– Todo sea por la Causa -dijo.
La Niña Puñales soltó un ole bajito y tierno:
Juró amarme un hombre
sin miedo a la muerte…
Cantó a media voz, poniendo una mano sobre la del Potro del Mantelete. Desde su traumático divorcio éste vivía solo, sin familia conocida, y don Ibrahim sospechaba que amaba en silencio a la Niña, aunque sin exteriorizarlo nunca, por respeto. Ella, por su parte, apoyada en el quicio de la mancebía de sus ensueños, guardaba fielmente la memoria del hombre de ojos verdes que la seguía esperando en el fondo de cada botella. En cuanto a don Ibrahim, en materia de amores nunca había podido nadie aportar pruebas solventes; aunque a él le gustaba, en noches de manzanilla y guitarra, hablar vagamente de lances románticos en su juventud caribeña, cuando era amigo de Beny Moré -el Bárbaro del Ritmo-, y de Carafoca Pérez Prado, y del actor mejicano Jorge Negrete hasta que tuvieron unas palabras. La época en que Mana Félix, la divina María, la Doña, le había regalado el bastón de ébano con mango de plata una noche que con don Ibrahim y una botella de tequila -Herradura Reposado, un litro- fue infiel a Agustín Lara; y el flaco elegante, hecho polvo, compuso una canción inmortal para aliviarse los cuernos. Rejuvenecía la sonrisa del indiano con el supuesto recuerdo de Acapulco, de aquellas noches, de aquellas playas, María del alma. María Bonita. Y la Nina Puñales tarareaba bajito, entre caña y caña de fino y manzanilla, la canción de la que él fue seductor culpable. Y el Potro prestaba a la escena su perfil duro y silencioso, desprovisto de sombra porque ésta vagaba desorientada por la lona de los rings y el albero de plazas portátiles de mala muerte. De ese modo nadie correspondía y todos eran correspondidos en aquel singular triángulo hecho de atardeceres, humo de tabaco, vino, aplausos, playas lejanas y nostalgias. Y desde que el azar y la vida los fueron juntando en Sevilla como corchos a la deriva, los tres compadres compartían la resaca interminable de sus vidas en una pintoresca amistad, cuyo noble objeto lograron descubrir una madrugada de mucha y tranquila borrachera, sentados frente a la corriente ancha y mansa del Guadalquivir: la Causa. Algún día tendrían dinero suficiente para poner un tablao de tronío. Lo iban a llamar El Templo de la Copla , y allí harían por fin justicia al arte de la Niña Puñales, manteniendo viva la canción española.
Nena,
me decía loco de pasión…
Seguía cantando bajito la Niña. Entró en Casa Cuesta una lotera pregonando un quince mil, y don Ibrahim le compró tres décimos. Después hizo venir al camarero para liquidar la cuenta, y requirió el bastón de María Bonita y el panamá de paja blanca con aire señorial, incorporándose con dificultad mientras el Potro del Mantelete, puesto en pie como si acabara de sonar la campana, retiraba la silla de la Niña y ambos la escoltaban hacia la puerta. El billete de Hernán Cortés lo dejaron en la mesa, de propina. A fin de cuentas se trataba de un día especial. Y como dijo el Potro justificando humildemente el gasto, don Ibrahim era un caballero.
El recién llegado entró en la iglesia, y la luz que dejaba atrás, recortada en la puerta y sobre las losas del umbral, cegó a Lorenzo Quart. Eso lo hizo parpadear un momento, y cuando su retina pudo adaptarse de nuevo a la penumbra interior, don Príamo Ferro ya estaba junto a él. Entonces comprobó que era peor de lo que había imaginado.
– Soy el padre Quart -dijo, extendiendo una mano-. Acabo de llegar a Sevilla.
La mano quedó inmóvil en el vacío, ante dos ojos negros y penetrantes que la miraban suspicaces.
– ¿Qué hace en mi iglesia?
Mal comienzo, se dijo mientras retiraba despacio la mano, observando al hombre que tenía ante sí. Áspero como su voz, menudo, seco, el pelo blanco sin peinar y recortado a trasquilones, la sotana raída y llena de manchas bajo la que asomaban unos viejos zapatones que nadie se había tomado el trabajo de lustrar en los últimos cinco o seis años.
– Creí oportuno curiosear un poco -respondió con calma.
Lo más inquietante residía en el rostro, surcado en todas direcciones por marcas, arrugas y pequeñas cicatrices que le daban al párroco un aspecto atormentado, duro, igual que esas fotografías aéreas de desiertos donde se refleja la erosión, las quebraduras de la corteza terrestre, las huellas profundas de ríos desaparecidos que el tiempo ha ido tallando en la tierra y en la roca. Además estaban los ojos oscuros, agrestes, alojados al fondo de profundas cuencas desde donde observaban el mundo con muy escasa simpatía. Aquellos ojos calibraron a Quart de arriba abajo, y éste comprobó que se detenían en los gemelos de su camisa, en el corte del traje, y por fin en su rostro. Parecían escasamente complacidos con lo que estaban viendo.
– Usted no tiene derecho a estar aquí.
No había opción, comprendió Quart volviéndose hacia Gris Marsala en una demanda de ayuda que supo inútil de antemano: había asistido al diálogo sin decir esta boca es mía.
– El padre Quart vino preguntando por usted -terció ella, con desgana.
Los ojos del párroco ignoraron a la arquitecto. Seguían fijos en el visitante:
– ¿Para qué?
El enviado de Roma alzó un poco la mano izquierda, conciliador, comprobando que la mirada de su interlocutor seguía, con desaprobación, el brillo del costoso Hamilton que llevaba en la muñeca.
– Recabo información sobre este lugar -ya tenía la certeza de que el primer contacto era un fracaso, pero decidió prolongar un poco el esfuerzo. Después de todo, aquél era su trabajo-. Sería bueno que charlásemos un rato, padre.
– Yo no tengo nada que hablar con usted.
Quart aspiró aire y lo dejó escapar lentamente. Era como una penitencia que confirmara sus peores temores y, además, enlazaba con fantasmas que no le complacía revivir. Todo cuanto detestaba parecía reencarnarse ante éclass="underline" la vieja condición miserable, la sotana raída, el recelo de cura de pueblo intransigente, cerril, bueno sólo para amenazar con las penas del infierno, para confesar a beatas de cuya ignorancia sólo lo separaban algunos toscos años de seminario y un poco de latín. Ésta va a ser una misión incómoda, se dijo. Muy incómoda. Si aquel párroco era Vísperas, con semejante acogida lo disimulaba de maravilla.
– Disculpe -insistió, metiendo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta para sacar un sobre con la tiara y las llaves de Pedro impresas en un ángulo-, pero creo que sí tenemos mucho de qué hablar. Soy enviado especial del Instituto para las Obras Exteriores, y en esta carta dirigida a usted por la Secretaría de Estado están mis credenciales.
Don Príamo Ferro cogió la carta y, sin mirarla siquiera, la rasgó en dos. Los pedazos revolotearon hasta el suelo.
– Me importan un bledo sus credenciales.
Miraba a Quart desde abajo, pequeño y desafiante. Sesenta y cuatro años, decía el informe que tenía sobre la mesa, en la habitación del hotel. Veintitantos de cura rural, diez como párroco en Sevilla. Su físico habría hecho buena pareja con el Mastín en la arena del Coliseo: podía imaginárselo sin dificultad como un pequeño y peligroso reciario, el tridente en una mano y la red colgada al hombro, buscándole las vueltas al adversario mientras los grádenos reclamaban sangre. En su vida profesional, Quart había aprendido a distinguir a primera vista de qué hombre, entre varios, resulta oportuno precaverse. Y el padre Ferro era, exactamente, el oscuro parroquiano del extremo de la barra que, mientras los otros vociferan, bebe en silencio hasta que de pronto rompe una botella y te afeita en seco. Tampoco habría hecho mal papel vadeando la laguna de Tenochtitlán con el agua por la cintura y una cruz en alto. O en las Cruzadas, degollando infieles y herejes.