– Según nuestros expertos -respondió Navajo- la cornisa se cayó porque el fragmento ya estaba dañado, como lo demostró un estudio pericial posterior. Detectamos una bolsa de humedad detrás, en la pared, filtrada por unas junturas del tejado durante años y años.
– ¿De veras descartan por completo la intervención humana?
El subcomisario puso cara de guasa, pero se contuvo. Al fin y al cabo, estaba en deuda con Quart.
– Oiga, páter. Aquí, en la policía, al ciento por ciento no descartamos ni que Judas fuera asesinado por alguno de sus once colegas; así que dejémoslo en un noventa y cinco. De cualquier modo es improbable que alguien le dijera a ese infeliz: oye, espera aquí un momento; y después trepase al andamio, arrancara un trozo de cornisa, y se lo dejase caer encima, fiuuuuu, mientras el otro miraba hacia arriba -los dedos del subcomisario habían trepado al andamio, descendido en forma de objeto contundente, y ahora estaban, como se veía venir, inertes sobre la mesa esperando al forense-. Eso sólo pasa en los dibujos animados.
Cuando se despidió del subcomisario, Quart tenía la impresión de que Vísperas había exagerado las cosas. O quizás aquello de que la iglesia matara para defenderse resultaba -en versión libre, singular y simbólica- rigurosamente cierto. Otra cosa era cuantificar la capacidad de liquidar gente molesta que podía tener, intrínsecamente o con auxilio del azar o la Providencia, un decrépito edificio con tres siglos de antigüedad. Pero, llegadas a ese punto, las cosas ya no afectaban a Quart; ni siquiera al IOE. Los aspectos conflictivos de lo sobrenatural corrían por cuenta de otro tipo de especialistas, más próximos a la cofradía siniestra del cardenal Iwaszkiewicz que al rudo centurión encarnado en monseñor Spada. En cuyo mundo -que era el del buen soldado Quart- uno y uno sumaban dos desde que en principio fue el Verbo.
Reflexionaba sobre eso camino de la iglesia, cuando le pareció escuchar pasos a su espalda al internarse en las callejas estrechas de Santa Cruz; pero aunque se detuvo un par de veces no pudo comprobar nada sospechoso. Continuó, procurando mantenerse cerca de la exigua sombra que brindaban los aleros de las casas. El sol caía fuerte en Sevilla, y las fachadas blancas y ocres reverberaban igual que las paredes de un horno, haciendo que la chaqueta negra pesara en los hombros como plomo candente. Si de veras resultaba haber algo al otro lado, se dijo Quart, los sevillanos que fueran en pecado mortal iban a encontrarse como en casa: el infierno ya lo conocían varios meses al año, en la tierra. Al llegar a la pequeña plaza de la iglesia se detuvo junto a la reja de los geranios, envidiando al canario que, en su jaula y a la sombra, mojaba el pico en una ampollita de agua. No había un soplo de aire y todo colgaba inmóviclass="underline" los visillos de la ventana, las hojas de las macetas y de los naranjos. Velas en el mar de los Sargazos.
Fue un alivio cruzar el umbral de Nuestra Señora de las Lágrimas. Los muros albergaban un oasis de sombra fresca con olor a cera y humedad: exactamente lo que Quart necesitaba con urgencia. Así que se detuvo a recobrar aliento junto a la puerta, deslumbrado aún por la claridad exterior. Había allí una pequeña talla de Jesús Nazareno; un atormentado Cristo barroco después de pasar por el tercer grado del patio del Pretorio: cuántos sois, dónde guardas el oro y los denarios de tus seguidores, qué es esa murga de que te llamas Hijo del Padre, adivina quién te dio. Tenía las muñecas atadas por una soga y gruesos goterones de sangre corriéndole desde la frente coronada de espinas, que alzaba hacia lo alto esperando que alguien echase una mano y lo sacara de allí acogiéndose al habeas corpus. Quart nunca había sentido, al contrario que la mayor parte de sus iguales, la certidumbre del parentesco divino del hombre cuya imagen tenía delante; ni siquiera en el seminario, durante lo que llamaba sus años de adiestramiento, cuando los profesores de Teología desmontaban y volvían a montar minuciosamente los mecanismos de la fe en la mente de los jóvenes destinados a ser sacerdotes. «Abba, Abba, ¿por qué me has abandonado?», constituía la pregunta crítica que era preciso evitar a toda costa. A él, que llegó al seminario con la pregunta hecha y convencido de la ausencia de respuesta, el formateo del disquete teológico vino a lloverle sobre mojado; pero era un joven prudente, y supo guardar silencio. En los años de aprendizaje, lo importante para Quart había sido el descubrimiento de una disciplina; unas normas según las que ordenar su vida, manteniendo a raya la certeza del vacío experimentado en el rompeolas frente al mar, cuando la tormenta. Igual habría podido ingresar en el ejército, en una secta o, como bromeaba monseñor Spada -en realidad no bromeaba en absoluto-, en una orden medieval de monjes soldados. Al huérfano del pescador perdido en un naufragio le bastaban su propio orgullo, su autodisciplina y un reglamento.
Contempló de nuevo la imagen. En todo caso, aquel Nazareno los tenía bien puestos. Nadie podía avergonzarse de enarbolar su cruz como bandera. A menudo sentía nostalgia de aquella otra clase de fe, o tan sólo de la fe a secas; cuando hombres negros de polvo y de sol bajo una cota de malla gritaban el nombre de Dios y entraban en combate impulsados por la esperanza de abrirse caminó a mandobles hacia el Cielo y la vida eterna. Vivir y morir era más simple; el mundo era mucho más sencillo unos cuantos siglos atrás.
Se santiguó mecánicamente. En torno al Cristo, protegido por una urna de cristal, colgaba medio centenar de polvorientos exvotos: manos, piernas, ojos, cuerpos de niños de latón y cera, trenzas de cabello, cartas, cintas, notas y placas agradeciendo tal curación o cual remedio. Incluso una vieja medalla militar de la guerra de África atada con las flores secas de un ramo de novia. Como cada vez que tropezaba con semejantes muestras de devoción, Quart se preguntó cuántas angustias, noches en vela junto a un lecho de enfermo, oraciones, historias de dolor, esperanza, muerte y vida, había en cada uno de aquellos objetos que, a diferencia de otros párrocos más a tono con los tiempos, don Príamo Ferro conservaba junto al Jesús Nazareno de su pequeña iglesia. Era la religión de antes, la de siempre, la del sacerdote de sotana y latín, intermediario imprescindible entre el hombre y los grandes misterios. La iglesia del consuelo y la fe, cuando las catedrales, las vidrieras góticas, los retablos barrocos, las imágenes y las pinturas que mostraban la gloria de Dios cumplían la misión desempeñada ahora por las pantallas de los televisores: tranquilizar al hombre ante el horror de su propia soledad, de la muerte y del vacío.
– Hola -dijo Gris Marsala.
Se había deslizado hasta él por la estructura de tubos de un andamio y ahora lo miraba, expectante, con las manos en los bolsillos traseros de los téjanos. Vestía las mismas ropas manchadas de yeso que la vez anterior.
– No me dijo que era monja -le reprochó Quart.
La mujer contuvo una sonrisa, tocándose el pelo encanecido. Seguía llevándolo sujeto en una corta trenza.
– Es cierto. No lo hice -los ojos claros y amistosos lo estudiaron de arriba abajo, como si quisieran confirmar algo-. Creí que un sacerdote sería capaz de olfatear esas cosas sin ayuda de nadie.
– Soy un sacerdote muy lerdo.
Hubo un corto silencio. Gris Marsala sonreía:
– Pues no es eso lo que cuentan de usted.