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– No sé dónde demonios puede estar.

– Oh, venga… Lo encontraremos mañana en Boston. ¿A qué hora quieres salir?

– Temprano. Se supone que tengo una cita con el doctor Rice a las diez menos cuarto, pero puedo anularlo.

– ¿Te ayuda en realidad, la hipnosis?

– No lo sé. A veces creo que me deja peor de lo que estaba al principio. Pero otras veces… bueno, me da fuerzas para hacer cosas que quizás no hubiera sido capaz de hacer sin ella.

– Esta mañana estábamos hablando de sugestión posthipnó-tica. ¿Te somete a eso el doctor Rice?

Michael recogió y puso juntas todas las fotografías de Kennedy sobre el escritorio.

– Sólo en términos muy generales. Ya sabes, cosas como «hoy vas a sentirte más animado y seguro».

– ¿Y realmente te sientes más animado y seguro?

– Desde luego que sí. Algunos días funciona mejor que otros, pero funciona.

– ¿No te dice que hagas nada concreto… como empezar a bailar en medio de la calle, besar a todas las mujeres que lleven un vestido azul, o algo parecido?

Michael sonrió.

– Será mejor para él que no lo intente.

– Pero, ¿podría hacerlo?

– Oh, seguro que sí. La mayoría de las personas cree que nunca se las podría hipnotizar y que no responderían a la sugestión posthipnótica. Pero es increíble lo que un buen hipnotizador puede conseguir que haga la gente. Y todo eso de que la gente no hace nada que vaya en contra de su naturaleza, ni nada arriesgado o que ponga vidas en peligro… todo eso no son más que tonterías. Un hipnotizador moderno y habilidoso podría inducir a cualquiera a saltar de la torre John Hancock, o a ponerse delante de un autobús, o a lo que quiera que le apeteciese.

– Es lo que yo pensaba.

Michael se volvió hacia él.

– ¿Qué quieres decir?

– He estado pensando en Frank Coward, el tipo que iba pilotando el helicóptero cuando la familia O'Brien resultó muerta.

– ¿Y?

– Siempre que hacemos algún progreso en esta investigación, cualquiera que sea, acabamos volviendo al accidente de helicóptero. Vale. Aceptamos que el grupo de O'Brien probablemente fuera asesinado, y aceptamos también que a Sissy O'Brien la secuestraron. Pero, ¿cómo lo hicieron? ¿Cómo sabía el autor de los hechos en qué lugar iba a caer el helicóptero, a no ser que fuera porque Frank Coward tenía intención de hacerlo caer deliberadamente?

– ¿Crees que Frank Coward pudo hacer que el helicóptero se estrellase porque estaba bajo sugestión posthipnótica? -le preguntó Michael.

– Sólo es una idea, eso es todo. Ese tipo no era un enfermo terminal. Thomas Boyle me ha contado que la policía investigó todas sus cuentas bancarias, todas las cuentas de ahorro y también todos los gastos que había realizado en los últimos tiempos, y no encontró el menor indicio de que lo sobornasen. No se compró un coche nuevo, ni hizo reservas para marcharse de vacaciones a Acapulco, ni siquiera le regaló a su mujer una nevera nueva. Por supuesto… es posible que lo prepararan para suicidarse después de matar al grupo de O'Brien. Mira esos terroristas de Oriente Medio que hacen chocar camiones llenos de explosivos contra instalaciones del ejército de los Estados Unidos; los conductores se quedan dentro de los camiones. O mira la mujer que mató a Rajiv Gandhi. Pero… no sé, una misión suicida en realidad no encaja demasiado bien, ¿verdad? No en un piloto americano para matar a un juez del Tribunal Supremo. No parece verosímil.

Michael se quedó pensando durante unos instantes y luego hizo una sugerencia.

– Vale, ésa es una teoría interesante. Quizás sea mejor que mantenga la cita con el doctor Rice mañana por la mañana. Puedo preguntárselo a él.

Víctor se acostó de espaldas en el sofá y se santiguó.

Michael estaba a punto de apagar la luz.

– ¿Siempre haces eso?

– Es una costumbre. Mi abuela me enseñó a hacerlo cuando era niño. Mantiene alejados a los niños blancos como azucenas; eso es lo que decía ella.

– ¿Niños blancos como azucenas? ¿Quiénes eran esos niños blancos como azucenas? ¿Cuándo estaban en casa?

– Pues en realidad no lo sé. Alguna antigua leyenda de Polonia. Venían de noche y le robaban el alma a la gente, o algo así. En realidad nunca me lo contó. Siempre hablaba de ellos, y se santiguaba una y otra vez.

Michael apagó la luz.

– Que duermas bien -dijo-. Y… esto… puede que yo también deba santiguarme.

Marcia lo llamó a las seis de la mañana y le dijo con voz temblorosa que Joe todavía no había vuelto a casa. Había llamado a todos sus amigos, a la policía, a la patrulla de carreteras y a todos los hospitales. No había el menor rastro de él.

– Puede que se haya retrasado por alguna razón y haya decidido detenerse en algún hotel -le sugirió Michael, aunque no creía que fuera así.

– Me habría llamado, Michael. Siempre lo hace.

– Bueno, estaré en Boston a la hora de comer. Si no ha vuelto a la oficina para entonces, iré a verte.

– Oh, Dios mío, espero que esté bien -dijo Marcia-. Ha estado bajo una gran tensión con lo del caso O'Brien.

– ¿Tensión? -le preguntó Michael. Estaba realmente sorprendido-. ¿Qué clase de tensión?

– Parecía preocuparle mucho. Daba la impresión de que lo asustaba. Hace un par de semanas me dijo que estaban sucediendo cosas de las que nadie tenía conocimiento. Que había una especie de sociedad secreta, así es como lo llamó. Me dijo que se había dado cuenta hace años y que al principio no se lo había creído realmente, pero que ahora tenía pruebas.

Michael pensó inmediatamente en las fotografías de Kennedy. ¿Qué diantres habría descubierto Joe? ¿Sería quizás alguna relación entre el asesinato de Kennedy y los asesinatos del grupo de O'Brien? ¿Una relación mañosa, quizás, como Sam Giancana o Bugsy Siegel? ¿O una sociedad secreta de políticos influyentes contratados? Fuere como fuere, le dijo a Marcia:

– A mí no me ha dicho nada.

– Ya lo sé -dijo Marcia. Hizo una pausa, y Michael le notó por la voz que estaba llorando-. Lo siento, Michael. Quizás tendría que habértelo contado. Pero me dijo que no iba a decírselo a nadie hasta estar completamente seguro. Por eso no quería que tú intervinieras en el caso. Dijo que seguro que tú descubrirías lo que estaba pasando, y que quizás dieras la alarma antes de que él tuviera suficientes pruebas.

Michael frunció el ceño.

– ¿Qué quieres decir con eso de que no quería que yo interviniese en el caso? Vino aquí a pedírmelo expresamente. Literalmente, me lo suplicó.

– Tuvo que hacerlo. Edgar Bedford quería que intervinieses en el caso, y Joe no tuvo elección.

Michael estaba atónito.

– Marcia, sencillamente no acabo de creerme lo que dices. ¿De verdad que Joe no quería que yo me encargase de hacer esta investigación?

– Me dijo que era demasiado peligroso, que había demasiado que perder. Intentaba no manifestarlo, pero estaba absolutamente aterrorizado. Se pasaba las noches despierto, temblando. Por eso estoy preocupada ahora.

– Hablaré contigo más tarde -le aseguró Michael.

Y colgó el teléfono. Todavía estaba sentado a la mesa de la cocina con la mirada fija cuando entró Patsy sin otra cosa encima más que una camisa de cuadros.

– ¿Qué sucede? -le preguntó-. ¿Michael? Parece que hayas visto un fantasma.

Después de desayunar, Michael y Víctor fueron en coche a Hyannis para acudir a la cita de Michael con el doctor Rice. Habían intentando otra vez hablar con Joe, pero seguía sin aparecer por la oficina y el teléfono móvil continuaba sin línea. Era una mañana despejada y calurosa, sin viento, y las calles de Hyannis le daban a Michael la impresión de estar mirándolas en un espejo pulido.

– A lo mejor ha ido a esconderse -dijo Victor con la cabeza recostada en el respaldo y el brazo asomando por la ventanilla abierta del coche.