinos hacia el cielo de color sangre. Notó como si quisiera coger uno de aquellos leños ardiendo con las manos para poder mirarlo más de cerca.
«El fuego es nuestro amigo, Ralph», le dijo el «señor Hillary».
En la cocina, Ralph agarró a Verna por el cuello, oprimiéndole con fuerza en los nervios con los dedos. Ella trató de escapar, y en su intento por hacerlo le arañó a Ralph la cara con furia, lo golpeó con el codo y lo agarró por los testículos. Gritó una y otra vez, pero Ralph no se daba cuenta. Tenía los ojos abiertos de par en par, pero no parpadeó ni una vez, ni siquiera cuando ella le arañó como un rastrillo la mejilla izquierda con las uñas rotas, desde el ojo hasta la boca.
– El fuego es nuestro amigo -repitió Ralph. La sangre le corría por la cara en cuatro riachuelos separados y le caía sobre el cuello de la camisa-. ¿Me oyes? ¡El fuego es nuestro amigo!
Verna gritó histérica:
– ¡No! ¡No! ¡No!
Tenía la cara grotescamente desfigurada por el miedo y el dolor. Intentó escapar dejándose caer de rodillas, pero Ralph la izó a la fuerza, sin piedad. Luego, sin la menor vacilación, la puso violentamente boca abajo sobre uno de los quemadores de gas que estaban encendidos.
Y la sostuvo así.
El pelo de Verna se prendió. Toda la cabeza se convirtió en una bola de llamas naranjas. De sus labios llenos de ampollas salió un grito que no parecía humano en absoluto: un interminable, chirriante y desafinado quejido, como cuando se arrastra un cincel a todo lo ancho de una pizarra, hasta que Ralph le levantó brevemente la cabeza y volvió a empotrársela en el quemador. Ella tomó aire y, al hacerlo, respiró gas ardiendo.
El pelo sólo tardó unos segundos en convertirse en unos grumos chispeantes y llameantes. Los chorros de gas rugieron contra su frente y le consumieron con fuerza las orejas. Las mejillas se le enrojecieron y se le encogieron, y la piel se le abrió, como la de un pimiento rojo asado.
Todo el tiempo se convulsionaba, se debatía y golpeaba, pero Ralph le apretó la cara con una fuerza implacable contra el quemador, aunque su propia mano izquierda también estaba ardiendo y las llamas empezaban a lamerle la manga de la chaqueta.
– El fuego es nuestro amigo -seguía repitiendo Ralph con los ojos fijos en la cara del «señor Hillary», a tres metros de distancia en algún lugar de la pared de la cocina-. El fuego es nuestro amigo.
La carne de los dedos se le hinchó y se llenó de ampollas. Ahora tenía toda la manga ardiendo, de manera que el brazo se había convertido en una columna de fuego. Los distintos olores del pelo y la lana quemados, junto con el de la carne quemada, se combinaron para formar una niebla rancia e irrespirable, e incluso Bryan empezó a toser. Joseph lo cogió por el brazo y empezó a empujarlo rápidamente hacia la puerta.
Ralph no los vio: no podía verlos porque seguía sumido en un profundo trance hipnótico. El trance afectaba al sistema nervioso de Ralph del mismo modo que la esclerosis múltiple había afectado a su padre: le hacía insensible al dolor. Estaba ardiendo, pero no lo sentía, y creía que el fuego era su amigo.
Verna representaba una danza frenética, una extraordinaria danza en la que arqueaba la espalda y saltaba, doblándose, hasta que por fin consiguió soltarse. Se tambaleó y cayó de lado, lejos del horno, con la cabeza ennegrecida y llena de humo, ciega, con la nariz quemada del todo y los labios humeantes y en carne viva. Intentó levantarse, pero no pudo, y se quedó tumbada en el suelo de la cocina completamente rígida, tan sólo con un espasmo en la mano derecha que indicaba que seguía con vida.
Ralph comprendía que estaba demasiado cerca del fuego. Tenía mucho calor. Le parecía que la mano izquierda estaba convirtiéndosele toda ella en una ampolla, y se levantó para asegurarse de que no se había quemado.
Al hacerlo, todo su mundo se vio engullido por las llamas. Comenzó a gritar y se despertó, y de pronto notó el dolor en el brazo ardiendo.
Todo lo que le había resultado extrañamente atractivo, la playa, la noche y la hoguera del «señor Hillary» se convirtió de pronto en un infierno en la Tierra.
Su brazo, todo su jodido brazo, estaba en llamas. Trató de apagarlo a golpes, pero lo único que consiguió al hacerlo fue quemarse los dedos de la otra mano. Cada golpe parecía no hacer más que avivar las llamas. ¿Qué le habían explicado en las clases de supervivencia? Había que tirarse al suelo, rodar, apagar el fuego como mejor se pudiera.
Agarró un paño de la percha que había encima del horno y se envolvió con él el brazo. Vio que tenía la mano horriblemente quemada… un dibujo de cinco dedos de hueso y cenizas ennegrecidas. El dolor era más de lo que podía soportar, y empezó a tambalearse con las piernas rígidas por toda la cocina completamente fuera de sí, con el brazo todavía humeante, intentando hallar algún modo de poder soportar el más abrumador sufrimiento que había experimentado en su vida. Una vez se había aplastado los dedos con la puerta de un coche, se había quemado un brazo al intentar encender una barbacoa reacia con gasolina, había perdido una uña en una pelea con un violento traficante de crack. Dolor, todo ello dolor, pero nada comparado con aquello. No hubiera creído que fuese posible que un ser humano sufriera semejante dolor sin morirse.
Pero no estaba muerto. Seguía vivo, y ni siquiera se daba cuenta de que estaba sufriendo en voz alta.
Oyó un llanto y unos golpes furiosos que aporreaban la puerta. Luego oyó disparos, y el ruido que produjo algo al hacerse astillas. Alguien discutía a grito pelado. La siguiente cosa de la que tuvo conciencia fue de que Patrice Latomba aparecía en la puerta de la cocina, jadeando, sudoroso, sin nada encima más que un chaleco manchado de grasa y unos téjanos.
Patrice miró a Verna, que se encontraba en el suelo tumbada de espaldas, con la cara aún ardiendo lentamente, el cuerpo presa de convulsiones de dolor, y los talones traqueteando sobre el suelo de la cocina. Luego se volvió hacia Ralph, que tenía los ojos en blanco, como un demente.