– ¡Señor! -le decía la enfermera-. ¡Señor! ¡No se puede entrar ahí!
Jadeando, Michael aminoró el paso y continuó caminando, aunque a toda prisa. Pero mientras lo hacía se abrió aún más la puerta de la habitación 1011 y Raymond Moorpath apareció por ella. Llevaba puesta una chaqueta de lana de color oscuro y un jersey de cuello alto del mismo color; el cabello, que solía llevar alisado y muy brillante, lo tenía ahora todo alborotado. Miró a Michael con una mezcla de sorpresa y desagrado.
– Doctor Moorpath -empezó a decir Michael. Pero en un extraño gesto de precaución, el doctor Moorpath se tapó la cara con la mano y echó a andar apresuradamente por el pasillo-. ¡Raymond, por amor de Dios! -le gritó Michael.
Víctor lo alcanzó.
– ¿Qué ha pasado?
– Raymond Moorpath. Ha actuado como un perro que hubiese robado el asado del domingo.
Víctor se asomó a la habitación 1011 y luego se volvió hacia Michael con una grave expresión reflejada en el rostro.
– Más bien como un patólogo que ha acabado con el doctor Rice.
Michael entró en la habitación. Era una de las más sofisticadas habitaciones de recuperación que existían en el Hospital Central de Boston; contaba con todos los equipos de asistencia y recuperación que cualquier persona pueda necesitar. El doctor Rice se encontraba tendido en la cama en el centro de la habitación, con una especie de jaula que le cubría las piernas. Estaba conectado a un gotero nasal y a un monitor que controlaba las constantes vitales. Tenía la cara de un color entre amarillo y gris. El monitor emitía un sonido, una especie de pitido, para avisar de que el pulso, la respiración y la actividad cerebral del doctor Rice habían cesado ya por completo, y de que la presión sanguínea iba descendiendo en picado de manera irremediable.
– Mierda -exclamó Michael. Se dio la vuelta con intención de salir en persecución del doctor Moorpath, pero se topó con dos médicos vestidos de azul, una enfermera y un guardia de seguridad del hospital.
– ¿Qué demonios sucede aquí? -exigió uno de los médicos-. ¿Quiénes son ustedes?
– ¡Víctor! -gritó Michael-. ¡Explícales quiénes somos y qué demonios estamos haciendo aquí!
El médico se echó hacia atrás sobresaltado. Michael le dio un empujón en el pecho con la mano plana, empujó asimismo con el hombro al guardia de seguridad y luego echó a correr por el pasillo tras el doctor Moorpath.
– ¡Alto! -le gritó el guardia de seguridad-. ¡Alto!
Pero Michael ya había llegado a la esquina del pasillo. Hizo una finta hacia la derecha, que a punto estuvo de hacerle tropezar con sus propios pies, y luego salió corriendo a toda velocidad pasillo adelante, jadeando a causa del esfuerzo. Los pies golpeaban con fuerza sobre la moqueta, las puertas vibraban a su paso, y también las luces. Alguien abrió una puerta justo cuando Michael pasaba ante ella y le gritó:
– ¡Eh!
Michael se hizo el razonamiento de que el doctor Moorpath no intentaría llegar al grupo principal de ascensores. Ello habría significado volver sobre sus propios pasos y correr el riesgo de que Víctor y él se hubieran separado con intención de acorralarlo uno por cada dirección.
Fue entonces cuando llegó a las escaleras de emergencia, cuya puerta, provista de un amortiguador neumático, estaba cerrándose justo en aquel momento.
Le dio un empujón a la puerta hasta abrirla de nuevo de par en par y se encontró en una escalera de cemento muy oscuro, cuya barandilla estaba pintada de azul. Se quedó inmóvil y se puso a escuchar; desde luego, podía oír con toda claridad cómo resonaban los pasos del doctor Moorpath al subir por las escaleras hasta el siguiente piso.
– ¡Raymond! -le gritó con la voz ronca de tanto correr-. ¡Raymond! ¡Tengo que hablar con usted! -No hubo respuesta. Sólo el sonido de los pasos del doctor Moorpath al subir cada vez más arriba por las escaleras-. ¡Maldita sea! -dijo Michael resoplando.
Pero no tenía donde elegir. Empezó a subir las escaleras de dos en dos, agarrándose a la barandilla para darse impulso. Pasó por el piso undécimo y luego por el duodécimo. Todavía podía oír las pisadas del doctor Moorpath, que debía de estar dos o tres pisos más arriba, aunque cada vez subía más despacio. Cuatro tramos de escaleras de veinticuatro peldaños cada uno eran ya bastante para una persona joven que estuviera en forma, pero el doctor Moorpath era un hombre de mediana edad y le sobraban veinte quilogramos de peso.
De repente, por encima de él, en lo más alto, Michael oyó un brusco traqueteo. Al mirar hacia arriba por el hueco de la escalera vio que la luz del sol entraba a raudales. El doctor Moorpath debía de haber llegado a la azotea, y debía de haber abierto la puerta de acceso. Michael siguió subiendo cada vez más aprisa por las escaleras, casi sin resuello y empapado de sudor frío, hasta que por fin llegó al último tramo.
Titubeó unos instantes. Las dos puertas de acceso estaban batiendo lentamente adelante y atrás movidas por el cálido viento de la tarde, de manera que el paralelogramo de luz de sol se balanceaba también adelante y atrás por las paredes de cemento del hueco de las escaleras. Michael vislumbró edificios, tejados y humo a través de ella. Pero no había la menor señal del doctor Moorpath. Quizás hubiera saltado ya del tejado. Pero el doctor Moorpath nunca había dado la impresión de ser el tipo de hombre que se suicida: era demasiado orgulloso, demasiado arrogante, estaba demasiado seguro de sí mismo. Lo más probable era que estuviera escondido detrás de las puertas, esperando allí para sorprender a Michael, golpearlo y dejarlo sin sentido.
– ¿Raymond? -llamó Michael-. Raymond, ¿me oye?
Las puertas seguían batiendo adelante y atrás, pero Michael no obtuvo respuesta. Se limpió con el pañuelo el sudor de la cara y luego se sonó la nariz. Notaba como si le hubieran frotado con Ajax los pulmones y los senos nasales.
Oyó sirenas a lo lejos y el profundo golpeteo de helicópteros volando. También oyó que se abría una puerta, bastante lejos por debajo de él, y voces distorsionadas de gente que gritaba. No pasaría mucho tiempo antes de que los guardias de seguridad averiguasen dónde se encontraba, y eso echaría a perder la oportunidad de hablar con el doctor Moorpath acerca de la autopsia de O'Brien; y del «señor Hillary»; y de los jóvenes de cara blanca. Eso por no mencionar la muerte del doctor Rice.
Lentamente, con cautela, aguzando el oído para poder oír el más leve ruido de pisadas, Michael subió el último tramo de escaleras hasta la azotea. Las puertas batían y golpeaban, y él alargó un pie y las detuvo con el talón. Podía salir con cautela a la azotea o dar un potente salto. Decidió que, en conjunto, un gran salto sería lo mejor. Por lo menos tendría la ventaja de la sorpresa.
Contó hasta tres… y no saltó. Luego contó otra vez hasta tres y saltó. En el mismo instante en que lo hacía, la puerta de la derecha batió hacia atrás movida por el viento y el pomo de empujar lo alcanzó en un codo, que le quedó entumecido a causa del fuerte golpe. Perdió por completo el equilibrio, resbaló, y se encontró rodando por la granulosa superficie negra de la azotea; al caer se rozó las dos manos y se rasgó las rodilleras de los pantalones: dos sietes, como un colegial.
Jadeante, presa del pánico, se puso en pie atropelladamente.
Miró a su alrededor, pero el doctor Moorpath no estaba acechando detrás de las puertas. Retrocedió un poco, con cautela, para poder mirar detrás de la caja del hueco de las escaleras, pero tampoco allí había el menor rastro del doctor Moorpath. Miró por encima del brocal hacia la parte trasera del hospital, situada dieciséis pisos más abajo, y vio que salía vapor de los ventiladores de la cocina, y que varías personas, diminutas por la distancia, caminaban por los senderos. Allí abajo tampoco había señales del doctor Moorpath ni ninguna otra cosa que indicase que la gente fuera corriendo a ver un cuerpo caído, de modo que debía de continuar aún allí, en la azotea.