– No comprendo -dijo Michael.
– Lea mi diario… lea los libros… entonces lo entenderá.
– Victor dice que entra dentro de lo posible que Frank Coward hiciera que el helicóptero se estrellase porque así se lo ordenaran bajo hipnosis.
– Bien, Victor tiene razón… sea quien sea ese Victor. En cualquier caso, está sobre la pista correcta. Pero escuche…
En aquel momento llamaron a la puerta principal, y se oyó a un sanitario que decía:
– ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡La ambulancia!
– ¡Aquí dentro! -gritó Michael.
– ¡Por favor! -siseó el doctor Rice-. ¡Tiene que escucharme!
– Bill, la mujer está muerta -se oyó que decía una voz en el pasillo.
– ¡Por favor! -le suplicó el doctor Rice agarrando con fuerza la manga de Michael y moviendo arriba y abajo los ensangrentados muñones de los tobillos a causa de la ansiedad-. ¡Le he hecho lo mismo a usted!
– ¿Qué? -le preguntó Michael mirándolo perplejo.
– Le he hecho lo mismo a usted. Lo mismo que le hice a Frank Coward.
– ¿Qué quiere decir? -le exigió Michael.
Pero el doctor Rice no contestó. En lugar de hacerlo se puso a rebuscar en el bolsillo con la mano libre y sacó algo. Un objeto pequeño, del tamaño de un cuarto de dólar, pero más grueso. Se lo apretó a Michael en la palma de la mano y luego cerró los dedos sobre ello.
En aquel momento, dos fornidos sanitarios irrumpieron en el despacho.
– ¡Dios mío! -exclamó uno de ellos-. Ha perdido los dos pies.
Michael sacudió frenéticamente el brazo del doctor Rice.
– ¿Qué quiere decir con lo de Frank Coward? -repitió-. ¿Qué quiere decir con que me ha hecho lo mismo a mí?
Pero los ojos del doctor Rice parpadearon varias veces y finalmente se cerraron, y la cabeza se le cayó hacia un lado, con el labio superior enganchado en los colmillos en una débilísima parodia de un gruñido.
– Vamos, amigo -dijo el sanitario apartando a Michael con suavidad-. Este tipo necesita toda la ayuda experta que se le pueda proporcionar.
El otro sanitario se arrodilló en el suelo y con desagrado cogió los pies del doctor Rice.
– Tendremos que ponerlos en hielo -observó-. E inmediatamente tendremos que llevar a este desgraciado al hospital, no podemos perder más tiempo.
Michael oyó que se acercaba otra sirena por la calle; y luego otra; y a continuación el sonido que producían algunas puertas, de coche que se cerraban. Alguien había llamado a la policía. Al mismo tiempo entró Víctor por la puerta de atrás, jadeando y esforzándose por recuperar el aliento.
– No he podido alcanzarlos -le dijo a Michael-. Torcieron por la esquina, al lado del Copper Kettle, y entonces, sencillamente, desaparecieron.
Un policía tripón que llevaba el uniforme muy planchado entró también en la habitación. Parpadeó al ver a Victor, luego parpadeó al mirar a Michael, y luego parpadeó de nuevo al fijarse en el doctor Rice.
– Dios Todopoderoso -exclamó. Y luego añadió-: Buen Dios Todopoderoso.
TRECE
Se encontró con Arthur Rolbein en The Rat, un antro situado en la avenida Commonwealth que hacía varios años que no pisaba. El sitio tenía todo lo que un buen antro debe tener: un ambiente lleno de humo, música estridente, suelos pegajosos, bebidas baratas y la mezcla precisa de gente que un antropólogo marciano se habría llevado consigo al planeta rojo en su platillo volante para demostrar lo ancho y profundo de la civilización humana, desde el bullicioso universitario de Boston bebedor de cerveza hasta el hermano superatractivo de risa tonta.
Llevaba cuatro horas de retraso. La policía de Hyannis había estado interrogándolos a ambos, a Víctor y a él, durante más de dos horas a cada uno, y únicamente los habían soltado con la condición de que no se alejaran más allá del Hub y de que estuvieran disponibles para volver a Hyannis en cualquier momento para someterse a nuevos interrogatorios.
Al doctor Rice lo habían transportado a toda prisa al Hospital Central de Boston para someterlo a una operación de urgencia de microcirugía. Habían metido los pies en hielo y se los habían llevado junto a él en bolsas de aluminio. Por suerte para Michael y Victor, el doctor Rice le había dado a la policía una descripción precisa de sus atacantes y había insistido en que ni Michael ni Victor lo habían tocado.
– Ellos entraron… me han salvado la vida.
Arthur Rolbein estaba encajonado con grandes apreturas en una mesa situada en el rincón. Era delgado y anguloso, y el pelo, lleno de caspa y ondulado, lo llevaba cortado a tazón. Cada vez que tragaba parecía que fueran a salírsele los ojos, y tenía los labios gruesos y de un rojo profundo, como si los llevase pintados.
Michael le preguntó qué quería beber, y él dijo:
– Seven-Up.
– ¿Seguro?
– No puedo probar el alcohol. Me produce urticaria.
Michael pidió un cerveza de barril. El equipo estéreo atronaba el ambiente con los sones de Perpetual Dawn-The Long Remixe. Dio un trago grande y frío y luego dijo:
– Creo que debería haber hablado contigo antes. Tu informe del caso O'Brien resultó muy ilustrativo.
Arthur Rolbein sorbió por la nariz, se encogió de hombros y miró hacia otra parte.
– Bueno, ya te lo dije ayer. Ahora ya no trabajo en el caso O'Brien.
– No creerás en serio que fue un accidente.
– Creeré lo que sea más conveniente creer.
– ¿Y no te parece que es más conveniente sugerir que fue homicidio premeditado? ¿Que John O'Brien fue asesinado?
– No es un mensaje que yo andaría dejando caer por la oficina, por decirlo de algún modo.
– ¿Por qué?
– Por ciertas personas que van y vienen.
– ¿Ah, sí?*¿Y quiénes son?
Arthur Rolbein echó una ojeada por el abarrotado local con un nerviosismo exagerado, como si estuviera representando una obra y le hubieran dicho que actuara de «nervioso».
– Joe Garboden podrá informarte mejor que yo.
– Joe Garboden también tiene miedo, por lo que yo sé.
– Bueno, no es para menos -dijo Arthur Rolbein-. Quiero decir, ¿es que quieres morir de una muerte horrible o qué?
– Arthur, esto es importante -insistió Michael-. Tienes que decirme de qué se trata.
Arthur Rolbein dejó escapar un profundo suspiro y luego se tapó la cara con la mano de tal manera que con los ojos miraba por entre los dedos, como si llevara puesta una máscara. Cuando habló lo hizo muy rápidamente, con un discurso monótono y atropellado en voz baja, y el golpeteo de Perpetual Dawn hacía que a Michael le resultase casi imposible oír lo que le decía.
– Ya has leído mi informe. Yo le concedía cierto porcentaje de posibilidades a la fatalidad… quiero decir que de eso es de lo que se trata en los seguros. Pero las apuestas en contra de que el helicóptero de O'Brien se estrellase accidentalmente en un punto de la costa donde alguien estaba esperando para matarlos eran demasiadas incluso para un reasegurador razonable. Y, seamos realistas, no existe un reasegurador razonable.
»Fui a ver a Kevin con todo lo que yo sabía… la entrevista con Masky y todas las estadísticas. Kevin se las había arreglado para averiguar algunos de los hallazgos técnicos de la Administración Federal de Aviación y estaba de acuerdo conmigo. Así que fuimos a ver a Joe Garboden y convino en que todo aquel asunto era puñeteramente raro, por no decir más. A simple vista, por lo menos, parecía que el accidente de John O'Brien era una muerte sospechosa, y que quizás pudiera tratarse incluso de una conspiración para cometer homicidio múltiple.
– ¿Y qué pasó? -le preguntó Michael-. Kevin y tú estabais sobre la pista. ¿Por qué os quitó Joe de pronto del caso y me lo ofreció a mí? Él mismo me ha dicho que, personalmente, no quería que yo lo hiciera.