Víctor entró en el despacho con los ojos llorosos a causa de la brisa, seguido de cerca por Jason, que estaba muy sonriente.
– ¡Jesús, qué viento hace ahí afuera! -dijo jadeando.
– ¿Ha habido suerte con la cometa?
– Cayó en picado -comentó Jason mordazmente.
– Ésa es la historia de mi vida -dijo Víctor. Se sentó y se quitó las gafas-. Una desilusión en cada curva.
– Jason, ¿quieres ir a buscarte una Coca-cola? -le sugirió Michael.
Jason ya se había tirado encima del sofá.
– Ah, ya lo he pescado. Lo que queréis es tener una conversación de adultos.
Michael le revolvió el pelo con la mano.
– Nunca hubiera podido imaginar que alguien tan astuto pudiera salir de mis partes.
– ¿Partes? ¿Qué son las partes?
– Ve a buscar la Coca-cola, ¿vale?
– Quiero saber qué son las partes.
– Las partes son los genitales.
– ¿La pilila, quieres decir?
– Sí, Jason, la pilila.
– Bueno. ¿Y por qué no lo dices? «Partes.» Imagínate en el colegio. «¡Oye, Bradley, quita de ahí las partes!»
– Dios mío, estos trece años -exclamó Michael cuando Ja-son se hubo marchado (sin cerrar la puerta como es debido).
Pero Víctor ya había cogido las fotografías de Kennedy y estaba mirándolas.
– ¿Qué te parece? -le preguntó a Patsy.
Patsy tenía los labios apretados.
– A mí me parece algo espantoso. Yo creo que deberíais entregárselas al FBI o a la policía, que se encarguen ellos de este asunto.
– Pues yo no estoy seguro de que eso sea una buena idea -dijo Victor.
– ¿Ah, no?
– Piénsalo bien. Parece que Joe ha encontrado cierta conexión entre estos hombres y el asesinato del presidente Kennedy. Pero Joe también estaba dando a entender, y con mucho énfasis, que asimismo están relacionados con el asesinato de John O'Brien, mientras que la policía de Boston intenta explicar por todos los medios que fue un accidente.
– ¿Así que lo que quieres decir es que la policía también está implicada en los asesinatos?
Victor se encogió de hombros.
– Puede que no esté implicada directamente, pero desde luego están haciendo todo lo posible por encubrir las evidencias. Mi consejo es que, en lo que concierne a la policía, debemos andar realmente con pies de plomo.
Michael se acercó a la puerta del despacho y la abrió. Abajo, el jardín estaba vacío y la calle se veía desierta. La brisa siseaba suavemente entre la arena y formaba remolinos por la acera.
– Propongo que volvamos a Boston e indaguemos un poco más -dijo-. Podemos fiarnos de Thomas Boyle, ¿no?
– Creo que sí. Tanto como de cualquier otro.
– Tenemos que hablar con Thomas acerca de la actuación oficial de la policía en este asunto. Luego tenemos que volver a hablar con el doctor Moorpath. Hay que conseguir que nos explique cómo demonios ha podido decir en su informe que el grupo de O'Brien murió de forma accidental. Tenemos que hablar también con Edgar Bedford, en Plymouth, y preguntarle por qué quiere que pongamos punto final a nuestra investigación. Y finalmente con Kevin Murray y Arthur Rolbein. He leído sus informes y todavía quedan muchas preguntas sin contestar.
– Vas a remover un verdadero avispero, si quieres que te diga mi opinión -le comentó Víctor.
Michael asintió.
– Ya lo sé. Y voy a hablar con Joe primero. Quiero saber por qué está tan asustado… y hasta qué punto tenemos que estar asustados nosotros.
– Yo creo que tendríamos que estar asustados de cojones -dijo Víctor.
Patsy lo miró con ansiedad.
– No pensaréis volver a Boston ahora mismo, ¿verdad? -les preguntó.
Michael consultó el reloj. Eran las tres y once minutos.
– No inmediatamente, primero tengo que hablar de esto con Joe. No quiero dejarlo con el culo al aire.
Poco después de las cuatro llamó por teléfono a Joe a Plymouth Insurance. La secretaria de Joe le dijo que no había regresado todavía de New Seabury. En coche se tardaba poco más de dos horas en recorrer aquel trayecto aun suponiendo que el tráfico fuera muy denso, pero quizás Joe se hubiese detenido en alguna parte para comer, o quizás hubiese decidido pasar por su casa primero. Michael llamó al número privado de Joe y le contestó Marcia; ella tampoco lo había visto todavía.
Marcia le dio el número del teléfono móvil de Joe y Michael intentó llamarlo. Una voz impersonal y nasal, una grabación, le dijo que aquel teléfono móvil se encontraba fuera de servicio.
Michael le dijo a Víctor:
– Todavía no ha llegado a la oficina, no está en su casa y el teléfono móvil no tiene línea.
– Vamos a darle otra media hora -sugirió Víctor.
Michael volvió a llamar a la oficina a las cinco, luego a las cinco y media, y a las seis menos diez. Esta vez, las oficinas estaban cerradas y lo único que oyó fue el contestador automático: «Si sabe la extensión de la persona a la que está llamando, puede apretar ese número ahora…»
Apretó el número de la extensión de Joe y lo único que consiguió fue escuchar el contestador automático que había sobre su escritorio: «Hola, aquí Joe Garboden… en este momento no estoy en mi despacho…»
Sostuvo el auricular para que Victor también pudiera oír lo que decía el mensaje.
– Aquí pasa algo -dijo-. Sólo espero que no haya sido un accidente.
Victor hizo un gesto con la cabeza.
– Yo no me preocuparía demasiado. Probablemente se haya encontrado con alguien y se ha entretenido.
Michael llamó a Kevin Murray, pero su madre le dijo que se había ido a pasar el fin de semana a Maine. Telefoneó también a Arthur Rolbein, y éste quedó en reunirse con él el día siguiente a las dos de la tarde. De todos modos, parecía mostrarse extrañamente precavido.
– ¿Todo va bien? -le preguntó Michael.
– Oh, desde luego. Sólo que se ha dado la orden de que la investigación sobre el caso O'Brien ha quedado definitivamente cerrada.
– ¿Has visto el informe del doctor Moorpath?
– Todavía no lo he leído, pero han hablado de él en las noticias de las cuatro.
– ¿Y qué te parece?
– A mí no me parece nada. La investigación está cerrada. Muerte accidental, Plymouth suelta la pasta.
– ¿Tú crees que fue muerte accidental?
Se hizo un prolongado silencio. Luego Arthur Rolbein dijo:
– Ya estoy trabajando en otra cosa.
– Arthur… necesito tu opinión sobre este asunto.
– Ya hablaremos mañana -dijo Arthur. Y colgó el teléfono con tanta prisa que Michael no tuvo tiempo ni de decirle adiós.
Victor dio un trago de cerveza de la botella y dijo:
– ¿Qué te había dicho yo? Ve con pies de plomo.
DOCE
Continuó llamando a Joe cada media hora hasta mucho después de medianoche. Llamó también a la patrulla de carreteras, pero no tenía noticias de ningún accidente en el condado de Barnstable ni en el de Plymouth en el que estuviera implicado un Cadillac de color azul metalizado. Un hombre y una mujer habían muerto en la carretera cuatrocientos noventa y cinco, justo al nordeste de West Wareham, en una colisión frontal con un trailer refrigerado, pero viajaban en un Lincoln plateado. También se había encontrado un Cámaro carbonizado en la carretera ciento cincuenta y uno, pero no habían hallado ni rastro de los ocupantes, por lo que la patrulla de carreteras había supuesto que alguien habría prendido fuego a algún vehículo robado o estropeado, ya fuera para ocultar pruebas o para poder reclamar al seguro. Finalmente, Michael decidió dejarlo por aquella noche.
Víctor ya se había acostado en el sofá; estaba tapado con una manta de color verde estanque, y había dejado las gafas dobladas en el suelo, a su lado.
– ¿No ha habido suerte? -preguntó al ver que Michael colgaba el teléfono.