– Se ha organizado una verdadera batalla de mierda en la avenida Blue Hill. Ha habido siete heridos por metralleta. Tres policías han caído, y uno ha muerto con toda certeza.
Michael y Victor dieron la vuelta al hospital para entrar por la puerta principal; mientras lo hacían, llegaron tres ambulancias más, cuyas luces lanzaban destellos y cuyas sirenas ululaban. Cada vez más columnas de humo se elevaban al sur de la ciudad, y un olor a goma quemada flotaba en el aire. Los disturbios ya duraban casi una semana, y todos los días el humo se elevaba desde Roxbury. Y como la gente aprende rápidamente a adaptarse a cualquier situación, los habitantes de Boston apenas lo notaban ya, se ocupaban sólo de sus asuntos y dejaban que la mitad de su comunidad se quemase. Llámese adaptabilidad, llámese cinismo, pero, al fin y al cabo, no se trataba de su mitad.
De todos modos, causaba la sensación de que las cosas estaban empeorando en vez de mejorar, y de que los cimientos de la ciudad estaban empezando a removerse. Aquella mañana había aparecido el presidente en televisión, y a lo largo de la entrevista había estado hablando de «una acción fuerte y amplia… que lograra arrancar de raíz el terrorismo urbano… porque eso es lo que es esto, ni más ni menos».
Una vez en recepción solicitaron hablar con el doctor Moorpath. La agobiada recepcionista les pidió que esperasen, porque no sabía dónde se encontraba en aquellos momentos. No se hallaba en su despacho; quizás hubiese ido abajo, a patología. Se sentaron y estuvieron esperando durante casi diez minutos, hasta que Michael señaló hacia los ascensores con un gesto de la cabeza y le dijo a Víctor:
– Ya es hora de que emprendamos la acción por nuestra cuenta, mon ami.
La recepcionista, que estaba contestando dos llamadas telefónicas al mismo tiempo mientras intentaba explicarle a una enorme nigeriana cómo llegar al departamento de liposucción, ni siquiera los vio marcharse.
Subieron en el ascensor hasta el octavo piso y luego echaron a andar silenciosamente por el enmoquetado pasillo hasta llegar a la puerta 8202. Michael llamó con los nudillos a la puerta, aguardó un rato y después la abrió. El grandioso despacho se encontraba desierto, aunque todavía flotaba en el aire un fuerte olor a humo de puro y había un vaso medio vacío de whisky escocés en la mesa del doctor Moorpath.
– ¿Raymond? -llamó Michael. Luego entró y echó una ojeada a su alrededor.
– Vaya despacho -observó Víctor lanzando un silbido.
– Esto es lo que proporciona el ejercicio privado de la profesión -le indicó Michael. Se puso a examinar los papeles que había sobre el escritorio, pero no eran más que cálculos del coste de un juego nuevo de unidades de refrigeración para la conservación de restos humanos, una carta del Reader's Digest para recordarle al doctor Moorpath que debía renovar la suscripción, y una factura por la última puesta a punto del Porsche.
Estaban ya a punto de marcharse cuando un médico de enorme mandíbula y aspecto heleno llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
– ¿Están buscando al doctor Moorpath? -les preguntó.
– Eso es. ¿Lo ha visto usted?
– Hace sólo dos o tres minutos, en el décimo piso. Probablemente siga todavía allí.
– Oh, gracias -le dijo Michael.
– Décimo piso -repitió el médico de aspecto heleno-. Eso es recuperación.
– ¿ Recuperación?
– Eso es. Donde van los pacientes para recuperarse después de las intervenciones quirúrgicas importantes.
– No parece lugar para el doctor Moorpath -observó Michael sonriendo-. Creía que a él sólo le interesaban los pacientes que ya no pueden recuperarse.
El médico se echó a reír bruscamente y puso una carpeta de papel manila verde en la mesa del doctor Moorpath.
– Sin embargo… hay un caso muy interesante que todos hemos ido a ver… un hombre que perdió los dos pies, que se amputó accidentalmente. Se los han reimplantado mediante microcirugía, y, desde luego, a todos nos fascina ver cómo transcurre la recuperación. El doctor Ausiello ha sido quien ha dirigido el equipo de cirujanos… es el mejor.
Como si se tratara de una pequeña y bien engrasada rueda de reloj, algo encajó dentro del cerebro de Michael. Era el doctor Rice quien había perdido los pies, era el doctor Rice quien había sido mutilado por los hombres de cara blanca. ¿Y el doctor Moorpath había ido a echar un vistazo? ¿El doctor Moorpath, el mismo que había asumido la responsabilidad del encubrimiento de los asesinatos ocurridos en el helicóptero de John O'Brien?
– Vamos -le indicó con urgencia a Víctor.
– ¿Qué? -le preguntó éste.
– ¡Vamos, eso es todo! ¡Puede que lleguemos demasiado tarde!
El médico se quedó parado, y los miró, muy confuso, mientras ellos salían corriendo hacia los ascensores. Michael apretó el botón de subida y luego estuvieron esperando rato y rato mientras los velocísimos ascensores pasaban de largo, o se detenían solamente los que iban hacia abajo y abrían las puertas mostrando una multitud de enfermeras charlatanas e internos de aspecto urbano. Por fin, al cabo de casi dos minutos de impaciente espera, se detuvo un ascensor que subía, sonó la campanilla y se abrieron las puertas. En su interior sólo había un único médico, ya mayor, que llevaba un traje con chaleco.
– ¿Han ido ustedes alguna vez al Famous Atlantic? -les preguntó sin que viniera a cuento mientras el ascensor subía hasta el décimo piso.
– No puedo decirle que sí -repuso Michael.
– Yo hoy he tomado schrod, y era realmente excelente. Traído directamente del muelle al plato. De la única manera que se puede encontrar pescado más fresco es nadando por el puerto con la boca abierta.
Las puertas del ascensor se abrieron y, antes de que el médico tuviese tiempo de abrir la boca, Michael y Victor ya habían salido. Echaron a correr por el pasillo hasta llegar al mostrador de recepción de la planta. A la luz de una lámpara fluorescente de escritorio, una enfermera rubia de pecho prominente y ataviada con una pequeña y coqueta cofia almidonada se encontraba leyendo el National Enquirer. El titular decía: «Nace un niño con cuatro piernas.» La enfermera levantó la vista y les dirigió una deslumbrante mirada con los ojos muy abiertos.
– ¿El doctor Rice? -le preguntó Michael-. Somos amigos suyos. Amigos íntimos.
– Lo siento -repuso la enfermera-. El doctor Rice no puede recibir visitas en estos momentos, ni siquiera de familiares. Acaba de salir de una importante operación y se encuentra todavía en un estado muy delicado.
– Pero algunos médicos han venido a verlo -insistió Michael.
– Bueno, claro. Los médicos son los médicos.
– Es que yo soy uno de sus pacientes.
– Lo siento, señor. Pero no puede verlo.
– Tengo que verlo. ¡El doctor Moorpath lo ha visto!
– Acabo de decírselo, señor. El doctor Moorpath es médico. Tiene derecho a verlo. No cree usted problemas o tendré que llamar a seguridad.
En aquel momento llegó un recadero con unas flores: irises, margaritas y lirios.
– ¿Rice? -preguntó.
– Habitación 1011 -le dijo la enfermera; y eso era todo lo que Michael necesitaba. Sin decir palabra se alejó corriendo del mostrador de recepción y empezó a avanzar por el pasillo, siguiendo el indicador que rezaba «1000-1020».
«¡Más rápido, por el amor de Dios, más rápido!» Dio la vuelta a la esquina del pasillo precipitadamente y allí estaba la puerta 1011, tan sólo a diez metros de distancia. El motivo por el que pudo ver el número con tanta claridad fue que la puerta se encontraba ligeramente entreabierta.