– Voy a decirte una cosa, Michael. Mi familia ha desempeñado un papel predominante en la sociedad de Boston durante casi cien años.
– Ya lo sé, señor.
– ¿Sabes cómo lo hicimos? ¿Sabes cómo conseguimos adquirir tanta influencia?
– No, señor; pero estoy seguro de que usted va a explicármelo.
– Adquirimos esa influencia haciendo los amigos adecuados. Así es cómo lo hicimos. Nos comportábamos bien con las personas que podían sernos útiles y éramos implacables con aquellas personas que querían hundirnos. -Michael asintió, como si comprendiera perfectamente a qué venía aquella lección. Edgar Bedford guardó silencio durante unos instantes y luego dijo-: No soy tonto, Rearden, aunque tú creas que sí. A tu manera también eres uno de nosotros, y eso te convierte en afortunado. Pero ello no quiere decir que seas invulnerable… o que puedas hacer lo que te dé la gana y meter la nariz en asuntos que no te conciernen. Así que te lo digo ahora: da carpetazo de una vez al informe O'Brien, muerte accidental, satisface a los reaseguradores y puede que reconsidere lo de conservarte en la compañía.
Michael se encontraba de pie ante Edgar Bedford, y tenía las fotografías del asesinato de Joe escondidas detrás de la espalda.
– Muy bien, señor Bedford -dijo.
Y Edgar Bedford lo miró fijamente con ojos acuosos, desvaídos, y a Michael le pareció que el suelo estaba abriéndose justo debajo de sus pies, pero se negó a mirar, se negó a caer.
Hubiera notado Edgar Bedford el momento de aprensión de Michael o no, el caso es que se levantó, apartó la silla de mecanógrafa e intentó sonreír.
– Es el hecho de hacer amistades, Rearden, lo que mueve el mundo. Estoy impaciente por leer tu informe sobre el caso O'Brien. Por cierto, el funeral de Joe es el sábado a las once de la mañana en el Crematorio Wakefield. Es raro ¿verdad?, nunca había pensado que fuera un hombre que quisiera que lo incinerasen. ¿Y tú? Bueno, supongo que nos veremos allí.
Cuando Edgar Bedford se hubo marchado, Michael se quedó de pie durante dos o tres minutos en la sala de fotocopias, iluminada por la luz del crepúsculo, y estuvo pensando en Raymond Moorpath, en cómo trepaba por el aire. «Así es cómo lo hicimos -le acababa de decir Edgar Bedford-. Haciendo los amigos adecuados.»
Llamó por teléfono a Patsy. No le contó lo de Raymond Moorpath. A ella ya estaban resultándole bastante difíciles las cosas tal como eran, con las prolongadas ausencias de Michael, el asesinato de Joe y el doctor Rice herido (todavía no le había dicho que también estaba muerto). Y, por si fuera poco, los informativos de televisión estaban cebándose en los disturbios raciales de Boston, y en cada boletín de noticias mostraban imágenes filmadas de tiroteos, emboscadas, edificios en llamas y niños aterrorizados que corrían para salvar la vida.
El alcalde había pedido la ayuda de efectivos de la Guardia Nacional y de las brigadas especiales, pero cada nueva iniciativa parecía servir sólo para avivar más el fuego de los disturbios. Décadas de ira, de rencor y discriminación se habían acumulado como los troncos de una hoguera, y cualquier intento de reprimirlas era como echar al fuego latas de gasolina.
– Te alegrará saber que Edgar Bedford me ha dicho que dé por concluido este caso -le explicó Michael-. Creo que terminaré antes del fin de semana. Entonces volveré a casa.
– Jason te echa de menos -le dijo Patsy-. Y yo también. Ya sé lo que dije del dinero… pero ahora ya no me parece que tenga tanta importancia.
Michael no sabía qué decir. Pensó en Megan arrastrándose hacia el suelo desde la silla de ruedas. Se acordó de sí mismo limpiándole la cara. Se habría echado a llorar de lo avergonzado que se sentía.
– Es posible que Plymouth me dé más trabajo después. No lo sé. Ya veré.
– Quizás ahora podrías terminar aquel juego de mesa en el que estabas trabajando.
Michael tragó saliva. Los ojos se le habían inundado de lágrimas.
– Sí, claro. Podría hacer eso.
A las tres de la mañana sonó el teléfono. Se sentó en la cama sudando, muy asustado. Había vuelto a soñar. Otra vez el mismo sueño, en el que el presidente se acercaba a él, sonriendo, y le tendía la mano. Y oía su propia voz, sonando muy despacio: «Noooo, señor presidenteeeee, noooo se acerrrrque aaaa míííí…»
El teléfono siguió sonando y Michael tardó un poco en caer en la cuenta de dónde se encontraba, en buscar el teléfono y en contestar.
– ¿Michael? -preguntó una ronca y nasal voz irlandesa de Boston-. Soy el Jirafa.
– ¿Jirafa? ¿Sabes qué hora es?
– Las tres y tres. ¿Puedes acercarte a mi apartamento… digamos que ahora mismo?
– ¿Quieres decir ahora?
– Cuanto antes mejor. Es importante, Mikey. Esto es lo que todos nosotros habíamos estado buscando.
No tenía demasiadas esperanzas de encontrar un taxi a aquellas horas de la noche, de modo que decidió coger el coche para ir al apartamento de Thomas Boyle; al llegar aparcó en la acera de enfrente. El viento de la noche era templado y todavía quedaban algunos noctámbulos que deambulaban por las aceras. Había un hombre parado junto al buzón de la esquina, con la cara oculta por el ala de un sombrero. Tenía los brazos caídos a los costados y no se movía. Michael vaciló un momento, e incluso pensó en acercársele, pero luego decidió que probablemente sería más seguro que no lo hiciera. Al fin y al cabo, ¿qué iba a decirle? «Se parece usted a uno de los hombres de cara blanca, esos que, según cree mi amigo, son los responsables de los asesinatos de personas famosas desde hace mucho tiempo. ¿Qué está haciendo usted aquí?»
Llamó suavemente con la mano a la puerta de Thomas para que el timbre no despertara a Megan si estaba dormida; pero fue ella quien le abrió.
– Hola, Michael, ¿cómo estás?
Él le tendió la mano y Megan se la estrechó. Era como un reconocimiento de que lo que habían hecho juntos había estado inducido por el «señor Hillary», y que no era fruto de la pasión y de la lujuria que sintieran el uno por el otro. Pero era importante para ambos quedar como amigos.
Thomas y Victor se encontraban sentados a la mesa del comedor; estaban tomando café y hablaban con un enorme y guapo hombre negro que iba ataviado con una chilaba verde. Se levantó cuando entró Michael y le tendió la mano.
– Mikey, éste es Matthew Monyatta, del Grupo de Concienciación Negra Olduvai.
– Encantado -dijo Michael-. Me parece que lo he visto por televisión.
Matthew sonrió.
– Espero que así sea. De vez en cuando necesitan a un revolucionario negro que proporcione a los programas cierto equilibrio político.
– ¿Quieres un poco de café? -le preguntó Thomas-. Matthew tiene algo muy importante que contarnos.
– Es un poco temprano para mí -le dijo Michael-. Y, por cierto, creo que me siguen y me vigilan. Hay un tipo merodeando por ahí enfrente… no estoy seguro, pero se parece al individuo que también vigilaba mi apartamento.
– Oh, sí -dijo Matthew-, claro que están vigilándolo. Todo aquel que suponga una amenaza para los hombres blancos blancos está vigilado las veinticuatro horas del día.
– ¿Los hombres blancos blancos? -le preguntó Michael con extrañeza.
– Así es como los llama la gente en África y en Oriente Medio. Es por sus caras. Una vez vistas, nunca se olvidan. Blancas, con los ojos siempre cubiertos con gafas oscuras.
– ¿Qué fue lo que dijiste tú la otra noche? -le preguntó Michael a Víctor-. ¿Algo de unos chicos blancos como azucenas?
– Los chicos blancos como azucenas son los mismos -asintió-. Es lo que podríamos llamar una ironía. Tienen la cara y la piel blancas, pero poseen un alma tan negra como la noche.
– ¿Usted sabe quiénes son? -le preguntó Michael a Matthew. Apenas podía creer lo que estaba oyendo.
Matthew asintió.
– Claro que sí. Por eso llamé por teléfono al teniente Boyle, aquí presente, en cuanto acabé de ver su conferencia de prensa por televisión.