Desde el momento en que Thomas había empezado a hablar, Michael sospechó que el cadáver era el de Joe. Pero de todos modos notó que las lágrimas se le deslizaban por las mejillas y que se sentía abrumado por una enorme sensación de dolor y abandono, casi tan dolorosa como cuando se pierde al padre o a la madre. Víctor, sin sentimentalismos, le puso un brazo alrededor del hombro y le dio un apretón a modo de consuelo.
– ¿Cuál es la hora aproximada de la muerte? -quiso saber Víctor.
– Sucedió anteayer, justo antes de mediodía, a juzgar… er… por la actividad de la mosca de la carne.
– Eso significa que lo más probable es que muriera una media hora después de marcharse de la casa de Michael en New Seabury.
Thomas asintió.
– Lo siento mucho, Michael. Yo también conocía a Joe bastante, como a mucha gente de esta ciudad; y me caía muchísimo mejor que la mayoría.
– ¿Lo sabe Marcia? -le preguntó Michael mientras se limpiaba los ojos con los dedos.
– Dick Maddox envió a dos de sus ayudantes para decírselo.
– Jesús -exclamó Michael-. Cuando vi que no contestaba al teléfono móvil y que no regresaba a su casa, comprendí que tenía que haberle sucedido algo malo.
– Lo siento de veras -repitió Thomas-. Yo sé que Joe y tú os conocíais desde hacía mucho tiempo.
Se oyeron unos golpecitos a la puerta y Thomas la abrió. Era Megan, que traía una bandeja con café y barmbrack, un pastel de frutas irlandés que había hecho ella misma. Condujo la silla de ruedas hasta la mesa y colocó allí la bandeja con cuidado sobre un montón de Guns & Ammo.
Estaba a punto de marcharse cuando se dio la vuelta y se quedó mirando a Michael con aquellos ojos de color crema de menta; dijo:
– ¿Qué ha dicho?
Al principio, Michael no comprendió que le estaba hablando a él. Pero luego se quedó mirándola a su vez, confuso, y dijo:
– ¿Perdone?
– Ha dicho usted algo -repitió ella-. Mientras yo estaba dejando ahí la bandeja usted ha dicho algo.
– Lo siento, pero no he dicho una palabra.
– Acabo de decirle lo de Joe Garboden -intervino Thomas al tiempo que le cogía una mano a Megan.
– No, no -insistió Megan-. Desde luego, usted ha dicho algo. Ha dicho «Hillary».
Michael sintió un cosquilleo por las manos, como si las hubiera metido, sin querer, en un tarro lleno de hormigas.
– ¿Hillary? ¿Me ha oído decir «Hillary»?
– Estoy segura -dijo Megan.
– Oh, venga, querida -dijo Thomas poniéndole una mano en el hombro a su esposa-. Yo no he oído que Mirfiael dijera nada en absoluto. -Se volvió hacia Michael y le explicó-: Megan tuvo la primera sesión de hipnosis anteayer… y desde entonces se muestra bastante asustada. Ya sé que tú me lo recomendaste, pero… no sé. No estoy muy seguro.
– ¿La han sometido a hipnosis? -le preguntó Michael con gran interés.
Megan asintió.
– Me he sometido a auroterapia con el doctor Loeffler, de Brigham & Women's. Me ayudó mucho a aliviarme del dolor, pero ahora no hago más que tener alucinaciones. Bueno… no son exactamente alucinaciones, sino pequeñas y extrañas experiencias, como oír hablar a la gente cuando en realidad no están hablando. No dejo de pensar que tengo que ir a algún lugar… que debería prepararme para partir. El problema es que no sé a dónde.
– ¿Había oído antes el nombre de «Hillary»?
– No sé. Me resulta familiar, pero no sé por qué.
Michael se dio la vuelta hacia Thomas.
– En mis últimas sesiones de hipnosis he visto a un tipo alto de pelo blanco llamado «señor Hillary». En cada trance me encuentro con él en la playa de la bahía Nahant, y él me lleva al faro. No hace más que repetirme que yo debería unirme a ellos, que soy uno de los suyos. Y, una vez dentro del faro, me presenta a todos esos jóvenes de cara blanca, los mismos que han estado vigilando mi casa en New Seabury, los mismos jóvenes de cara blanca que no nos han perdido de vista a Víctor y a mí desde que regresamos a Boston, y los mismos jóvenes de cara blanca que se fueron siguiendo a Joe cuando él nos dejó hace dos días.
– Yo también los he visto -intervino Víctor por si acaso Thomas pensaba que Michael estaba dando muestras de una excesiva tensión emocional.
– Lo que habíamos venido a decirte -continuó diciendo Michael- es que sorprendimos a dos de ellos amputándole los pies al siquiatra que me somete a hipnosis.
– ¿Que estaban haciendo qué? -le preguntó Thomas lleno de incredulidad.
– Cortándole los pies con unas tijeras de podar. Mataron a la recepcionista y, presumiblemente, tenían intención de matarlo a él también. Afortunadamente, Victor consiguió detener la hemorragia y el equipo de sanitarios se lo llevó a toda prisa al Hospital Central de Boston para que le practicaran microcirugía. Ahora se encuentra allí. Casi estaba inconsciente cuando lo encontramos, pero logró confirmarnos lo que Victor y yo ya suponíamos… que el piloto del helicóptero de John O'Brien estaba pilotando bajo sugestión posthipnótica… y por eso el conductor de la camioneta sabía que iba a estrellarse en la playa de Nantasket.
»También nos dio sus cuadernos y su agenda… Los hemos revisado y hemos visto que hace varias referencias a «H.» Miramos en la agenda y encontramos el nombre de «señor Hillary, Goats's Cape». Goat's Cape está en Nahant, donde se alza el faro.
Megan le tenía cogida la mano a Thomas e incluso sin la nariz manchada de harina estaba muy pálida.
– El faro. Eso es. El faro.
– ¿Usted también lo ha visto?
– Cuando estaba bajo hipnosis. A lo lejos. Un faro blanco, achaparrado.
Thomas frunció el ceño.
– No es posible que dos personas tengan la misma experiencia bajo hipnosis, ¿no es así? La gente no puede soñar las mismas cosas, ¿verdad? ¿Cómo podéis haber visto los dos un faro?
– Puede ocurrir -intervino Victor-. Tanto Michael como Megan han estado sometidos a aurahipnosis, que es diferente de la hipnosis corriente. La aurahipnosis hace que la mente sea accesible a influencias externas: al aura de otras personas. Podría ser que el siquiatra de Michael y el de Megan tuvieran contacto con ese personaje, el «señor Hillary», en cuyo caso sería perfectamente factible que ambos, Michael y Megan, vieran ese faro mientras se encontraban sometidos a hipnosis.
Megan se estremeció.
– Resulta aterrador.
– Lo que resulta todavía más aterrador es esto -dijo Michael. Levantó un portafolios del suelo, lo abrió y les pasó las fotografías de Parrot que Joe había escondido en la revista Mushing.
– ¿Qué es todo esto? -quiso saber Thomas.
Pero Michael le dijo: