El doctor Rice había dejado de gritar, pero la sangre no se había detenido en aquel desbocado bombeo hacia afuera. La moqueta que había debajo del sillón estaba oscura y empapada de sangre. El doctor Rice estaba temblando. En realidad casi se podía decir que saltaba sin parar arriba y abajo en el sillón.
– ¡Llama a una ambulancia! -dijo con urgencia Victor.
Se arrancó la corbata y la enrolló alrededor del tobillo izquierdo del doctor Rice, hizo un nudo con ella y lo apretó con una fuerza feroz. El flujo de sangre disminuyó del regular bombeo arterial hasta convertirse en un tenue y espeso goteo de color carmesí. Victor le quitó la corbata estampada de flores al doctor Rice y le hizo también un torniquete en el tobillo derecho, hasta que dejó de sangrar.
– La ambulancia está en camino -le dijo Michael.
El primero de los jóvenes ya estaba a gatas, intentando ponerse en pie. Michael le gritó:
– ¡Quédate donde estás!
– Oh… ¿es eso? -le dijo el joven en tono de mofa-. ¿Tengo derecho a guardar silencio? ¿Tengo derecho a que me represente un abogado? ¿Tengo derecho a no quedarme aquí mientras tú me sueltas todas esas aburridas y flatulentas tonterías anticuadas?
– Tú quédate donde estás -le advirtió Michael.
Con actitud desafiante, el joven se dirigió hacia la puerta, pero Michael inmediatamente se cruzó en su camino, le agarró por un brazo y lo aplastó contra la pared.
Inmediatamente se avergonzó de sí mismo. No había necesidad de actuar con tanta violencia. Él quizás pareciera demasiado delgado, y posiblemente no hubiera podido igualar a alguien que hubiese albergado serias intenciones de hacerle daño; pero se encontraba en buena forma física y tenía cierta grado de dureza. Aparte de eso empezaba a asimilar todos aquellos cadáveres humanos que habían caído del cielo en Rocky Woods. Estaba descubriendo un sentido de la valentía que estaba muy por encima de cualquier cosa que le hubiesen podido pedir en Plymouth Insurance, ojalá lo hubieran comprendido a su debido tiempo.
Echó una rápida mirada a Victor; éste tenía los ojos resplandecientes, y Michael comprendió que también sentía lo mismo que él. Extraoficialmente se habían nombrado a sí mismos Equipo de Limpieza.
– ¿Quién os ha enviado aquí? -le preguntó con exigencia Michael al primer joven.
– Nadie… nadie -repuso el joven. Tenía un acento extrañamente afectado, con un matiz como de Salem o de Marblehead, o incluso puede que de más al norte, prácticamente inglés.
– Vuelve a llamar a la ambulancia -le pidió Victor mientras apretaba una mano sobre la frente del doctor Rice-. Está perdiendo el sentido.
– Quédate ahí -le dijo Michael al joven en tono de advertencia. Cogió el teléfono y marcó el número. Repitió la llamada pidiendo la ambulancia.
– ¿Quiere otra ambulancia?
– Desde luego que no, por amor de Dios, pero dígale a la primera ambulancia que espabile.
– Créame, señor, siempre lo hacen.
Michael colgó el teléfono. Mientras lo hacía, el primer joven dijo:
– Nosotros tenemos que irnos ya.
– ¿Qué? -preguntó Michael con extrañeza-. Vosotros os quedáis aquí.
– Lo siento, tenemos que irnos.
– Vosotros vais a quedaros y no hay más que hablar.
El joven bajó la cabeza y volvió la espalda. Durante una fracción de segundo, Michael creyó de veras que iba a hacer lo que le había dicho. Pero entonces el joven se dio la vuelta tan bruscamente que Michael ni siquiera lo advirtió, y golpeó a éste en la clavícula con algo duro y pesado, un pisapapeles o un tope, algo que había podido coger por allí.
El dolor hizo explosión en el hombro de Michael como la expansión de una bomba. Cayó hacia atrás contra el escritorio del doctor Rice, intentó recobrar el equilibrio, no lo consiguió, y luego cayó sobre una rodilla. Casi simultáneamente el segundo joven le propinó a Victor una patada en las costillas. A continuación, los dos salieron del despacho agazapados y se escabulleron hacia la parte trasera del edificio.
Victor le gritó:
– ¡Cuida de él! ¡Vigila la respiración!
Y salió en persecución de los dos jóvenes como un terrier. Michael oyó que abrían la puerta trasera del edificio de una patada, seguida inmediatamente del sonido de una alarma. Oyó carreras y gritos.
Frotándose el hombro magullado, se puso en pie y se quedó junto al doctor Rice. Éste había estado parpadeando con la mirada perdida, pero ahora abrió los ojos y miró fijamente a Michael, al que reconoció en medio del sufrimiento.
– La ambulancia está en camino -le dijo Michael para tranquilizarlo al tiempo que le cogía una mano.
– Confío en que traigan pegamento -le dijo en un susurro el doctor Rice.
– No se preocupe… saldrá de ésta. Incluso es posible que no pierda los pies. Es increíble lo que se puede hacer con la microcirugía.
El doctor Rice se estremeció. Tenía las uñas largas y cortantes, y se las clavaba a Michael en los dedos.
– Me dijeron que en el lugar adonde iba a ir no necesitaría los pies.
– ¿Querían matarlo?
– Claro que querían matarme. Exactamente igual que a todos aquellos que descubren lo que se proponen.
– ¿Y qué se proponen?
El doctor Rice le dedicó a Michael una sonrisa enfermiza y titubeante.
– Créame, Michael, mejor que no lo sepa.
– Pero, ¿por qué la han tomado con usted?
– ¿Usted qué cree? Me eligieron a mí porque yo era el mejor, porque yo podía usar mi aura.
Hizo una mueca de dolor y tosió. Durante unos instantes, Michael creyó que el médico iba a morirse allí mismo y en aquel momento, justo delante de él.
Pero el cabo de un rato el doctor Rice levantó una mano temblorosa, se limpió la boca y dijo:
– Sólo somos seis o siete… al menos que yo sepa.
Michael le apretó la mano. No podía soportar mirar los tobillos, que goteaban.
– ¿Seis o siete qué? -le preguntó.
– Hipnotizadores con aura. ¿No lo sabía? Yo soy un hipnotizador con aura. Una cosa que aprendimos allá en los años sesenta, algo que no se puede comprender a menos que uno se haya visto a sí mismo desde fuera.
Hubo un silencio muy largo. El doctor Rice yacía de espaldas en el sillón y era evidente que empezaba a sentir el dolor de la amputación realmente por vez primera. Le apretó la mano a Michael como un buitre en rigor mortis, y la respiración se le hizo superficial e irregular.
A lo lejos oyeron el ulular de una sirena.
– Escuche -le dijo Michael-. Ya llegan.
El doctor Rice le apretó aún más la mano.
– No puedo explicárselo todo… no hay tiempo. Pero coja mi cuaderno… coja mi agenda… está en el cajón del escritorio, el de arriba a la derecha. Y coja ese libro del estante que está al lado del Sheeler… el verde… -El ruido de la ambulancia disminuyó hasta detenerse del todo al llegar a la puerta del despacho. Michael podía ver las luces rojas parpadeando a través de las persianas medio cerradas-. Una cosa más -susurró el doctor Rice.
– Está bien -le tranquilizó Michael-. Ya me lo dirá más tarde. Ahora vamos a llevarle al hospital.
– No, Michael… hay otra cosa… una cosa que usted tiene que saber…
– Escuche… olvídelo. Ya me lo dirá cuando se ponga bien.
Pero el doctor Rice se agarró a él e incluso intentó incorporarse en el sillón.
– El piloto… -susurró.
– Doctor Rice…
– ¡Escúcheme! -le interrumpió el doctor Rice-. El piloto, Frank Coward…, era uno de mis pacientes… lo mandaron aquí para que recibiera aurahipnosis, para que yo pudiera decirle lo que había que hacer… para que el «señor Hillary» pudiera decirle lo que había que hacer.