Cojeando un poco, con el codo resentido todavía de dolor, Michael dio la vuelta alrededor de la caja de los ascensores, de la maquinaria del aire acondicionado y de los depósitos de agua, pintados de gris. Vio a lo lejos el brillo del sol, que se reflejaba en el interior del puerto, y el tráfico que cruzaba el puente de la avenida del Norte. Un murmullo animado y cálido se elevaba desde la ciudad, y a Michael le dio la impresión de que podía oír voces individuales: una mujer que llamaba a su perro en el parque Boston Common; un marido de pie ante la ventana de un apartamento en la calle Branch que le decía a su mujer que la quería; una chica en una cabina telefónica en Boylston que discutía con su novio.
Sin embargo, al sudeste, sobre el horizonte, el humo negro seguía saliendo hacia arriba, espeso y marrón, como el humo de los sueños incinerados.
Michael casi había completado una vuelta completa por la azotea cuando, al doblar la esquina de los depósitos de agua, se encontró con que allí estaba el doctor Moorpath. Michael estuvo a punto de gritar el nombre del médico, pero la voz se le murió en los labios.
El doctor Moorpath se hallaba de pie en lo alto del blasón esculpido en piedra que coronaba el brocal en el lado nordeste. Tenía los brazos extendidos, como para guardar el equilibrio o simular una crucifixión. Tenía los pies situados al mismo borde del blasón, y por debajo de él no había nada más que una caída de cien metros hasta los curvados peldaños de piedra que había a la entrada de la puerta principal del hospital. Le daba la espalda a Michael, y se había puesto de cara al viento. Los faldones de la chaqueta revoloteaban y se retorcían.
Michael se acercó en silencio hasta donde se atrevió. En cuanto se percató de que el doctor Moorpath era consciente de su presencia, se detuvo.
– Raymond -dijo intentando que su voz tuviera un tono de ánimo-. No irá usted a hacer una insensatez, ¿verdad, Raymond?
Al principio, el doctor Moorpath no contestó, pero inclinó la cabeza. Luego repuso:
– ¿De qué sirve vivir, Michael, si de vez en cuando no podemos concedernos alguna insensatez?
– He venido para hablar con usted -le dijo Michael.
– Pues realmente has ido a elegir un buen momento. Dos o tres segundos más tarde y nadie se habría enterado.
– ¿Quiere decir que usted lo ha matado? ¿Ha matado de verdad al doctor Rice?
El doctor Moorpath no se dignó darse la vuelta para mirarlo.
– Digamos que lo he salvado de algo mucho peor.
– No comprendo.
– Quinientos miligramos de cloruro potásico han detenido su corazón casi instantáneamente. Eso es mejor que meses de tortura, ¿no te parece? Meses de tortura con esos pegajosos jóvenes chupándote la mismísima alma.
– Entonces, ¿usted lo sabe todo sobre ellos? ¿Sabe usted quiénes son? -El doctor Moorpath no respondió-. Ellos asesinaron a John O'Brien, ¿verdad? -le dijo Michael-. Vi las fotografías. -El doctor Moorpath continuaba sin decir nada-. Dígame si ellos asesinaron a John O'Brien -insistió Michael-. El doctor Rice hipnotizó a Frank Coward, y éste hizo caer el helicóptero en Sagamore Point. Eso es lo que sucedió, ¿verdad? Y por eso querían matar al doctor Rice, para que no pudiera decirle a nadie cómo lo habían hecho.
– Puesto que sabes tanto al respecto, ¿por qué me lo preguntas? -le dijo el doctor Moorpath-. ¿Por qué no vas directamente a ver a Edgar Bedford o al jefe de policía Hudson? ¿Por qué no vas directamente a la oficina del fiscal del distrito, o a ver a su señoría el alcalde? Habla con el Globe, o con el Herald, o con las emisoras de televisión.
Michael esperaba que el doctor Moorpath dijera algo más, pero no fue así. En vez de ello permaneció en equilibrio sobre aquellos quince centímetros de piedra arenisca, con los brazos en cruz, como una gruesa torre de ajedrez negra.
Pero lo que el doctor Moorpath le había dado a entender era ya suficientemente espantoso. Con una terrible sensación de frialdad, Michael se dio cuenta de que no serviría absolutamente de nada hablar con Edgar Bedford acerca del «señor Hillary» y de los hombres de cara blanca; ni con el jefe de policía, ni con el fiscal del distrito, ni con el alcalde, ni con los medios de comunicación.
En realidad, si trataba de llegar más lejos en la investigación del asesinato de John O'Brien entonces, probablemente estaría poniéndose a sí mismo en lo que Plymouth Insurance solía denominar «una posición calculada y premeditada de extremo peligro». En otras palabras, sus oportunidades de supervivencia serían tan reducidas que nadie querría acceder a hacerle un seguro.
Lo que el doctor Moorpath estaba diciéndole era que Joe Garboden había estado acertado en sus suposiciones, y que aquellos hombres de cara blanca tenían una influencia que iba mucho más allá de lo imaginable. Ellos susurraban al oído de todas las personas importantes, recompensaban a quienes merecían su aprobación, y eran capaces de cualquier cosa para librarse de aquellos que los disgustaban.
– Raymond -le rogó Michael-, tiene usted que decirme quiénes son esos hombres.
El doctor Moorpath hizo un ligero gesto de negación con la cabeza.
– No. Yo no voy a hacerlo, Michael. Y, créeme, será mejor para ti que no lo sepas.
– ¿No va a bajar de ahí?
– ¿Para qué?
– Nadie va a hacerle daño, Raymond. Y si es cierto lo que dice de la oficina del fiscal del distrito, ni siquiera van a procesarlo, ¿no es cierto?
– No he hecho lo que me dijeron que hiciera -le confesó el doctor Moorpath-. He interferido.
– ¿Y qué? ¿Qué pueden hacerle?
– ¿Qué te parece lo que le hicieron a Elaine Parker? ¿Y lo que le hicieron a Sissy O'Brien? ¿Y lo que le han hecho a tu amigo Joe Garboden? Créeme, Michael, ahora van a por mí, y es mejor que acabe de este modo, con gran diferencia. -Se acercó cautelosamente un par de centímetros más hacia el borde del blasón. Después levantó la cara hacia el cielo-. Me han enseñado algo que yo no creía posible -continuó diciendo-. Me han mostrado el poder del aura humana en toda su gloria.
– ¿Se refiere a la hipnosis? ¿Es de eso de lo que está hablando, de hipnosis?
– La hipnosis no es más que el comienzo. La hipnosis es sólo el camino para entrar, como el agujero del zócalo por donde se escurren los ratones para descubrir las maravillosas riquezas de la despensa. El aura humana es mágica, infinita, pasmosa… y aquellos que aprenden a utilizarla pueden llegar a dominar hasta la mismísima sustancia de la vida.
El doctor Moorpath estaba ya casi histérico. Michael le tendió una mano con cautela y le dijo:
– Vamos, Raymond… baje de ahí. Quiero que me cuente más cosas, necesito saberlas. Pero, francamente, no puedo hacerlo mientras esté usted ahí tambaleándose al borde.
El doctor Moorpath volvió la cabeza y miró fijamente a Michael por encima del hombro derecho. Tenía una expresión en la cara que ponía los pelos de punta. Los ojos miraban fijamente y tenía los músculos de la mandíbula apretados con tanta fuerza que parecía que iba a hacer explosión desde dentro.
– ¡Mira! -dijo.
Dio un paso fuera del blasón y se puso a caminar. Dio largos pasos por el aire con dificultad… elevándose cada vez más desde el brocal de la azotea, como un hombre que intentase avanzar en medio de una ventisca.
Michael era incapaz de moverse. No podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Pero allí, a unos tres metros de distancia, cada vez más lejos y más arriba, el doctor Moorpath seguía avanzando despacio pero sin pausa e iba alejándose de él… a dieciséis pisos por encima del suelo.
Michael no era capaz de llamarlo, no era capaz ni de hablar. Estaba aterrado y presa de la emoción al mismo tiempo.
El doctor Moorpath no miró hacia atrás, pero arqueó más los hombros. Daba la impresión de que le resultase cada vez más difícil avanzar. Empezó a moverse hacia adelante más lentamente, y una o dos veces se tambaleó. Se encontraba ya a casi diez metros de distancia de las paredes del hospital, y a unos tres metros por encima del nivel de la azotea. Michael vio un destello de luz rosada que zigzagueaba por la espalda del doctor Moorpath, el mismo destello que había visto cuando el doctor Rice lo hipnotizara a él. Su cuerpo etéreo, su aura. Y a medida que el doctor Moorpath luchaba por subir cada vez más alto, el destello se hacía más brillante y más frecuente, hasta que toda aquella voluminosa silueta negra se vio rodeada por deslumbrantes y danzarines estallidos de energía.