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– Primero echa un vistazo. Lee las anotaciones que hay en el reverso de las fotografías. Y luego decide por ti mismo de qué se trata todo eso.

Thomas miró las fotografías por un lado y por el otro.

– Están bastante borrosas, ¿no? ¿Plaza Dealey, 22 de noviembre de 1963? Pero eso es…

Después, Thomas se quedó en silencio. Estuvo examinando con atención todas las fotografías y leyó las anotaciones que había por detrás. Megan sirvió café, y todos permanecieron sentados bebiéndoselo a sorbos mientras Thomas miraba fijamente las fotografías de los jóvenes de cara blanca que estaban sobre el montículo de hierba; no decía nada en absoluto.

– ¿Qué sugieres que hagamos? -le preguntó Michael para poner fin al silencio.

– No sé. No sé qué decir. Esta clase de investigaciones se escapa a mi comprensión.

– Pero no vas a decírselo a Hudson, el jefe de policía, ¿verdad? Ni al FBI.

– No sé qué otra cosa puedo hacer.

– Pues puedes ayudarnos a seguir la pista de ese tal «señor

Hillary».

– Eso no será difícil. Tenemos su dirección.

– Puedes traerlo para interrogarlo.

– ¿Ah, sí? ¿Y en qué me baso? ¿En que es sospechoso de aparecer en los trances hipnóticos de otras personas?

– Jirafa, esto es serio -le dijo Michael-. Joe ha muerto por ello, Sissy O'Brien murió por ello, Elaine Parker murió por ello. Y todas aquellas personas que perdieron la vida en Rocky Woods; ellos también murieron por culpa de esto. Y lo que demuestran estas fotografías es que J. F. K. también murió por ello.

Thomas movió la cabeza de un lado a otro lentamente. Metió las fotografías en el sobre y se lo devolvió.

– No son más que suposiciones, y suposiciones hechas a lo loco. La autopsia oficial afirma que John O'Brien y su esposa murieron de manera accidental… y, afrontémoslo, la única persona en el mundo que no ha sido acusada en una ocasión u otra de haber asesinado a John F. Kennedy es el Papa.

Sonó el teléfono. Megan contestó en el cuarto de estar y desde allí llamó a su marido.

– ¡Thomas! Es David Jahnke. Dice que es urgente.

– Perdonadme -dijo Thomas; y cogió el teléfono-. Buenos días, David. ¿Qué sucede ahora? -Se quedó escuchando, y el único movimiento que realizó fue un tic en un músculo de a mejilla. Luego dijo-: Quince minutos.

Y colgó el teléfono.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó Víctor.

– Será mejor que vengas conmigo -le dijo Thomas. Se puso en pie y se terminó el café, que estaba muy caliente, a sorbos rápidos y bruscos-. Un equipo de asalto ha logrado apoderarse de la mitad de la calle Seaver y han ocupado el apartamento de Patrice Latomba, entre otros.

Se puso la pistolera en el hombro y abrochó la hebilla; luego metió el revólver reglamentario. Víctor le ayudó a ponerse el abrigo de color marrón rojizo.

– Han encontrado dos cadáveres -explicó Thomas-. Uno es el de Verna Latomba, la esposa de Patrice. El otro es el del inspector Ralph Brossard, de la Brigada de Narcóticos, el mismo que mató accidentalmente al bebé de Patrice Latomba y desencadenó toda esta guerra.

– ¿Puedo acompañaros? -preguntó Michael.

– Lo siento -dijo Thomas-. Tal como están las cosas podría cargármela por una cosa así. Un civil más muerto y el Globe nos pondría a parir.

Víctor le dio a Michael un apretón en el hombro.

– Ya me reuniré contigo después. No te preocupes. No voy a permitir que te dejen al margen de esto.

Una vez que Thomas y Víctor se hubieron ido, Megan le preguntó a Michaeclass="underline"

– ¿Quiere un poco más de café?

Michael negó con la cabeza.

– Gracias de todos modos.

– Siento mucho lo de su amigo Joe -le dijo Megan.

– Bueno, yo también. Por eso quiero darle caza a ese «señor Hillary».

– ¿Cómo es posible que alguien aparezca dentro de un trance hipnótico, como le ocurrió a usted con ese «señor Hillary»? -le preguntó Megan.

– No lo sé. Pero, por lo que me ha explicado Víctor, la aura-hipnosis es muy poderosa. Yo ni siquiera sabía que mi siquiatra estaba usándola hasta que Víctor me lo dijo.

– A mí, el doctor Loeffeer me lo explicó un poco -le dijo Megan-. Me explicó que todos tenemos un aura… dice que es como una brillante luz de color que puede alcanzar hasta dos o tres veces el tamaño del cuerpo físico de cada uno. Los que son muy sensibles sicológicamente pueden verla de verdad. Me dijo que cuando me hipnotizase, yo percibiría una luz blanca o rosa, y que ésa sería su aura, que seguiría a la mía hacia el interior de mi subconsciente. -Sonrió-. Supongo que, en realidad, es algo muy personal… dejar que un desconocido entre en el subconsciente de una. Es peor que dejarle registrar la cómoda.

– Yo también vi esa luz rosa cuando el doctor Rice me hipnotizaba -dijo Michael-. Nunca supe lo que era. Supongo que el doctor Rice no quería que yo supiera que estaba siguiéndome.

– ¿Quedó usted gravemente traumatizado? -le preguntó Megan-. Espero que no le parezca mal que se lo pregunte.

Michael dijo que no con un gesto de la cabeza.

– Estuve en la luna durante meses. -Sacó el disco de cobre y zinc del doctor Rice del bolsillo y lo sostuvo en alto-. Si no hubiera sido por esto, creo que habría acabado por volverme loco. Y quiero decir verdaderamente loco, de manera irreversible.

– Déjeme ver eso -le pidió Megan; cogió el disco y lo sostuvo en la palma de la mano. Estuvo examinándolo durante un buen rato, le dio la vuelta y finalmente dijo-: ¿Por qué no lo intentamos los dos juntos?

– No la comprendo.

– ¿Por qué no miramos a ver si podemos meternos los dos en un trance hipnótico? Quiero decir en el mismo trance hipnótico. Así podríamos buscar al «señor Hillary» juntos. Si verdaderamente existe en los trances además de en el mundo real, entonces quizás podríamos encontrarlo sin ni siquiera tener que salir de esta habitación.

Michael miró a Megan con precaución. Esperaba que su invalidez no la hubiese desequilibrado mentalmente haciéndole anhelar una libertad de movimientos que ya nunca podría volver a experimentar. Pero ella le sonrió, y Michael no pudo evitar devolverle la sonrisa. Aquella mujer le caía bien. Era brillante, inteligente y auténtica. No estaba molesta por el hecho de estar paralítica, y tampoco parecía deseosa de compasión.

Michael cogió el disco, lo puso en la mesa entre los dos, luego acercó una de las sillas y se sentó.

– No sé si esto funcionará o no -dijo-. Pero creo que vale la pena que lo intentemos. Nos cogeremos de la mano, ¿de acuerdo? Y luego fijaremos la mirada en el disco y nos induciremos al sueño el uno al otro. Y más tarde veremos si podemos lograr que nuestras auras se junten.

– ¿Y si no podemos? -le preguntó Megan.

– Entonces lo peor que puede pasar es que los dos nos echemos una bien merecida siesta.

– Muy bien -convino ella-. Vamos a probar.

Michael le cogió la mano izquierda.

– ¿Preparada? -le preguntó-. Mire fijamente al disco. El disco nos ayudará a dormir.

– Queremos dormir -dijo Megan-. Queremos dormir y ver el interior de nuestras mentes.

Michael empezó a describir círculos suavemente con el pulgar sobre el dorso de la mano de Megan.

– Queremos dormir. Nuestra voluntad es hundirnos cada vez más en la oscuridad. Nuestra voluntad es bajar cada vez más.

– Queremos dormir -repitió Megan-. Queremos descansar. Queremos flotar; queremos dejar atrás el mundo de la vigilia.

Michael no se dio cuenta de que estaba quedándose dormido. Todavía podía ver a Megan sentada frente a él; todavía podía sentir la suave y cálida piel del dorso de la mano de la mujer. Pero su pulgar seguía dando vueltas y vueltas. Notó que una cálida oscuridad se alzaba dentro de él, una oscuridad profunda y acogedora. El disco, que seguía sobre la mesa, le lanzaba guiños brillantes, y por mucho que se esforzase, no conseguía apartar la mirada de él. Oía helicópteros a lo lejos; oía el tráfico; pero todo aquello no lo distraía. Le recordaba a su infancia, cuando estaba enfermo y tenía que permanecer en la cama todo el día, dormitando y soñando mientras el sol recorría toda la trayectoria alrededor de su dormitorio, para acabar por dejar paso a la oscuridad.