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El tiempo ha transcurrido sin que la venta de Puerto Targa se haya formalizado todavía. Pero mientras tanto se han seguido incrementando los riesgos. Por suporte, la vicepresidencia ha seguido afirmando que este incremento observado viene motivado en parte por liquidaciones de intereses, descuento de papel y financiación pura, pero que la venta de acciones se realizará de forma inminente, y ésta operaría la importante rebaja de riesgos esperada. La investigación, sin embargo, demostró que el incremento de los riesgos observado se debía a partidas deliberadamente ocultas en su día, que afloraban a requerimiento de la investigación hasta totalizar la cantidad de 20.028 millones de pesetas, de los que sólo 7.020 correspondían a la operación Puerto Targa. Aun así, la vicepresidencia sigue afirmando que la materialización de la compra por Sun Qafer Alley de las acciones de Puerto Targa normalizará la situación.

Tras llevar a cabo la pertinente investigación, se ha podido deducir que Puerto Targa es una sociedad que, tras una compleja operación de ingeniería financiera a base de sociedades radicadas en Gibraltar, se encuentra, desde su nacimiento y en la actualidad, financiada casi en su totalidad por el Banco Cartujano, extremo éste que ha permanecido oculto a la mayor parte de los miembros del Consejo de Administración. Podría decirse que fue creada prácticamente para, en primer lugar, registrar un beneficio ficticio en el anterior balance del Banco Cartujano al hacer figurar como ingresos los 7.020 millones de la compra de la sociedad, que en realidad el Banco se pagó a sí mismo al autovenderse Puerto Targa a través de las empresas pantalla gibraltareñas. Y el segundo objetivo era, con las plusvalías producidas cuando se realizara su venta posterior a Sun Qafer Alley, sanear el balance del Banco. Es decir: tapar el «agujero» de más de 10.000 millones producido en el Banco Cartujano por la gestión de la actual vicepresidencia y lastre derivado de anteriores gestiones.

La venta, que según la actual vicepresidencia triplicaría el valor actual de la sociedad, no se ha realizado todavía, y se ha dado como nueva fecha para ésta mediados o finales del presente mes de mayo. Es posible que, como afirma la vicepresidencia, la operación Puerto Targa normalice la situación interna. Pero, de momento, lo que sí puede establecerse es que la ocultación sistemática de la verdadera situación prueba hasta ahora un claro «maquillaje» en las cuentas de resultados del Banco Cartujano. Eso significa que durante el último año se ha ido ocultando al Consejo de Administración la situación de riesgos y la carencia de resultados positivos así como numerosos errores de gestión e irregularidades aunque en justicia no todo sea imputable a la gestión de la actual vicepresidencia.

Como argucias de esa ocultación pueden señalarse: frenética búsqueda de nuevos y costosos recursos, contabilidad falsa con transgresión de las normas bancarias, y un riesgo calificable de temerario que, sin la materialización de la esperada venta de Puerto Targa a Sun Qafer Alley (anunciada en unos 180 millones de dolares), puede producir un descalabro de gravísimas consecuencias para el Banco Cartujano, así como un escándalo público que merme considerablemente su prestigio social entre un accionariado hecho de pequeños accionistas de carácter conservador.

En cuanto a las irregularidades directamente achacables a la actual vicepresidencia, la investigación ha detectado una carencia general del sentido de la austeridad, con importantes sumas prestadas a profesionales y particulares sin la debida justificación documental (incluyendo a personas e instituciones públicas, con casos que pueden definirse directamente como sobornos), así como la intervención de la actual vicepresidencia en negocios con clientes y la posible, aunque no probada, percepción de determinados beneficios y comisiones.

Por todo lo expuesto, y aparte las irregularidades de gestión detectadas, resulta evidente que el fracaso de la operación Puerto Torga pondría al Banco Cartujano en graves dificultades. Resulta asimismo preocupante el posible efecto negativo que el conocimiento de las operaciones realizadas por esa vicepresidencia en torno a la iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas y el conjunto de la operación Puerto Torga podría tener en la opinión pública y en la clientela tradicional del banco, clase media de carácter conservador y a menudo católica.

En líneas generales, todo era cierto. En los dos últimos ejercicios, Gavira había tenido que hacer auténticos juegos malabares para presentar como aceptable su gestión al frente de un banco que había caído en sus manos viciado por una política de dinero conservadora y mediocre. Puerto Targa y otras operaciones similares eran recursos para ganar tiempo mientras consolidaba su situación al frente del Cartujano. Aquello se parecía mucho a subir por una escalera utilizando los peldaños que uno dejaba atrás para ponerlos delante; pero hasta el golpe definitivo era la única táctica posible. Necesitaba respiro y crédito, y la operación de Nuestra Señora de las Lágrimas, cebo para los saudíes que iban a comprar Puerto Targa, resultaba imprescindible: aquello iba a convertir la zona norte de Santa Cruz en una joya para el turismo de élite. La documentación del proyecto -un pequeño y ultraselecto hotel de lujo con todos los servicios adecuados y a quinientos metros de la antigua mezquita de Sevilla, capricho personal de Kemal Ibn Saud, hermano del rey de Arabia Saudí y principal accionista de Sun Qafer Alley- estaba protegida con clave en el disco duro de su ordenador, junto al informe sobre su gestión y algunos secretos más de Gavira, con copias en disquetes y CD en la caja fuerte situada justo debajo del Klaus Paten. Era mucho lo que había en juego para que las maniobras de cuatro consejeros lo tirasen todo por la borda.

Echó otro vistazo a la pantalla, arrugando el ceño. Le preocupaba la presencia del intruso informático y su bolita saltarina. Si era un hacker, resultaba poco probable que hubiese descifrado la clave de seguridad accediendo al archivo confidencial; aunque entraba en lo posible. Pero esa gente solía dejar huellas de su paso, así que la bolita la habría puesto dentro, y no fuera. El pensamiento le dio un calor espantoso; no era agradable que un intruso estuviera paseándose en las inmediaciones de esa clase de información. Como solía afirmar el viejo Machuca, mejor un por si acaso que un quién lo iba a decir; así que tecleó para borrar el archivo.

Después estuvo mirando la corriente verdegris del Guadalquivir y la calle Betis elevada sobre la otra orilla. El sol hacía reverberar el río, y su resplandor enmarcaba la silueta compacta de la Torre del Oro. En el mundo de Pencho Gavira era legítimo aspirar a que todo aquello terminara siendo suyo; a que el reflejo de metal bruñido se deslizase cada mañana exclusivamente para él, hacia su rostro y la pared donde colgaba el Klaus Paten, iluminando su triunfo y su gloria. Encendió un cigarrillo y dejó irse el humo por el ancho trazo de luz dorada que incidía desde abajo, a través de la ventana, como un foco sobre la parte principal del escenario. Después abrió el cajón de la mesa y sacó, por enésima vez, la revista donde su mujer salía del Alfonso XIII con el torero. Con una mano sobre las imágenes sintió de nuevo un afán morboso y oscuro; aquel malestar fascinante, perverso, que experimentaba al pasar las páginas para reconocer fotos de sobra conocidas. Sus ojos fueron de la portada al retrato de Macarena que tenía sobre la mesa, en un marco de plata: ella en primer plano, con una blusa blanca que le dejaba un hombro desnudo. Era una fotografía hecha por él mismo cuando creía poseerla siempre y no sólo cuando hacían el amor. Antes de que llegara la crisis, con la iglesia de por medio y el hijo que Macarena había querido tener a destiempo. Antes de que ella empezara a acariciarle el sexo con el desinterés de quien lee un aburrido texto en braille.