La cerradura de don Príamo Ferro no planteaba tantas dificultades. Era un modelo antiguo, convencional. Tras breve examen, Quart extrajo de su billetera una delgada hoja de acero, algo más estrecha que una lima de uñas, y la introdujo apoyándose con una pequeña llave Alien escogida de un manojo que llevaba en el bolsillo. Movió suavemente, sin forzar, hasta sentir en los dedos el leve clic de cada diente al ceder. Entonces la hizo girar, corrió el pestillo y la puerta dejó franco el paso.
Anduvo por el pasillo, estudiando el lugar. Era una vivienda humilde con dos dormitorios, cocina, cuarto de baño y una pequeña sala de estar. Quart empezó por esta última, pero no pudo hallar nada de interés salvo una fotografía en uno de los cajones del aparador. La foto era una polaroid de mala calidad. Había sido tomada en un patio andaluz; el suelo era de mosaico, y se veían macetas con flores y plantas, y una fuente de mármol con azulejos. Don Príamo Ferro estaba allí, con su inevitable sotana negra hasta los pies, sentado junto a una mesa baja con lo que parecía un desayuno, o una merienda. Lo acompañaban dos mujeres: una anciana, vestida con ropas claras, veraniegas y un poco pasadas de moda. La otra era Macarena Bruner, y los tres sonreían a la cámara. Por primera vez Quart veía sonreír al padre Ferro, y le pareció una persona distinta a la que había conocido en la iglesia y en el despacho del arzobispo. Ahora el suyo era un gesto tierno y triste, que rejuvenecía las facciones marcadas por cicatrices, suavizando la dureza de los ojos negros y el obstinado mentón siempre falto de una buena cuchilla de afeitar. Parecía otro hombre más inocente. Más humano.
Quart se guardó la foto en el bolsillo antes de cerrar los cajones. Después fue hasta la máquina de escribir portátil que había en una mesita, abrió la funda y echó un vistazo a los papeles. Por reflejo profesional puso una hoja en el rodillo y pulsó varias teclas para obtener una muestra de los tipos, por si alguna vez necesitaba identificar algo escrito allí. Metió el folio doblado en el mismo bolsillo que la fotografía. En cuanto a los libros del aparador, sumaban una veintena; así que también les dio un vistazo, abriendo algunos y comprobando si ocultaban algo detrás. Eran materias religiosas, manoseados tomos con la liturgia de las horas, una edición del Catecismo de 1992, dos volúmenes de citas latinas, el Diccionario de Historia Eclesiástica de España, la Historia de la Filosofía de Urdanoz, y la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez y Pelayo en tres tomos. No era el tipo de libros que Quart esperaba, y le sorprendió encontrar también varios títulos sobre astronomía que hojeó con curiosidad, sin encontrar nada significativo en ellos. El resto carecía de interés salvo acaso, la única novela que encontró: una viejísima y deteriorada edición en rústica de El abogado del Diablo (Quart encontraba detestable a Morris West y sus atormentados curas de best seller) con un párrafo marcado a bolígrafo en la página 29:
«…Hemos estado alejados mucho tiempo de nuestro deber de pastores. Hemos perdido el contacto con las personas que nos mantienen en contacto con Dios. Hemos reducido la fe a un concepto intelectual, a un árido asentimiento de la voluntad, porque no la hemos visto actuar en las vidas de la gente común. Hemos perdido la compasión y el temor reverente. Trabajamos conforme a cañones, no de acuerdo con la caridad.»
Dejó la novela en su sitio y comprobó el teléfono. Se trataba de una conexión fija, antigua. Nada donde pudiera engancharse una línea de ordenador. Salió de la habitación dejando la puerta como la había encontrado, abierta en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y fue por el pasillo hasta el dormitorio que identifico como del padre Ferro. Olía a cerrado y a soledad clerical Era un cuarto sencillo, ventana a la plaza, amueblado con una cama de metal bajo un crucifijo en la pared, y un armario con espejo. En la mesilla de noche encontró un libro de oraciones, unas pantuflas muy viejas y un orinal de porcelana que le arrancó una sonrisa. En el armario había un traje oscuro, otra sotana en no mejor estado que la de diario, algunas camisas y ropa interior. Apenas encontró más objetos personales, salvo un marco de madera con una fotografía amarillenta donde una pareja, hombre y mujer, de aspecto campesino y ropas de domingo, posaban junto a un sacerdote en quien, a pesar del pelo negro y la grave juventud de sus facciones, Quart reconoció sin dificultad al párroco de Nuestra Señora de las Lágrimas. La foto era muy vieja y tenía una mancha en un ángulo. Tomada al menos cuarenta años atrás, calculó basándose en el aspecto del padre Ferro: el mentón y los ojos mostraban todo su vigor. Y la mirada orgullosa y solemne del hombre y la mujer, en cuyos hombros apoyaba las manos el joven clérigo, permitía suponer que la instantánea celebraba una reciente ordenación.
El otro dormitorio era sin duda el de Óscar Lobato. En la pared había una litografía de Jerusalén visto desde el Huerto de los Olivos y un cartel de la película Easy Rider con Peter Fonda y Dennis Hopper a lomos de sendas motocicletas. Quart vio también una raqueta de tenis y zapatillas de deporte en un rincón. La mesilla de noche y el armario no contenían nada de interés, así que centró su pesquisa en la mesa puesta contra la pared, junto a la ventana. Encontró papeles diversos, libros sobre Teología e Historia de la Iglesia, la Moral de Royo Marín, la Patrología de Altaner y los cinco tomos del Mysterium Salutis, el grueso ensayo Clérigos de Eugen Drewermann, un juego de ajedrez electrónico, una guía turística de la ciudad del Vaticano, una cajita de píldoras antihistamínicas y un viejo tomo de aventuras de Tintín: El cetro de Ottokar. Y en un cajón, premio a la paciencia de Quart, veinte folios sobre San Juan de la Cruz impresos en letra Courier New de ordenador, y cinco cajas de plástico con una docena de disquetes de 3,5" cada una.
Podía ser Vísperas y podía no ser. De un modo u otro era poco de una parte y mucho de la otra. Escaso como prueba y excesivo como material a comprobar sobre el terreno, concluyó Quart con fastidio mientras examinaba el contenido de las cajas. Revisarlo todo requería tiempo y oportunidad, y él no andaba sobrado de ninguna de las dos cosas. Tendría que ingeniárselas para volver otra vez y copiar cada uno de aquellos disquetes en el disco duro de su ordenador portátil, a fin de revisarlos más tarde, despacio, en busca de indicios. Obtener copias podía llevarle una hora larga, más la dificultad de alejar de nuevo a los dos sacerdotes durante el tiempo necesario.
El calor se filtraba por las cortinas, haciendo transpirar a Quart bajo la ligera chaqueta de alpaca negra. Sacó un pañuelo de celulosa para secarse la frente y después de usarlo hizo una bolita y se lo guardó en el bolsillo. Puso los disquetes en su sitio y cerró el cajón, preguntándose dónde estaría el equipo informático que el padre Óscar utilizaba con aquello. Fuera quien fuese el pirata, necesitaba un ordenador muy potente conectado a una línea telefónica de fácil acceso, además de equipo complementario. Todo requería unas condiciones mínimas de instalación y espacio que no se daban en aquella casa. Óscar Lobato o cualquier otro, lo cierto es que Vísperas no actuaba desde allí.