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– ¿Qué ha dicho?

Quart tenía apoyada una mano sobre el arco de entrada a la cripta, ornado por una calavera sobre dos tibias. El frío de la piedra le helaba la sangre en la muñeca.

Gris Marsala se volvió, sorprendida por el tono incrédulo del sacerdote.

– Carlota Bruner -repitió, aún confusa-. Tía abuela de Macarena. Murió a principios de siglo y fue enterrada en esta cripta.

– ¿Podemos ver la tumba?

Había una ansiedad mal disimulada en la voz de Quart. La mujer seguía observándolo, indecisa.

– Claro.

Fue a la sacristía en busca de un manojo de llaves, y tras descorrer el cerrojo de la verja hizo girar un anticuado interruptor de porcelana. Una bombilla de pocos vatios, cubierta de polvo, iluminó los escalones. Quart inclinó la cabeza, y tras un corto descenso se encontró en un pequeño recinto de planta cuadrada, con las paredes cubiertas de lápidas mortuorias dispuestas en tres pisos. Los muros de ladrillo tenían grandes cercos blancos y negros de humedad, y flotaba en el aire un olor a moho y falta de ventilación. Una de las paredes ostentaba, tallado en mármol, un escudo heráldico con la divisa: Oderint dum probent. Que me odien con tal de que me respeten, tradujo para sí. Lo presidía una cruz negra.

– Catorce duques -repitió Gris Marsala, a su lado. Hablaba en voz involuntariamente baja, como si el lugar la cohibiese. Quart miró las inscripciones de las lápidas. La más antigua llevaba las fechas 1472-11. Rodrigo Bruner de Lebrija, conquistador y soldado cristiano, primer duque del Nuevo Extremo. La más reciente se hallaba junto a la puerta, entre dos nichos vacíos, y era la única que ostentaba un nombre de mujer en aquel recinto reservado a descubridores, políticos y guerreros:

CARLOTA VICTORIA AMELIA

BRUNER DE LEBRIJA Y MONCADA

1872-1910

DESCANSA EN LA PAZ DEL SEÑOR

Quart pasó los dedos sobre el relieve del nombre esculpido en mármol. Su certeza era absoluta: tenía en el bolsillo una postal escrita un siglo atrás por aquella mujer, diez o doce años antes de su muerte. Así, como al introducir una tarjeta codificada en el lugar oportuno, personajes y sucesos dispersos empezaban a situarse en relación unos con otros. Y en el centro, como una encrucijada común, aquella iglesia.

– ¿Quién era el capitán Xaloc?

Gris Marsala observaba los dedos de Quart, inmóviles sobre el nombre Carlota. Parecía un poco desconcertada:

– Manuel Xaloc fue un marino sevillano que emigró a América en la última década del siglo pasado. Anduvo pirateando por las Antillas antes de desaparecer en el mar, durante la guerra hispanonorteamericana de 1898.

Aquí rezo por ti cada día, releyó mentalmente Quart. Y espero tu regreso.

– ¿Cuál fue su relación con Carlota Bruner?

– Ella enloqueció por él. O por su ausencia.

– Qué me dice.

– Lo que oye -seguía intrigada por el interés de Quart-. ¿O cree que eso sólo pasaba en las novelas?… Ésta fue una de esas historias de folletín romántico, cuya única originalidad es la ausencia de final feliz: una jovencísima aristócrata enfrentada a sus padres, y un joven marino que emigra en busca de fortuna. La aristocracia andaluza hace luz de gas, bloqueo familiar, cartas que no llegan. Y una mujer se consume en la ventana, con el corazón puesto en cada vela de barco que va y viene por el Guadalquivir… -ahora fue Gris Marsala quien tocó la lápida, retirando la mano en seguida-. No pudo soportarlo y se volvió loca.

En el lugar sagrado de tu juramento y mi felicidad, concluía Quart para sí mismo. De pronto deseaba hallarse fuera de allí, a la luz de un sol que borrase las palabras, los juramentos y los fantasmas que había venido a remover en aquella cripta.

– ¿Volvieron a encontrarse?

– Sí. En 1898, poco antes de estallar lo de Cuba. Pero ella no lo reconoció. Ya no era capaz de reconocer a nadie.

– ¿Y qué hizo él?

Los ojos claros de la mujer parecían contemplar un mar encalmado, gris como su nombre.

– Volvió a La Habana, justo a tiempo de intervenir en la guerra. Pero antes dejó aquí la dote que traía para ella. Las veinte perlas que luce la Virgen de las Lágrimas son las que Manuel Xaloc reunió para el collar que debía llevar Carlota el día de su boda -miró la lápida por última vez-. Ella siempre quiso casarse en esta iglesia.

Salieron de la cripta. Gris Marsala cerró la reja de hierro y luego encendió la luz del altar mayor para que pudiera ver mejor la talla de la Virgen de las Lágrimas. Tenía en el pecho un corazón traspasado por siete puñales, y las veinte perlas del capitán Xaloc brillaban en su rostro, en la corona de estrellas y sobre el azul del manto.

– Hay algo que no comprendo -comentó Quart, pensando en la ausencia de matasellos de la tarjeta postal-. Usted habló hace un momento de cartas que no llegaban. Y sin embargo, en esos años de separación, Manuel Xaloc y Carlota Bruner tuvieron que mantener correspondencia… ¿Qué ocurrió?

Gris Marsala sonreía, triste y distante. Rememorar aquella historia no parecía haberla hecho feliz:

– Me ha dicho Macarena que cenarán juntos esta noche. Puede preguntárselo. Nadie sabe más que ella sobre la tragedia de Carlota Bruner.

Apagó la luz, y el retablo volvió a llenarse de sombras.

Después que Gris Marsala volviera a su andamio, Quart se fue por la sacristía. Pero en vez de salir a la calle se demoró allí un poco, echando un vistazo. De una de las paredes colgaba un lienzo muy oscuro y estropeado: una Anunciación de autor anónimo. Había también una talla maltrecha de San José con el Niño, un crucifijo, dos abollados candelabros de latón, una enorme cómoda de caoba y un armario. Permaneció quieto en el centro de la habitación, mirando alrededor, y luego abrió al azar algunos cajones de la cómoda. Encontró misales, objetos litúrgicos y ornamentos. El armario contenía un par de cálices, una custodia, un antiguo copón de latón dorado, media docena de casullas y una viejísima capa pluvial bordada con hilo de oro. Quart cerró sin tocar nada. Aquélla estaba lejos de ser una parroquia próspera.

La sacristía contaba con dos puertas de acceso. Una hacia la iglesia, a través de la pequeña capilla del confesionario por donde Quart había entrado. La otra iba a la calle, a la plaza, mediante un estrecho vestíbulo que también servía de entrada a la vivienda del párroco. Quart observó la escalera con barandilla de hierro que ascendía hasta el rellano iluminado por un tragaluz, y se detuvo mirando el reloj. Sabía que don Príamo Ferro y el padre Óscar se encontraban en ese momento en una dependencia del Arzobispado, convocados por el vicario de su zona para una reunión burocrática oportunamente sugerida por el propio Quart. Disponía, si todo iba bien, de media hora más.

Ascendió despacio por la escalera, cuyos peldaños de madera crujían. La puerta del rellano estaba cerrada; pero soslayar ese tipo de inconvenientes también era parte de su trabajo. En cuanto a cerraduras, la más difícil en el historial de Quart había sido la combinación alfanumérica en la vivienda de cierto obispo dublinés, cuya clave hubo de obtener en la misma puerta, a la luz de una linterna Maglite y con ayuda de un escáner conectado a su ordenador portátil. Después de aquello el obispo, un tipo pelirrojo y rubicundo apellidado Mulcahy, se había visto llamado con urgencia a Roma, donde su plácida rubicundez dio paso a una palidez mortal cuando monseñor Spada le mostró, con cara de pocos amigos, copia fotográfica de toda la correspondencia mantenida por el prelado con los activistas del Ejército Republicano Irlandés: cartas que había cometido la imprudencia de conservar, ordenadas por fechas, tras los tomos de la Summa Teológica que se alineaban en su biblioteca. Aquello tuvo la virtud de inspirar prudencia al fervor nacionalista de monseñor Mulcahy, y la consecuencia de convencer a los grupos especiales del SAS británico de lo innecesario de proceder a su drástica eliminación física. Proyecto previsto, según la información obtenida por confidentes del IOE -10.000 libras esterlinas con cargo a los fondos secretos de la Secretaría de Estado-, durante una próxima visita del prelado dublinés a su colega el obispo de Londonderry. Operación que, por su parte, los ingleses pensaban cargar astutamente a la cuenta de los paramilitares unionistas del Ulster.