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Tampoco podía acudir a Edgar Bedford. Al fin y al cabo, Joe llevaba ya varios años sospechando que estaba profundamente implicado con aquellos hombres de cara blanca. Lo que resultaba aún más amenazador era el modo en que Edgar Bedford había aceptado la autopsia del doctor Moorpath, también, a pesar de que ello iba a costarle a Plymouth Insurance y a sus reaseguradores decenas de millones de dólares.

Le daba la impresión de que sí podía confiar en Thomas Boyle, aunque se sentía lacerado por la culpabilidad a causa de lo que le había hecho a Megan. Que Dios no permitiera nunca que Thomas se enterase de aquello. Y Victor… en Victor sí que podía confiar, eso seguro.

Recogió lentamente las fotografías y volvió a meterlas en el sobre. Quizás, más que ninguna otra cosa, lo que Michael esperaba era poder confiar en sí mismo.

QUINCE

Se reunió con Víctor y Thomas en el Venus Seafood in the Rough, un local especializado en almejas que había en la calle Sleeper, cerca del puente de la avenida del Norte, porque Thomas conocía a Susan Chused-Still, una de las socias del restaurante, que se autodenominaban «reinas de la almeja». Era evidente que Víctor y Thomas estaban muy afectados por los acontecimientos que habían tenido lugar aquella mañana, pero también se sentían hambrientos, de modo que pidieron almejas fritas y mazorcas de maíz.

Michael no tenía apetito, y le resultaba muy difícil mirar a Thomas a los ojos. No dejaba de recordar a Megan mientras se bajaba torpemente de la silla de ruedas hasta el suelo y se subía con dificultad la falda, con los ojos encendidos por una lujuria que ni siquiera le pertenecía a ella misma. Michael estuvo jugueteando con una cerveza y se comió unos cuantos puñados de almendras ahumadas, pero nada más.

– A Verna Latomba la ataron y torturaron de la misma forma que a Elaine Parker y Sissy O'Brien -comentaba Víctor-; sólo que en el caso de Verna no tuvieron tiempo de llegar demasiado lejos.

Thomas encendió un cigarrillo e intervino secamente:

– Lo que hemos podido deducir hasta el momento es que Ralph Brossard intentó llevar a cabo algún tipo de acción al estilo de Tarzán. Entró en el apartamento de Patrice Latomba colgado de una cuerda desde el balcón del apartamento que hay justo encima. Sólo Dios sabe por qué. Estaba suspendido de empleo por disparar contra el bebé de Latomba. Yo habría jurado que se mantendría bien lejos de la calle Seaver, y sobre todo de Patrice Latomba. Entró hasta la cocina, donde tenían atada a Verna sobre la mesa. Hemos llegado a esa conclusión, aunque no sabemos quién la ató ni por qué. Hubo varios testigos, pero todos ellos se habían largado. Quienquiera que hiciese aquello debió de torturarla, porque encontramos sangre en la mesa, que, en principio, parece pertenecer a Verna.

»Por lo visto, Brossard le disparó a uno de los secuestradores, porque toda la ventana estaba salpicada de sangre, y también había un orificio de bala, probablemente causado por un proyectil del 44, el arma del inspector Brossard. Había otra bala alojada en uno de los armarios de la cocina, también del 44, la cual mostraba considerables signos de aplastamiento y algunas muescas, como si hubiera atravesado un mueble blando o un cuerpo humano.

»Sin embargo, los únicos cadáveres que se han encontrado en el apartamento son el de Verna Latomba y el de Ralph Brossard. Verna había sufrido graves quemaduras en la cara causadas con el quemador de gas de la cocina, y luego le habían disparado a quemarropa con un 45; desde luego, no fue con el arma de Brossard. Éste tenía el brazo izquierdo severamente quemado. Al parecer, él fue el responsable de las quemaduras de Verna. Pero a él también le dispararon con un 45.

– Entonces, ¿qué supones que pasó? -le preguntó Michael al tiempo que tragaba unas almendras, con las que estuvo a punto de atragantarse.

– Que alguien obligó a Brossard a quemar a Verna y luego les disparó a los dos.

– Pero, ¿por qué? -quiso saber Michael-. ¿Cuál fue el móvil?

– ¿Quién sabe? Tal vez por venganza.

– ¿Venganza? ¿Venganza de qué? Comprendo que alguien le disparase al inspector Brossard por lo que le había hecho al bebé de Latomba. Comprendo también que alguien le disparase a Verna. Un antiguo amante, quizás; o un sureño vengativo. Pero, ¿quién iba a querer matarlos a los dos? ¿Por qué?

– Hay otra cosa que me preocupa -intervino Víctor-. ¿De quién es la sangre que encontramos en la ventana? No había la menor señal de que alguien transportara o arrastrara por la cocina un cuerpo envuelto en sangre, y tampoco se encontraron manchas de sangre en el cuarto de estar, ni en el rellano o en las escaleras. Y, sin embargo, quienquiera que fuese la persona a la que hirió Brossard, debía de tener una herida de bala de considerable importancia, y las posibilidades de restañar el flujo de sangre antes de salir del apartamento son prácticamente nulas.

Thomas expulsó el humo del cigarrillo por la nariz.

– Es muy extraño. Todo este puñetero asunto es condenadamente raro. Si yo no tuviera la seguridad de que es imposible, juraría que estamos viéndonoslas con zombis. La maldición de los muertos vivientes.

– Repíteme eso otra vez -le pidió Michael-. Lo de que fue el inspector Brossard quien quemó a Verna.

– Bueno -dijo Víctor-, tenía la mano izquierda quemada hasta el mismo hueso, y la mayor parte de la carne se había carbonizado. Tenía severamente quemado todo el antebrazo, y la piel se le había encogido y llenado de ampollas por toda la parte superior del brazo y por el hombro. También presentaba quemaduras de segundo grado en la axila y en la parte izquierda del torso, y quemaduras de primer grado en el lado izquierdo de la cara. A juzgar por las marcas entrecruzadas que tenía en la cara, a Verna la habían obligado a la fuerza a ponerse justo encima del quemador de gas, y la habían mantenido allí durante casi un minuto.

Michael se frotó lentamente la nuca. Tenía los músculos agarrotados y los hombros completamente rígidos. Ojalá Thomas no le dirigiera aquellas sonrisas de ánimo. Casi habría preferido que Thomas se hubiese mostrado enfadado con él. Así, por lo menos, habría tenido la sensación de que estaba recibiendo algún castigo por lo que había hecho.

– ¿Te has quemado alguna vez? -le preguntó a Thomas.

Thomas negó con la cabeza. Pero Víctor dijo:

– Ya sé adonde quieres ir a parar. Las quemaduras son increíblemente dolorosas. Son tan dolorosas que las víctimas a menudo suplican que las maten para no sufrir más.

Michael asintió.

– De modo que, ¿cómo lograron convencer esos misteriosos secuestradores al inspector Brossard para que sostuviera a Verna Latomba sobre el quemador de gas mientras su propia mano estaba consumiéndose por el fuego? No creo que eso sea posible ni siquiera apuntándole con una pistola a la cabeza. No habría podido soportar el dolor.

– A lo mejor lo sujetaron.

– No veo cómo. Cualquiera que lo hubiera obligado a tener la mano puesta sobre la cabeza de Verna Latomba mientras se quemaba también se habría quemado gravemente.

Thomas aplastó la colilla del cigarrillo e hizo un gesto de asentimiento.

– Tienes razón, desde luego. Así que, ¿cuál es tu teoría?

– Creo que es posible que lo hipnotizasen. Brossard pudo quemar a Verna Latomba estando bajo sugestión hipnótica.

– Tenía entendido que la hipnosis no puede obligar a la gente a hacer cosas que vayan en contra de sus principios. -Se volvió hacia Michael y añadió-: Si yo hubiera pensado que eso era posible, ¿crees que habría llevado a Megan a ver al doctor Loeffeer?

Aquello pretendía ser una broma, pero a Michael le produjo una horrible sensación en el estómago, como si hubiera pasado por un cambio de rasante a la velocidad máxima.

– Me temo que esa creencia -dijo Victor- de que no se puede obligar a las personas a hacerse daño a sí mismas, o a hacer algo que vaya en contra de sus principios y que no harían normalmente, es un mito. Una vez que uno está bajo hipnosis no siente el dolor. Se han realizado operaciones quirúrgicas de gran importancia a personas sometidas a hipnosis, sin anestesia de ningún tipo, y no han sentido nada.