Levantó una pierna, y titubeó; luego levantó la otra… y titubeó un poco más.
Delgadas columnas de humo empezaron a salirle por la parte de atrás de la chaqueta.
Levantó la mano izquierda, como si estuviera intentando aferrarse al suelo en una empinada cuesta. Una cegadora luz amarilla le salió violentamente de la manga, y el humo empezó a manarle de las muñecas como si fuera sangre. Levantó la mano derecha y se impulsó un poco más arriba, pero estaba claro que no podría seguir aguantando aquella escalada en el aire durante mucho más tiempo.
Hubo un momento en que quedó colgado en el aire, agarrándose desesperadamente a la nada, mientras de la ropa le salía humo negro. Luego empezó a gritar una y otra vez, y el fuego lo engulló de pies a cabeza. Se oyó un chisporroteo semejante al de los fuegos artificiales, hubo una densa lluvia de chispas, y el doctor Moorpath empezó a dar vueltas y vueltas, con la boca abierta de un modo imposible, sin dejar de rugir por el sufrimiento.
Durante unos instantes, Michael pensó que el doctor Moorpath no llegaría a caer, que seguiría dando vueltas en el aire hasta que el fuego lo consumiera del todo. Algunos fragmentos de ropa quemada cayeron de los hombros del doctor Moorpath y grasa llameante salió escupida de sus pies, que no paraban de patalear. Pero de pronto se hundió de lado y cayó. Michael dio tres rígidos pasos hacia el borde del brocal y lo miró mientras caía dando volteretas, hasta que fue a dar contra el suelo como un saco de ardientes cenizas de barbacoa.
Michael seguía de pie junto al brocal mirando cómo ardía cuando apareció Victor seguido de los guardias de seguridad.
– Jesús -exclamó Victor mirando hacia abajo, a la multitud y las cenizas esparcidas-. ¿Qué demonios ha sucedido?
– Se prendió fuego a sí mismo -le dijo Michael sombríamente-. Saltó. Lo mismo que aquellos estudiantes japoneses que se suicidaban, ¿te acuerdas? Lo dijeron en las noticias.
Victor le puso a Michael una mano en el hombro.
– ¿Tú estás bien?
– Desde luego -repuso Michael, aunque se sentía totalmente vacío, totalmente plano, como si estuviera por última vez en una casa de la que fuera a marcharse para siempre. Sin muebles, sin alfombras, sin teléfono y, sorprendentemente, sin recuerdos.
Victor echó una rápida ojeada hacia abajo, hacia donde se encontraba el humeante cuerpo del doctor Moorpath; luego levantó la mirada hacia el brocal.
– ¿Desde dónde saltó? -le preguntó a Michael.
Éste le indicó el lugar con un gesto de la cabeza.
– Desde lo alto de ese blasón. Ya estaba allí subido cuando yo llegué. Estuve hablando con él. Le pedí que bajase, pero no he podido hacer nada.
Víctor miró una vez más hacia el cuerpo que yacía abajo.
– ¿Estaba de pie en lo alto de ese blasón? ¿Y cómo es posible que haya saltado toda esa distancia hasta allí? Venga, Michael, por lo menos hay…
– ¿Sí? -le interrumpió Michael.
Y miró fijamente, con intención, a Víctor; y después, sin mover los labios, le susurró: «Más tarde»; intentaba hacerle ver que no quería hablar de lo que le había ocurrido al doctor Moorpath delante de aquellos dos guardias de seguridad.
– Oh -dijo Víctor a la vez que volvía a mirar hacia el suelo-. Ya sé lo que quieres decir.
Dos sanitarios, que desde allí arriba parecían tener el tamaño de dos muñecos, hacían rodar apresuradamente una camilla hacia el lugar donde había caído el doctor Moorpath. Los guardias les dijeron a Michael y a Victor:
– Vosotros dos, muchachotes, venga. La policía querrá hablar con vosotros.
– Escuche, amigo -les dijo Victor-. Usted no tiene por qué llamarnos muchachotes. Usted nos llama «señor» a mi amigo y «doctor» a mí.
El guardia de seguridad dejó escapar un prolongado suspiro, como si en realidad aquello le importase una mierda.
– Venga, entonces, doctor y señor. Los polis están esperando para hablar con vosotros dos, muchachotes, ahí abajo.
DIECISÉIS
Michael acababa de terminar de hacer fotocopias de las fotografías del asesinato de Joe Garboden cuando la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Metió la última de las fotografías en su correspondiente sobre y apagó la fotocopiadora. Vio con sorpresa que se trataba de Edgar Bedford, el gran anciano de Plymouth Insurance. Edgar Bedford era un hombre macizo, con cuello de toro, y lucía un pelo blanco y crespo. Tenía una cabeza grande y noble, pero el rostro se le había estropeado por unas manchas de colores blanco y carmesí, que a Michael siempre le recordaban el picadillo de carne de vaca enlatada. Demasiado sol, demasiadas quemaduras en la piel, demasiados martinis de gran tamaño.
Llevaba puesto un esmoquin y pajarita negra, y olía a loción para después del afeitado, una fragancia para jóvenes que desentonaba con su aspecto. Asomó la cabeza por la puerta y miró a un lado y a otro; luego esbozó la sonrisa de un hombre que no tiene necesidad alguna de congraciarse con nadie.
– Ah, Rearden -dijo. La voz le sonaba espesa y extrañamente borrosa, como una grabación mal hecha-. Te has quedado a trabajar hasta tarde.
– Sí, señor. He estado acabando la investigación O'Brien, señor.
– Bueno… es un asunto realmente triste, se mire por donde se mire. -Edgar Bedford se situó en el centro de la habitación y comenzó a examinar detenidamente algunas de las notas recordatorias que estaban clavadas en la pared-. Y lo que más siento de todo esto es haber perdido a Joe.
– ¿Se ha enterado usted de lo del doctor Moorpath? -le preguntó Michael intentando que su voz no pareciera provocativa.
Edgar Bedford asintió.
– Yo conocía a Raymond desde hacía veinticinco años. Solíamos jugar al golf juntos. Ha sido una verdadera lástima.
Michael se encogió de hombros y dijo:
– Últimamente estaba sometido a bastante presión, al menos eso es lo que he oído decir. (Contemplaba -con los ojos de la mente- a Raymond Moorpath dando vueltas y ardiendo en el aire, y gritando de dolor.)
Edgar Bedford se volvió hacia Michael y lo miró fijamente con ojos acuosos.
– Sí -dijo al cabo-. Eso me han dicho a mí también. Tú… er… ¿terminarás lo de O'Brien y lo dejarás sobre mi mesa en cuanto te sea posible?
– Me preguntaba si querría usted que me quedase -le preguntó Michael. Edgar Bedford lo miró con el ceño fruncido, como si no comprendiera bien a qué podía referirse Michael con aquello de «quedarse». Éste respiró profundamente y luego añadió-: Ahora que el asunto de O'Brien ya ha terminado, quizás pueda usted encomendarme otra cosa.
– Ah -exclamó Edgar Bedford-. Ése es uno de los motivos por los que quería hablar contigo.
– Bueno, estupendo… Estoy listo para encargarme de otro caso. Creo que, prácticamente, ya he logrado superar mis dificultades sicológicas.
Edgar Bedford no parecía estar escuchándole. Miró a su alrededor hasta que encontró una silla de mecanógrafa, que arrastró al centro de la habitación. Se sentó en ella, cruzó los brazos y miró a Michael con una expresión que éste no había visto nunca en la cara de nadie. Su rostro reflejaba desprecio y posesión, pero también ansiedad, como si no le tuviera el menor respeto y a la vez le preocupase que Michael pudiera perturbar el equilibrio perfectamente orquestado de la vida de los Bedford.