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Ella cogió una de las fotografías y la miró con atención frunciendo el ceño.

– No sé… ¿Dónde se han tomado?

Estaba mirando la fotografía de una valla sombreada por árboles. Había varias personas delante de la valla, una mujer con un vestido de lunares, un hombre con traje y abrigo deportivo, otra mujer con un vestido de manga corta y bolso, otro hombre con camisa a cuadros. Pero detrás de la valla había otras ocho o nueve personas de pie, cuyas caras resultaban más difíciles de distinguir a causa de la sombra moteada de los árboles. A la derecha, en el extremo más alejado, se veían tres jóvenes de cara pálida, todos ellos ataviados con sombrero negro de ala bajada por delante y subida por detrás, ese tipo de sombrero que se llevaba mucho en los años sesenta. Los tres llevaban gafas oscuras.

– ¿Qué te parece? -le preguntó Michael animándola a hablar.

Patsy observó con atención la fotografía, se la acercó mucho, hasta que casi la tocó con su nariz respingona. Luego miró a Michael, y éste pudo ver las motas grises en los iris color azul como la flor del maíz, y los finísimos pelos de las cejas.

– Son ellos, ¿verdad? -le preguntó Patsy.

– No lo sé. Es lo que estoy preguntándote.

– Son ellos -afirmó ella al tiempo que hacía un gesto de asentimiento con la cabeza-. Por lo menos, dos de ellos lo son. El de la derecha y el que está a su lado, en el centro. Al de la izquierda no lo reconozco.

– ¿Estás segura?

Patsy volvió a observar la fotografía y poco después asintió.

– Estoy segura. Estoy completamente segura. Mírale las orejas. Quiero decir, no es exactamente mister Spock, pero casi. No es que los reconozca individualmente, pero viéndolos a los dos juntos…

Michael la besó en la oreja y se enroscó un mechón de aquel cabello fino y rubio en un dedo.

– Yo quería irme a hacer mushing al polo -le dijo-. Quería abandonaros a ti y a Jason, marcharme en avión al norte de Groenlandia, y luego recorrer en trineo el resto del camino. Creo que medio confiaba en morir de hipotermia. Dicen que es muy placentero morir así… y aún lo es más si todos esos leales perros esquimales te lamen la cara mientras vas al encuentro del Gran Hacedor del polo en el cielo.

– Lo que querías tú, cabezota, era no pensar en la realidad. Y no te lo tomes a broma. Lo pasaste muy mal después de lo de Rocky Woods, y no trates de fingir que no, porque yo también me sentía fatal.

– Ya lo sé -aceptó Michael apretándole una mano-. Pero esto es la realidad. -Dio unos golpecitos sobre las fotografías-. Éstos eran los hombres que andaban merodeando por ahí afuera, los mismos que siguieron a Joe cuando se marchó de aquí en su coche. Quiero decir… bueno, voy a hacer que realcen estas fotografías en el ordenador de Plymouth Insurance, pero estoy prácticamente convencido de ello.

– ¿Dónde tomaron ésta?

– ¿Estás preparada para oírlo? Según lo que ha escrito Joe en el reverso, la hicieron el veintidós de noviembre de 1963, desde el lado este de la plaza Dealey, en Dallas.

Hubo una pausa muy larga. Luego Patsy volvió a mirar la fotografía.

– Pero la plaza Dealey de Dallas… allí es donde mataron al presidente Kennedy.

– Exacto.

Patsy se quedó pensando durante unos instantes mientras Michael la observaba. Por fin dijo:

– Pero… ¿cómo puede ser que estos hombres se encontraran allí… en 1963, si hoy mismo han estado aquí y tenían exactamente el mismo aspecto?

– Eso es lo que Joe estaba tratando de averiguar, y yo tengo que averiguarlo.

– Oh, Michael… es imposible que se trate de los mismos hombres. Los que yo vi no tenían más de veinticuatro o veinticinco años… como mucho treinta. Tendrían que ser unas criaturas cuando asesinaron a Kennedy. Y, de todos modos…, ¿estás seguro de que estas fotografías son auténticas? No se parecen a ninguna fotografía que yo haya visto antes. No las mostraron en aquel documental sobre Kennedy, ¿verdad?

– No, no lo hicieron. Según dice Joe, las fotografías las hizo un tipo llamado Jacob Parrot, que tenía una tienda de música en Grand Prairie. Fue uno de los pocos fotógrafos aficionados que se encontraban en la escena del crimen a los que no les confiscó las fotografías el FBI ni la policía. Cuando vio que a la gente le quitaban las cámaras, enrolló la película, la sacó y se la metió en el bolsillo. Por lo visto, Jacob Parrot le había pedido prestada la cámara a un amigo, y no había colocado el enfoque correctamente. En la mayoría de las fotografías, el presidente Kennedy se ve muy borroso, pero la gente que está en el montículo lleno de hierba y en la valla que se encuentra detrás del mismo están muy bien enfocados. Y aquí los tienes.

– ¿Crees de verdad que son los mismos hombres?

– Echa una ojeada a esta fotografía.

Michael le pasó una fotografía que mostraba claramente a uno de los hombres de gafas oscuras con un rifle levantado hasta la altura del hombro. El otro estaba dándose la vuelta y tenía una mano pegada contra la oreja, como si estuviera intentando protegerse del estallido.

Patsy sólo necesitó echarle un rápida ojeada antes de dejarla caer otra vez sobre el escritorio y decir:

– Sí… son ellos. Lo son realmente.

– ¿Seguro?

– No hay duda. Ese de las orejas, desde luego. Y el otro… hay algo como antiguo en él. Aunque solamente hubiera visto la fotografía de uno de ellos, habría dicho que sí. Pero estando los dos juntos… tienen que ser ellos por fuerza.

Michael le dio otro beso.

– Lo único que necesito saber ahora es… ¿por qué Joe ha dejado aquí estas fotografías?

– Para esconderlas, supongo.

– Bueno, eso es evidente. Pero, ¿por qué ha tenido que esconderlas aquí? ¿No podía haberlas escondido en su casa, o en la oficina, o en la consigna de una estación de autobuses, o algo así?

– Puede que sepa que van a por él.

– De todos modos…

– Puede que sepa que van a por él y, sencillamente, no haya tenido tiempo de esconderlas en otro sitio.

Michael repasó las fotografías del montículo lleno de hierba y movió lenta y dubitativamente la cabeza.

– No sé… no me gusta nada tenerlas aquí. Ésta es la clase de fotografías por la que matan a la gente.

– ¿Por qué no lo hablas con Joe?

– ¿Por un teléfono móvil que hasta tu hermana pequeña podría pinchar? Debes de estar de broma.

– No tienes que nombrar a Kennedy. Podrías decir vaguedades… algo así como: «Joe, muchas gracias por ese informe tan interesante que me enviaste.» O: «Me ha gustado mucho ver las fotografías de los niños.»

Michael le dio un abrazo y se echó a reír.

– ¿Qué te crees que es esto? ¿Una película de espías? No… pronto llegará a la oficina. Luego lo llamaré allí.

Por la ventana vieron que Víctor y Jason se dirigían de vuelta a casa.

– En serio -dijo Patsy-. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vas a llamar a la policía?

– No… no. Todavía no. Tendremos que presentar muchas más pruebas. Además, si esos tipos llegan a enterarse de que estamos sobre su pista y de que sabemos quiénes son, bien podría ser que vinieran a por nosotros también. Mira lo que le pasó a ese tipo, como se llame, aquel que iba a demostrar en el juzgado que Lee Harvey Oswald tenía relación directa con Clay Shaw. David Ferrie, eso es. Apareció muerto en misteriosas circunstancias antes de llegar a subir al estrado. Y lo mismo les sucedió a otros muchos. Cualquiera que sea capaz de demostrar lo que nosotros estamos en situación de probar… que Lee Harvey Oswald no le disparó al presidente Kennedy… que no lo hizo y no pudo hacerlo… y que fueron estos hombres los que lo hicieron… Estos tipos de la cara blanca con esos sombreros, esos trajes y esas garitas tan raras.

– Michael… no se te habrá ocurrido seguirles la pista tú solo, ¿verdad?

– No. Les seguiremos la pista Joe y yo juntos… siempre que consigamos un poco de ayuda de la oficina del forense y del departamento de policía.