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Marcia hablaba como si Joe todavía estuviera vivo. No decía «cuando vuelva Joe» exactamente con esas palabras, pero sus palabras llevaban implícito en cierta manera que el departamento del sheriff del condado de Barnstable había cometido un tremendo y doloroso error, y que cuando Joe volviera… bueno, probablemente rodarían cabezas.

Michael estaba sentado en el cuarto de estar con una taza de café, que no le apetecía, en la mano, mientras Marcia caminaba a grandes pasos de una habitación a otra, hablando, discutiendo y protestando sin parar. En cuanto se detuviera un instante tendría que aceptar el hecho de que Joe estaba muerto, y todavía no estaba preparada para ello. Ya era muy duro para Michael aceptarlo. Había fotografías de Joe dondequiera que mirase: encima del televisor, encima de la chimenea. Incluso cuando Michael fue al cuarto de baño comprobó que también allí había una fotografía de Joe con un traje de bucear amarillo levantando un centollo para que él lo admirase.

– Le advertí que no se metiera en eso -dijo Marcia.

– ¿En qué le dijiste que no se metiera?

– En el asunto de la conspiración. No hablaba mucho de ello, pero yo notaba que estaba preocupado.

– ¿A ti qué te contó?

Marcia hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Casi nada. Nada. Decía que era más seguro que yo no supiera nada. Intenté convencerlo para que se olvidase de aquello. Le dije que apostaba cualquier cosa a que nada de aquello era cierto, y que aunque lo fuera, tendría gente persiguiéndolo, porque les preocuparía que fuera verdad, así que era mejor que lo dejara.

– Lo siento -dijo Michael-. No sé qué más decir.

Marcia dejó de pasear un momento y luego dijo:

– No ha dejado nada para ti, si es eso lo que piensas.

– No pensaba eso.

– Dejó un sobre, pero nada más.

– ¿Un sobre? ¿Te importa que lo vea?

– Oh… claro.

Marcia desapareció en la habitación que Joe usaba de despacho y luego, al cabo de dos o tres minutos, volvió con un grueso sobre de tamaño grande. En la parte delantera, con letra de Joe, se leían las palabras: «Para Michael Rearden. Abrir sólo en caso de muerte repentina.»

Michael abrió el sobre y sacó la carta.

– La fecha es de hace dos años -dijo sorprendido.

– Fue entonces cuando Joe salió con esa teoría de la conspiración -le explicó Marcia-. Desde entonces, nuestra vida ha sido muchísimo menos armoniosa. Dios mío, ojalá hubiera sido barrendero, o conserje de un colegio, o mecánico de coches. ¿Por qué no se quedaría de investigador de seguros corriente y moliente? ¿Por qué tendría que creer que él iba a cambiar el mundo?

Michael dejó de oír a Marcia Garboden durante unos instantes. Sabía cómo se sentía ella, pero aquella actitud suya no ayudaba en absoluto. Además, él estaba intentando encontrarle sentido al contenido de la carta que Joe le había dejado. En el sobre había una hoja de papel que no llevaba escrito nada más que una serie de nombres y números, sin ninguna anotación que explicara de qué se trataba; y luego había veinte o treinta fotocopias de grabados y fotografías, sobre todo de fotografías.

Los nombres eran: «Lincoln 65, Alexander 81, Garfield 81, Umberto 00, McKinley 01, Madero 13, George 13, Ferdinand 14, Michael 18, Nicholas 18, Carranza 20, Collins 22, Villa 23, Obregon 28, Cermak 33, Dollfuss 34, Long 35, Bronstein 40, Gandhi 48, Bernadotte 48, Hussein 51, Somoza 56, Armas 57, Faisal 58, as-Said 58, Bandaranaike 59, Lumumba 61, Molina 61, Evers 63, Diem 63, Mansour 65, X 65, Verwoerd 66, King 68, Tal 71, Noel 73, Park 74, Davies 74, Ratsimandrava 75, Faisal 75, Rahman 75, Ramat Mohamed 76, Jumblat 77, Ngoubai 77, Al-Naif 78, Dubs 79, Neave 79, Mountbatten 79, Park 79, Tolbert 80, Debayle 80, Ali Rajr 81, El-Sadat 81, Gemayel 82, Sartawi 83, Aquino 83, Gandhi 84…»

Le costó un par de minutos, pero poco a poco, Michael empezó a comprender lo que la carta intentaba decirle. Cada uno de aquellos nombres era de un político, un dignatario o un jefe de Estado que había sido asesinado, y los números representaban el año en que los habían matado.

Luego examinó las fotografías. Cada una de ellas era del asesinato o del funeral de alguna de las personas de la lista, o de la ejecución de sus asesinos. En todas ellas se veían dos o tres personas de cara blanca a las que Joe había rodeado con un círculo hecho con rotulador rojo.

Allí estaba el ahorcamiento, el siete de julio de 1865, de los cómplices de John Wilkes Booth, después del asesinato de Lincoln. La señora Mary Surratt, David Herrold, Lewis Paine y George Atzerodt colgaban del patíbulo con las cabezas cubiertas con sacos y las piernas atadas para impedir que pataleasen. Y allí también, protegiéndose de la luz bajo grandes sombrillas, había dos de aquellos hombres de cara blanca; llevaban unos pequeñísimos lentes ahumados, y ambos sonreían.

Allí estaba Charles J. Guiteau, el que mató al presidente Garfield disparándole en la estación de ferrocarril de Washington, cuando llegaba esposado al juicio el catorce de noviembre de 1881; entre la multitud aparecían tres hombres de cara blanca, justo detrás del hombro derecho del asesino.

También había una fotografía del tiroteo que mató al presidente egipcio Anwar El-Sadat el seis de octubre de 1981 en un desfile militar en El Cairo. La mayoría de los espectadores se habían escondido debajo de los asientos, pero un único hombre de cara blanca estaba contemplando el tiroteo del presidente El-Sadat desde el extremo izquierdo de la fotografía, con una débil sonrisa en la cara.

– ¿Me permites? -le preguntó Michael. Y extendió las fotografías sobre la mesa del comedor de Marcia. Examinó una fotografía tras otra, y aunque variaban en cuanto a calidad y era evidente que algunas de ellas habían sido ampliadas por ordenador, no cabía la menor duda de que eran los mismos hombres los que aparecían una y otra vez, sin cambios en su aspecto, desde el tiroteo que mató a Lincoln en el Ford's Theater de Washington, hasta el asesinato de Rajiv Gandhi durante un mitin político en el sur de la India; había una diferencia de más de ciento veinticinco años entre ambas fotografías. Sin otra cosa más que nombres, fechas y círculos identificativos, Joe estaba proporcionándole a Michael pruebas incontrovertibles de que los hombres de cara blanca habían estado asesinando a políticos y jefes de Estado un año tras otro sin tener en cuenta sus ideas políticas.

Algunas víctimas eran de extrema derecha. Otras eran terroristas de izquierdas. Se trataba de asesinatos sin ton ni son desde el punto de vista político. Pero lo que Joe estaba explicándole con aquello era que John F. Kennedy no había sido la única víctima de los hombres de cara blanca. Y que ellos eran quienes habían organizado todos aquellos asesinatos.

Michael se apartó un poco y se quedó mirando las fotografías, tan sumido en sus pensamientos que ni siquiera oyó a Marcia cuando ésta le preguntó si quería una copa.

¿Qué demonios iba a hacer ahora? No había ninguna duda de que los hombres de cara blanca se echarían tras él si averiguaban lo que sabía, lo mismo que habían ido tras Joe y el doctor Rice, y quizás tras todos aquellos que a lo largo de la historia hubiesen presenciado alguno de sus asesinatos, o que hubieran atado cabos, como Joe, y se hubieran dado cuenta de que las mismas caras aparecían con mucha más frecuencia de lo que sería normal para tratarse de una mera coincidencia.

Se vio invadido por tal pánico e indecisión que apenas lograba respirar. Aquello era más de lo que podía manejar. Porque, ¿a quién podía recurrir? ¿En quién podía confiar? En la policía no. El jefe de policía Hudson había aceptado la autopsia descaradamente falsa del doctor Moorpath sobre John O'Brien diciendo «gracias de todo corazón por un trabajo tan difícil, llevado a cabo con tanta delicadeza». Tampoco podía acudir a los medios de comunicación, porque ellos también parecían haber aceptado la autopsia sin hacer el menor esfuerzo por investigar el asunto; incluso el Boston Globe, incluso Darlene McCarthy, del canal 56.