– Pero apretar la cara de Verna Latomba contra el quemador de gas encendido…
– Puede que ni se diera cuenta de lo que era. Es posible que tuviera la sensación de que lo que estaba haciendo no era más que llevar a cabo una simple detención. O quizás algo completamente diferente. En realidad, todo depende de lo sugestionable que fuera Brossard.
Thomas consultó el reloj.
– Tengo que volver a la central. He convocado una conferencia de prensa a las tres en punto. Creo que ya va siendo hora de que se le cuenten al público todos los detalles espeluznantes de lo que les ocurrió a Elaine Parker y a Sissy O'Brien, y también a Joe… y a Ralph Brossard y Verna Latomba.
– ¿Vas a revelarlo todo? -quiso saber Victor.
Thomas asintió.
– No puede hacerle daño a nadie. Quiero decir que, ¿qué progresos hemos hecho? Absolutamente ninguno. Hemos estado guardándonos algunos de los detalles más extraños, como los agujeros de la espalda y lo del gato, por si con eso conseguíamos llevar a cabo alguna detención. Pero no nos han llevado a ninguna parte. Y por ahora, la única esperanza que tenemos es que alguien consiga recordar algún detalle que a simple vista parezca irrelevante y que nos sirva para relacionar todos estos homicidios. Como por ejemplo, ¿de dónde sacaron los tubos de metal para perforar las glándulas suprarrenales de las víctimas? ¿Dónde compraron el alambre? ¿A quién le desapareció el gato cuando Sissy O'Brien fue torturada?
– Muy bien -dijo Victor. Dio un trago y se acabó la cerveza-. Entonces ya te veremos más tarde.
Thomas cogió la cuenta. Sin embargo, antes de marcharse, se dio la vuelta para mirar a Michael y dijo:
– Esto de la hipnosis… ¿crees realmente que va a servirle de mucho a Megan?
Michael titubeó y luego se encogió de hombros.
– Supongo que será como cualquier otro tratamiento. Todo depende de la voluntad que tenga el paciente de mejorar. Pero… bueno, por lo que yo he visto, a Megan le sobra voluntad.
Thomas se quedó pensando unos instantes; luego levantó la mano, se despidió sin decir palabra y salió del restaurante.
En cuanto se hubo ido, Víctor le preguntó a Michaeclass="underline"
– Bueno… ¿qué te pasa? ¿Qué es lo que estás guardándote?
Michael sacó el sobre que Joe le había dejado con todas las fotografías de presidentes asesinados.
– No es que no me fíe de Thomas, pero quería que tú les echases un vistazo primero, para que así pudiéramos decidir qué vamos a hacer con ellas. Por mi parte estoy indeciso. Quiero decir que éste es un asunto terriblemente serio. No sé si quemar las fotografías y fingir que no las he visto nunca, o guardarlas y utilizarlas como prueba de que John O'Brien no murió accidentalmente, como tampoco murió accidentalmente Abraham Lincoln.
Víctor examinó las fotografías con una expresión serena en el rostro. Al final se quitó las gafas y las plegó.
– Esto puede significar dos cosas: o bien Joe Garboden padecía una paranoia en grado muy avanzado, o bien se trata del descubrimiento más devastador de la historia en los últimos doscientos años.
Michael asintió con semblante fúnebre.
– Ésa es exactamente la impresión que yo tengo. Pero no acabo de decidirme por ninguna de las dos cosas. Me da miedo pensar que Joe estuviera en lo cierto; pero también me da miedo que se equivocase y que yo pueda acabar como él, viendo extrañas conspiraciones por todas partes. ¡Mira esos tres que cruzan la calle juntos! ¡Es una conspiración!
Víctor se dio la vuelta, se puso las gafas, miró atentamente hacia la acera de enfrente y luego se echó a reír.
– No tenías manera de saberlo, pero esos tres trabajan para la oficina del forense de Boston. Así que, en efecto, creo que podría decirse que se trata de una especie de conspiración. Un club para almorzar, para comer almejas fritas y gambas de Misery Island y para hablar de seccionar hígados enfermos.
– Exactamente -dijo Michael-. Me has convencido. Pero estoy realmente preocupado. El caso O'Brien tiene toda clase de implicaciones extrañas que yo ni siquiera quiero comentar con Thomas, de tan raras como son.
Titubeando prolijamente, le contó a Victor todo sobre el trance hipnótico en el que Megan y él se habían sumido a sí mismos. Victor estuvo escuchándolo con la cabeza inclinada, de modo que Michael se dio cuenta de que empezaba a escasearle el pelo en la raya. Le explicó las sensaciones eróticas que el «señor Hillary» había despertado en él; y también le dijo que a Megan había debido de sucederle lo mismo. Pero no quiso llegar a explicarle que Megan y él habían hecho el amor, o que habían estado practicando el sexo, o lo que fuera aquello que habían hecho juntos en el suelo del apartamento de los Boyle. Todavía podía ver la cara de Megan ungida con el producto de su eyaculación, y notó que le ardían las mejillas de la vergüenza.
– ¿Crees que lo que visteis en el trance era real? -le preguntó Victor.
– El «señor Hillary» es real. Vimos su nombre en uno de los cuadernos del doctor Rice.
Victor se quedó pensando durante unos instantes y luego dijo:
– No sé. Me parece que estamos metiéndonos en camisa de once varas. La clave de todo este asunto radica en saber quién está tirando de las cuerdas. ¿Quién insistió para que los restos de la familia O'Brien fueran forzosamente al Hospital Central de Boston para que Raymond Moorpath se encargase de hacer las autopsias? ¿Quién le dijo a Raymond Moorpath cuáles tenían que ser los resultados de esas autopsias? ¿Quién le dio instrucciones a Hudson, el jefe de policía, y a Edgar Bedford para que aceptasen como buenos los descubrimientos de Raymond Moorpath?
– Quizás todo esto sea también obra del «señor Hillary» -sugirió Michael.
Victor hizo una mueca.
– Pero todavía no lo sabemos con certeza, ¿verdad? Yo me creo lo que tú dices haber visto en los trances, y, estoy seguro de que el «señor Hillary» existe realmente. Pero se podría dar el caso, muy fácilmente, de que el «señor Hillary» estuviera alterando tu percepción de lo que es verdad y lo que es fantasía, y que lo haga sólo para desembarazarse de ti. Ahora estamos en el mundo de la hipnosis, Michael. Estás volando en el asiento de tus pantalones sicológicos.
Michael miró el plato de almendras, medio vacío, que tenía delante y decidió no comer más.
– Escucha -le dijo a Víctor-. Creo que deberíamos hablar con Raymond Moorpath.
– ¿Crees que él estará dispuesto a hablar contigo?
– Bueno… Raymond se ha vuelto muy creído últimamente, está muy pagado de sí mismo. Pero él y yo nos conocemos desde hace bastantes años. A lo mejor quiere hablar conmigo, a lo mejor no. Pero vale la pena intentarlo.
– Intentas salvar al mundo, ¿no es eso?
– Eso es. Estoy intentando salvar al mundo. ¡Quiquiriquí!
Salieron del Venus Seafood y cruzaron la calle hacia el lugar donde estaba aparcado el coche de Michael. A aquella hora, justo después de la comida, hacía una temperatura sofocante y el calor se levantaba en rizos desde el asfalto como las olas transparentes de la marea al subir. No se fijaron en los dos jóvenes con gafas oscuras que estaban parados a la entrada del estrecho edificio de ladrillo situado enfrente. Tampoco se fijaron en el Lincoln de color bronce que arrancó el motor al mismo tiempo que ellos, tan sólo a tres coches de distancia, y se metió entre el tráfico hasta situarse detrás, y muy cerca, de ellos.
Víctor se quitó las gafas y se pellizcó con gesto de cansancio el puente de la nariz.
– Me da la impresión de haber estado despierto toda la vida -comentó.
Se dirigieron al Hospital Central de Boston y aparcaron en la zona reservada a los médicos. La entrada al ala de urgencias estaba abarrotada de ambulancias, coches de policía y gente que corría por todas partes. Michael detuvo a un guardia de cara delgada con un bigote caído a lo Wyatt Earp y le preguntó qué sucedía.