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Quizá por eso, al cabo de un instante de contemplar su imagen en el espejo, Quart desanudó la corbata y se la quitó. Después hizo igual con la camisa blanca, arrojándola sobre el taburete del cuarto de baño. Con el torso desnudo fue al armario y sacó del cajón una camisa negra de clérigo, con cuello redondo, y se la puso en lugar de la otra. Al abotonarla, sus dedos rozaron la cicatriz que tenía bajo la clavícula izquierda, recuerdo de la operación sufrida después que un soldado norteamericano le rompiera el hombro de un culatazo durante la invasión de Panamá. Aquélla era su única cicatriz profesional; la roja insignia del valor o palma del martirio, como ironizaba monseñor Spada. Y aunque el asunto impresionaba mucho a Su Ilustrísima y a los pusilánimes husmeadores de currículums de la Curia, él hubiera preferido que el energúmeno provisto de casco de kevlar, fusil M-16 y parche identifícativo J. Kowalski sobre el chaleco antibalas -«otro polaco», precisaría después, ácido, monseñor Spada-, tomara más en serio el pasaporte diplomático vaticano cuando fue exhibido ante sus narices en la Nunciatura, el día que Quart negoció la rendición del general Noriega.

Salvo el culatazo, lo de Panamá había sido una operación impecable que ahora se consideraba en el IOE modelo clásico de diplomacia en crisis. A las pocas horas de producirse la invasión norteamericana y la entrada de Noriega en la legación diplomática vaticana, Quart había aterrizado allí con urgencia después de un azaroso vuelo desde Costa Rica. Su misión oficial era ayudar al nuncio, pero en realidad iba a controlar las negociaciones y a informar directamente al IOE, relevando de esa tarea a monseñor Héctor Bonino, un argentino-italiano ajeno a la carrera diplomática, que carecía de la confianza plena de la Secretaría de Estado a la hora de manejar cuestiones heterodoxas. Y el cuadro era, en efecto, singular: los soldados norteamericanos, entre alambradas y caballos de Frisia, instalaron un potente equipo de megafonía que durante las veinticuatro horas atronaba el aire con música de rock duro a toda potencia, dirigida a socavar el aguante psicológico del nuncio y sus refugiados. En el edificio, alojados por despachos y pasillos, vegetaban un nicaragüense jefe de la contrainteligencia de Noriega, cinco etarras vascos, un asesor económico cubano que amenazaba todo el tiempo con suicidarse si no lo devolvían sano y salvo a La Habana, un agente del Cesid español que entraba y salía como Pedro por su casa para jugar al ajedrez con el nuncio e informar a Madrid, tres narcotraficantes colombianos, y el propio general Noriega alias Carapiña, con aquella cara devastada por cráteres lunares puesta a precio por los norteamericanos. A cambio del asilo, monseñor Bonino exigía que sus invitados asistieran a misa diaria; y era conmovedor verlos darse fraternalmente la paz unos a otros, el cubano a los narcos, los etarras al nicaragüense y éste al del Cesid, con Noriega todo letanías y golpes de pecho bajo el ceño fruncido del nuncio, mientras en la calle Bruce Springsteen martilleaba Born in U.S.A. La noche crítica del asedio, cuando comandos Delta con la nariz pintada de negro intentaron asaltar la Nunciatura, Quart se mantuvo en contacto telefónico con los arzobispos de Nueva York y Chicago hasta conseguir que el presidente Bush desautorizase el allanamiento. Por fin Carapiña se entregó sin demasiadas condiciones, el nicaragüense y los etarras fueron trasladados discretamente fuera de Panamá, y los narcos se esfumaron por las buenas, reapareciendo más tarde en Medellín. Sólo el cubano, que salió el último, tuvo problemas cuando los marines detectaron su presencia dentro del maletero de un viejo Chevrolet Impala alquilado por Quart, donde el agente del Cesid español lo sacaba de la Nunciatura por amor al arte, jugándose la carrera. El acuerdo negociado para su salida era secreto, y precisamente por eso el soldado Kowalski no estaba al tanto. Tampoco era el suyo un oficio de sutilezas diplomáticas; así que el intento de mediación de Quart terminó con su hombro roto a pesar del alzacuello clerical y el pasaporte pontificio. En cuanto al cubano, un tipo nervioso llamado Girón, estuvo un mes en una cárcel de Miami. Y no sólo incumplió su promesa de suicidarse, sino que a la salida obtuvo asilo político en Estados Unidos tras una entrevista concedida al Reader's Digest, bajo el título: Yo también fui engañado por Castro.

Había un desconocido sentado en el vestíbulo, y se puso en pie cuando Quart salió del ascensor. Debía de rondar los cuarenta años y era grueso de cintura, con el pelo lacio lacado de peluquería escaseándole en la coronilla.

– Me llamo Bonafé -se presentó-. Honorato Bonafé.

Quart se dijo que pocos nombres contradecían con tanto descaro el aspecto de su propietario. Honorabilidad y buena fe eran los últimos conceptos asociables con aquella papada prematura que parecía prolongación de las mejillas, y los párpados abolsados en torno a unos ojos pequeños y astutos, que miraban a su interlocutor como preguntándose cuánto podrían obtener por su traje y sus zapatos, si lograban hacerse con ellos para venderlos de segunda mano.

– ¿Podemos hablar un momento?

Era un sujeto desagradable, pero más lo era su sonrisa: una mueca fija, obsequiosa y encanallada a un tiempo, semejante a la de un clérigo de la vieja escuela que intentase ganar el favor de un obispo. A aquel individuo, pensó Quart, le habría ido bien la ropa talar en vez del arrugado traje beige y el bolso de cuero sujeto a la muñeca izquierda por su correa. Una muñeca de mano pequeña, gordezuela y fofa, de esas que al estrechar otra sólo ofrecen la punta de los dedos.

Se detuvo Quart reservado, dispuesto a escuchar, mirando por encima de la cabeza del visitante el reloj de pared que marcaba quince minutos para la cita con Macarena Bruner. El otro siguió la dirección de su mirada, dijo de nuevo que sólo sería un momento, y luego alzó la mano del bolso casi a punto de apoyarla en el brazo del sacerdote. Quart miró aquella mano desaconsejando el contacto. El tal Bonafé detuvo el gesto a la mitad, en el aire, mientras desarrollaba una confusa presentación de intenciones en un tono cómplice que acentuó más el desagrado de Quart. Pero fue el nombre de la revista Q+S lo que disparó sus alarmas profesionales:

– Resumiendo, padre. Que me tiene a su disposición para lo que guste.

Fruncía Quart el ceño, receloso y desconcertado. Que se condenara si aquel tipo no acababa de guiñarle un ojo.

– Se lo agradezco. Pero no veo la relación.

– No la ve -Bonafé movió la cabeza como si compartiera una broma ingeniosa-. Y sin embargo todo está muy claro, ¿verdad?… Lo que hace en Sevilla.

Sangre de Dios. Era justo lo que faltaba: un individuo de semejante catadura inmiscuido en lo que Roma pretendía discretísimo trabajo con pies de plomo. Conteniendo su malestar, Quart se preguntó cómo eran posibles tantas filtraciones por todas partes.

– No sé a qué se refiere.

Su interlocutor lo miraba con mal disimulada insolencia:

– ¿De veras no lo sabe?

Era suficiente, así que Quart le echó una ojeada al reloj.

– Disculpe. Tengo una cita.

Anduvo por el vestíbulo hacia la calle, sin despedirse. Pero el otro caminó a su lado.

– ¿Me permite acompañarlo?… Podríamos conversar mientras tanto.

– No tengo nada que decir.

Dejó la llave en recepción y salió a la calle con el periodista detrás. Había restos de claridad en el cielo, recortando la silueta oscura de la Giralda. En la plaza Virgen de los Reyes se encendían las luces en ese momento.

– Creo que no me entiende -insistió Bonafé, sacando un ejemplar de Q+S que llevaba doblado en el bolsillo- Trabajo para esta revista -hizo una pausa ofreciéndosela a Quart; pero al ver que no mostraba interés volvió a guardarla-. Sólo pido una pequeña charla amistosa: usted me cuenta un par de cosas y yo seré buen chico. Le aseguro que ambos saldríamos beneficiados de esta cooperación.