El cabello blanco le brillaba igual que la seda. Tenía los ojos de color rojo sangre resplandecientes de satisfacción y vigor. Aunque estaba muy pálido, la piel le brillaba sobre los pómulos, perfectos, una piel tan suave que Michael sintió un fuerte y subversivo impulso de alargar la mano y acariciarla. La nariz del «señor Hillary» era recta y estrecha, agudamente definida; y sus labios no eran más que dos curvas delgadas aunque sensuales, como las curvas de un violín Stradivarius.
Se volvió hacia la chica e hizo un gesto con la mano de largos dedos para despedirla. Joseph inmediatamente la levantó, la arrastró fuera del sofá y la ayudó a ponerse en pie. Luego cogió a los dos gatitos por la piel del cuello y se los arrancó uno tras otro de los pechos a la muchacha. Ésta no gritó, pero se cubrió los pechos con los brazos y la cara con las manos. Sin la menor vacilación, Joseph les retorció el cuello a los gatitos, a los dos a la vez, como si estuviera escurriendo una toalla mojada. Tiró los cuerpos al fuego y ni siquiera se molestó en mirar cómo ardían. El pelo de los gatos se prendió y Michael pensó: «¿Hasta qué punto puede ser esto real? ¿Es un trance o no lo es? ¿Cómo es que huelo a pelo chamuscado, si se supone que esto es fantasía?»
Joseph le cubrió los hombros a la muchacha con un amplio chal marrón y la acompañó fuera de la biblioteca. El «señor Hillary» se volvió de nuevo hacia Michael y Megan; seguía sonriendo, como si algo le hubiera hecho gracia.
– Bien venido -le dijo a Michael-. Esta vez has venido por tu propia voluntad.
– Esta vez he venido para ver si ha sido usted quien ha matado a Joe Garboden -repuso Michael.
El «señor Hillary» movió la cabeza negando.
– No acabas de comprenderlo, ¿verdad? Parece que no quieras comprender. Un pecado es un pecado, y tiene que recibir su castigo. No existe una cosa llamada expiación. Tu amigo estaba interfiriendo en el destino; y los que interfieren en el destino tienen que pagar un precio por ello.
– Mi amigo estaba investigando el asesinato de un juez del Tribunal Supremo.
El «señor Hillary» movió lentamente la cabeza a ambos lados. Despedía un atractivo sexual que resultaba casi tangible, una atracción que hacía que a Michael le hormigueara la punta de los nervios y que el pelo de la nuca se le pusiera de punta. Hasta entonces, Michael no se había sentido excitado por un hombre, y la idea de que pudiera tener, aunque fuera la más mínima inclinación homosexual, lo llenó de oscuro asco. Pero al mismo tiempo sintió un fuerte pinchazo entre las piernas, como si alguien con las uñas muy afiladas estuviera sosteniéndole delicadamente los testículos y acariciándole la punta del pene.
Notó que empezaba a tener una erección y se apartó ligeramente del «señor Hillary» lleno de asco y revulsión.
– No me culpes a mí, Michael -le dijo el «señor Hillary»-. Yo soy el mismísimo pecado, cualquier pecado imaginable, pero eres tú quien me ha hecho así. Yo fui tu chivo expiatorio. Yo fui quien te redimió. ¡A vosotros, débiles y confundidas personas! ¡Mirad qué malicia habéis ideado, mirad cómo gimoteáis, os quejáis y suplicáis piedad cuando vuestra malicia produce sus amargos frutos!
Sus ojos se posaron en Michael un momento, se arrastraron por la cara de éste como una red llena de peces ensangrentados, y Michael sintió un estremecimiento de fría sensualidad que le recorrió toda la columna vertebral y le encogió la próstata. Tenía el pene completamente erecto, duro, a punto de reventar, y el «señor Hillary» ni siquiera le había tocado.
Luego el «señor Hillary» le dedicó su atención a Megan.
– Ésta no es la verdadera Megan, ¿verdad? -le preguntó-. Ésta no es la misma Megan a la que el doctor Loeffeer ha estado intentando ayudar, ¿verdad?
– ¿Qué quiere decir? -le preguntó Megan con la voz muy tensa a causa del susto. De todos modos se había ruborizado, la parte superior del pecho se le había enrojecido y los pezones le abultaban rígidos por la fina seda gris de la blusa.
El «señor Hillary» se cubrió taimadamente la cara con la mano para que Megan sólo pudiera verle los ojos de color rojo sangre, que brillaban detrás de la protectora jaula que eran sus dedos.
– La verdadera Megan no puede andar. La verdadera Megan es un pobre desecho paralítico que tiene que buscar la realización en el buen humor, en las tartas y los pasteles. -Miró a Michael y dijo-: Eres un buen discípulo, Michael. Deseo ardientemente seguir viéndote. -Luego se volvió otra vez hacia Megan e hizo un gesto negativo con la cabeza-. No te engañes a ti misma, Megan. Hay demasiado engaño en el mundo. ¡Demasiado, y con mucho! Y ya está próximo el día en que habrá que pagar por tanto engaño, por todo junto. ¡Con dos mil años de intereses!
Alargó las dos manos y sujetó a Megan por los hombros. Michael le gritó:
– ¡No la toque!
Pero el «señor Hillary» le dirigió una furibunda mirada llena de tan sangrienta ferocidad que hizo que Michael titubeara sólo un instante, pero a Megan aquel instante le bastó para venirse abajo. Las rodillas se le doblaron, cayó de lado sobre el suelo de la biblioteca y se golpeó el hombro con un pequeño taburete para poner los pies, que se volcó.
– ¡Ésta es la Megan que nosotros conocemos y amamos! -dijo sonriendo el «señor Hillary»; y se arrodilló a su lado como un amante junto a su amada, como alguien que suplica de rodillas junto a su reina caída. Con infinita suavidad le levantó la cabeza con la palma de la mano derecha y la besó en los labios. Al mismo tiempo comenzó a pasarle la mano izquierda por el costado, rozándole apenas el pecho, rozándole apenas la cadera, rozándole apenas la parte superior del muslo.
Michael se lanzó hacia adelante decidido a tirarlo al suelo, pero el «señor Hillary» se dio la vuelta, alzó la mano y le dijo simplemente y en el más suave de los tonos:
– Detente. -Y luego-: Despierta.
– ¿Despierta? -preguntó Michael-. ¿Despierta?
– Se acabó todo, Michael. Despierta.
Michael miró a su alrededor: hacia los estantes de la biblioteca, hacia el techo blanqueado, al «señor Hillary», ataviado con aquel suave abrigo gris, que estaba agachado sobre Megan, apuesto y maligno, con la mano todavía puesta en la cadera de la mujer.
Oyó un sonido como el de un espejo en tensión un instante antes de romperse.
Sintió que el mundo se deslizaba por debajo de él, y cada vez a mayor velocidad.
Vio luces, oscuridad y paredes que pasaban muy aprisa junto a él.
Oyó voces y murmullos, espesos y lentos.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba sentado a la mesa del comedor de Megan, parpadeando a causa de la luz del sol. Megan se encontraba sentada frente a él, y apretaba con las manos los brazos de la silla de ruedas, con mucha fuerza. Lo miraba fijamente. Tenía los ojos y la boca abiertos. Las mejillas eran dos brillantes puntos de color rosa.
Michael no sabía qué decir. Nunca se había sentido presa de una febril pasión sexual como aquélla. El pecho le subía y le bajaba, la respiración se le había acelerado como si hubiera estado corriendo, y corriendo mucho.
Sin decir palabra, Megan se levantó de la silla de ruedas y, con dificultad, se deslizó sobre la alfombra. Con una mano retiró la silla de ruedas, y con la otra se levantó la falda.
Michael se desabrochó de un tirón los botones de la camisa y el cinturón, y se quitó los pantalones. Se daba cuenta de que lo que hacía no estaba bien. Estaba traicionando a Patsy, estaba traicionando al Jirafa. Pero la sangre le bombeaba a través de las arterias como el agua de lluvia cuando cae por los canalones, y la cabeza le retumbaba a bausa de la excitación.
Megan gritaba como un pájaro herido. Bajó las dos manos y se quitó las bragas de encaje. Tenía la vulva hinchada y sonrosada, y muy brillante a causa de la excitación. Desnudo, Michael se puso encima de ella, con el pene erecto en la mano, y se lo introdujo a la mujer hasta que el vello púbico de ambos quedó entrelazado y él ya no pudo empujar más.