– ¿Qué ha pasado aquí, tío?
Ralph no pudo hacer otra cosa más que sonreírle, como un enfermo. El dolor le empañaba los ojos con un velo escarlata y estaba a punto de desmayarse.
– ¿Qué puñetas ha pasado aquí, tío? ¿Dónde están esos tipos? ¿Dónde están esos tipos?
– Yo… no sé… ellos… -empezó a decir Ralph. Y luego, en un angustiado alarido-: ¡Yo no quería quemarla! ¡No sé por qué lo he hecho! ¡Yo no quería quemarla, por el amor de Dios!
Patrice se apartó el humo de la cara con la mano. De pronto se puso muy serio.
– ¿Tú la has quemado? -le preguntó a Ralph. Tenía una frialdad tan terrible en la voz, gravemente conmocionada, que dejó un gusto a metal y a aceite en el paladar de Ralph.
– Yo no quería quemarla.
Patrice levantó la automática, con la muñeca rígida, y disparó una vez. La bala del 45 le dio a Ralph justo en el puente de la nariz y esparció los sesos por las cortinas de la cocina. Un estampado de flores beige y rojo sangre apareció al instante en la ventana, dibujado a una velocidad de trescientos metros por segundo.
Incluso antes de que Ralph hubiera caído de bruces al suelo, Patrice dio la vuelta y le disparó en la cabeza a ella también, un disparo justo en medio del cartílago humeante que era el rostro.
Bertrand apareció en la puerta y contempló la escena presa del más absoluto terror.
– Los has matado a los dos, tío. ¿Y la ley?
Patrice tenía los ojos llenos de lágrimas.
– No hay más ley, tío. No más jodida ley. En la calle Seaver se acabó la ley.
Bertrand miró a Verna y susurró:
– María, madre de Dios. -Y se santiguó.
Patrice lo empujó para que saliera de la cocina y cruzaron el recibidor.
– No más religión, tío, y no más ley. Nada más. Esto es la guerra, tío. ¡Esto es la guerra! Si ves a un solo cerdo en un radio de dos quilómetros a la redonda, si ves a una sola cara blanca, a un judío, a un árabe o a un puñetero indio… ¡los haces volar en pedazos! ¡Los haces volar en pedazos, tío! ¡Con mi permiso específico para ello! ¡Porque yo soy la ley! ¡Y lo que han hecho hoy aquí me da todo el derecho!
Bertrand sacó una automática niquelada del 45 del bolsillo de la cazadora roja con flecos y comenzó a disparar al techo. El yeso cayó como una ducha y Bertrand se lo sacudió de los hombros y se puso a chillar:
– ¡La Navidad! ¡La Navidad se ha adelantado!
Michael estaba sentado en el estudio cuando llamaron con suaves golpes a la puerta y entró Patsy. Era ya media tarde, todos habían tomado una buena comida, pastel de pollo, y Victor se había llevado a Jason a la playa para intentar echar a volar la cometa nueva del muchacho.
El sol salía y se ocultaba al pasar velozmente las nubes por la costa. Michael podía ver a lo lejos a Víctor y a Jason con la cometa roja y amarilla, que caracoleaba y caía a pesar de los esfuerzos que ambos realizaban para hacerla volar. El viento era demasiado turbulento aquel día, había demasiada corriente hacia abajo.
Patsy se puso detrás de él y comenzó a darle masaje en los músculos de los hombros.
– ¡Estás tenso! -le dijo-. Hacía muchos meses que no te ponías así.
– Es el trabajo, sólo eso. En cuanto acabemos con ello y haya cobrado mi cheque, todo volverá a reducirse a pescar percebes. Te lo prometo.
– No sé -dijo ella poco convencida-. A lo mejor te conviene un poco de estrés.
Michael le dio la vuelta a la silla y abrazó a su mujer; se la sentó en las rodillas y la besó. Patsy tenía el pelo recogido atrás con un pañuelo de seda amarillo, y llevaba puesto un vestido corto de algodón, amarillo como los girasoles, como la pintura, como la mantequilla. Los labios le sabían a barra de labios rosa y a perfume recién aplicado. La gran pulsera de cuentas tintineaba.
Cuando hubieron terminado de besarse se miraron a los ojos, inquisitivamente, sin apuro.
– Tú has cambiado -le dijo ella con considerable certeza.
– ¿Cambiado? No lo creo.
– No… lo noto, tú has cambiado. Estás… ¿cómo diría yo? Más… profundo.
– ¿Más profundo? ¿Es que hasta ahora era superficial? Haces que yo parezca una piscina.
Patsy le tocó la punta de la nariz con el dedo.
– No quería decir eso. Quiero decir que pareces mucho más seguro de ti mismo, mucho más confiado. Tengo la impresión de que, de pronto, sabes exactamente adonde vas.
Michael miró el ajado ejemplar de la revista Mushing que estaba en el suelo, al lado del sofá, y comprendió que Patsy tenía razón. Sabía adonde iba por primera vez desde hacía casi un año, y no era precisamente al polo magnético con un equipo de perros y cuatro cajas de Labatt's.
Desde lo de Rocky Woods había dejado pasar todas sus responsabilidades de investigador de seguros y de marido, e incluso de hombre. Había intentado fingir que era capaz de ser alguien completamente diferente… no sólo diferente, sino alguien más afortunado. Debía haber sabido que él nunca había sido afortunado, en el sentido de que nunca había conseguido nada a cambio de nada. Nunca había ganado una competición ni una lotería, ni siquiera había sacado provecho de ninguna máquina tragaperras. Incluso en el trabajo, su más inspirada investigación jamás le había proporcionado una subida de sueldo ni un ascenso, por modesto que fuese. Tomemos el caso Hunt como ejemplo, hacía tres años y medio. Había descubierto que una acaudalada esposa, la señora Lynnfield, ya estaba muerta cuando se había incendiado el coche con ella dentro, porque no había marcas de inhalación de humo alrededor de la nariz y de la boca. Ni siquiera los investigadores del departamento de bomberos lo habían notado. Le había ahorrado a Plymouth Insurance un millón trescientos cincuenta mil dólares, y a cambio había recibido una palmadita de felicitación en la espalda por parte de Joe Garboden y una nota de agradecimiento de Edgar Bedford, y eso había sido todo.
Pero Patsy tenía razón. La investigación sobre el caso de John O'Brien lo había hecho más profundo. Le había hecho caer en la cuenta de que no era sólo un observador, no era sólo un entrometido en las humeantes ruinas de las vidas de otras personas, sino un individuo capaz de cambiar el modo como eran las cosas, empezando por el modo como era él mismo.
Parte de esta recién hallada confianza procedía de los trances hipnóticos a que lo habían sometido… la playa, el faro y el hombre huesudo de cara blanca. Tenía el fortísimo presentimiento de que el hombre de aquellos trances era real, y que era de la clase de hombres que pueden cambiar el curso de la historia. Estaba seguro de que el faro también estaba investido de algún significado trascendental, quizás fuese real, quizás fuese simbólico, pero ahora Michael estaba decidido a averiguar por qué tenía tanta importancia y quién era el hombre… y a causa de esa determinación estaba empezando a sentirse más fuerte.
Él también podía cambiar el curso de la historia.
Patsy lo besó en la frente y le revolvió el pelo.
– Entonces, ¿de qué se trata? -quiso saber-. ¿Has averiguado quiénes eran aquellos jóvenes que estaban merodeando por la acera de enfrente?
Él le devolvió el beso.
– Oh… no eran nadie.
– Debían de ser alguien.
Michael volvió a darse la vuelta en la silla, de modo que los dos quedaron de cara al escritorio. Éste estaba sembrado de las fotografías ampliadas en blanco y negro que Joe había escondido en la revista. Debían de haber sido ampliadas realmente hasta el límite, porque eran granulosas, estaban bastante borrosas, y algunas podrían haber formado parte de cualquier concurso de «adivine usted qué es».
– ¿Quiénes son? -le preguntó Patsy.
– ¿Reconoces a alguno de ellos?