Con un agravante. Peregil le echó un vistazo a la redonda silueta blanca de don Ibrahim, que aguardaba instrucciones, y luego a la Niña Puñales haciendo punto a la luz de las farolas, y al Potro del Mantelete apoyado en la esquina. A lo mucho que se complicaba su vida, venía a añadirse ahora una situación complementaria e incómoda: la información obtenida merced a los tres socios ya circulaba en el mercado, pues Peregil necesitaba liquidez con urgencia. Honorato Bonafé, director de Q+S, le había pasado aquella misma tarde otro cheque al portador, esta vez como pago por algunas confidencias sobre el cura de Roma, la ex -o lo que fuera- de su jefe, y el asunto de Nuestra Señora de las Lágrimas. Con ese precedente, la próxima tentación era obvia: Macarena Bruner y el cura elegante significaban otra primera página en cualquier revista sevillana. Y aquella cena en La Albahaca y sus eventuales derivaciones, por muy descafeinadas que llegaran a ser, eran el cling de una caja registradora sonando en las intenciones de Peregil. Pero Bonafé, aunque pagara bien, resultaba un tipo imprevisible y peligroso. Venderle un cura, o varios, tenía su pase. Mas añadir al lote la mujer del jefe por segunda vez, eso iba de la golfería a la alta traición institucionalizada. Y algunos billetes de mil los pintaba de verde el diablo.
Nada se perdía, sin embargo, con prever toda eventualidad. De sus años como investigador privado, Peregil recordaba aquello de que el plan se hace según la hipótesis más probable, y la seguridad conforme a la más peligrosa. Y lo más peligroso era no ligar ni una pareja cuando todo el mundo andaba con poker de ases y escaleras de color; así que, en lo que a supervivencia se refería, acumular información era su particular seguro de vida. Con tal pensamiento se volvió hacia el rostro grave de don Ibrahim, que aguardaba en la sombra con su habano humeando bajo el mostacho, el bastón al brazo y los pulgares en las sisas del chaleco. Estaba satisfecho de él y de sus colegas, y aquello le inyectó un poco de optimismo, hasta el punto de meterse la mano en el bolsillo para pagarle el Montecristo del restaurante; pero se contuvo a tiempo. No era cosa de acostumbrarlos mal. Además, igual lo del cigarro era mentira.
– Buen trabajo -dijo.
Don Ibrahim no respondió al elogio, limitándose a dar un par de chupadas al habano mientras miraba hacia la Niña Puñales y al Potro, dándole a entender a Peregil que era de justicia compartir con ellos la gloria correspondiente.
– Quiero que sigáis así -añadió el esbirro de Pencho Gavira-. Que el cura no vaya a mear sin que yo lo sepa.
– ¿Y qué hay de la dama?
Aquello eran aguas mayores. Peregil se mordía el labio inferior, inquieto.
– Discreción absoluta -concluyó por fin-. Sólo me interesa lo que ella tenga que ver con este cura, o con el más viejo. De eso no quiero que se os escape detalle.
– ¿Y de lo otro?
– ¿Qué es lo otro?
– Pues no sé. Ejem. Lo otro.
Don Ibrahim miraba alrededor, incómodo. Era lector diario de ABC, pero también solía echarle de vez en cuando un vistazo a Q+S, que la Niña Puñales compraba con el Hola, el Semana y el Diez Minutos; aunque en opinión del ex falso abogado aquélla era mucho más sensacionalista y de peor gusto que el resto.
Las fotos de la señora Bruner y el torero, por ejemplo, resultaban fuera de tono. A fin de cuentas ella era de familia ilustre; y además una mujer casada.
– Los curas -dijo Peregil- Vosotros centraos en los curas.
De pronto se acordó de lo que llevaba en la bolsa, y sacó de ella una cámara Canon con objetivo zoom de 80 a 200 milímetros Venía de comprarla de segunda mano, y esperaba que el desembolso -otro navajazo en el bajo vientre de sus maltrechas finanzas- acabara por valer la pena.
– ¿Sabéis hacer fotos?
Don Ibrahim compuso un gesto de suficiencia, como si la duda fuera ofensiva.
– Naturalmente -se tocaba el pecho con la mano que sostenía el bastón-. Yo mismo, en mi juventud, fui fotógrafo en La Habana -meditó un instante, para añadir-: Así costeé mis estudios.
A la débil luz de la plaza, Peregil veía brillar sobre la barriga del ex falso letrado la cadena de oro con el reloj de Hemingway.
– ¿Tus estudios?
– Eso es.
– Los de abogado, supongo.
Todo había salido años atrás en la prensa y ambos lo sabían de sobra, como Sevilla entera. Aun así don Ibrahim tragó saliva, sosteniendo con gravedad la mirada de su interlocutor:
– Naturalmente -después hizo una digna pausa y añadió, con valor-: No tengo otros.
Le dio Peregil la bolsa sin más comentarios. Después de todo qué sería de nosotros sin nosotros mismos, pensaba. La vida es un naufragio, y cada uno echa a nadar como puede.
– Quiero fotos -ordenó- Cada vez que ese cura y la señora se encuentren donde sea, quiero que les hagáis una foto. De modo discreto, ¿eh?… Sin que lo noten. Ahí tenéis también dos rollos de película de alta sensibilidad por si hay poca luz; así que no se os vaya a ocurrir tirar con flash.
Se habían ido bajo un farol, y don Ibrahim miraba el contenido de la bolsa.
– Mal se nos puede ocurrir -dijo-. Aquí no hay ningún flash.
Peregil, que encendía un pitillo, miró al indiano mientras se encogía de hombros:
– No te jode. El más barato cuesta cinco mil duros.
La Albahaca era una antigua mansión del siglo XVII. Los propietarios tenían la vivienda en la segunda planta, y tres salones de la parte baja se habían convertido en restaurante. Aunque todas las mesas estaban ocupadas, el maítre -Macarena Bruner lo llamaba Diego- les había reservado una en el mejor salón, junto a la gran chimenea y bajo una vidriera emplomada que daba a la plaza de Santa Cruz. Habían hecho una entrada espectacular, vestidos ambos de negro, ella bellísima en su traje de chaqueta con falda corta, escoltada por la silueta oscura y delgada de Lorenzo Quart. La Albahaca era uno de los lugares a donde cierta clase de sevillanos llevaban a sus invitados venidos de fuera, a mostrarlos y a hacerse ver, y la entrada de la hija de la duquesa del Nuevo Extremo con el sacerdote no pasó en absoluto inadvertida. Macarena había cambiado un par de saludos al llegar, y desde las mesas próximas no se les quitaba ojo de encima. Se inclinaban las cabezas, las bocas cuchicheaban en voz baja y las joyas relucían entre las candelas encendidas. Mañana, se dijo Quart, esto va a saberlo toda Sevilla.
– No he estado en Roma desde mi viaje de boda -contaba ella, en apariencia indiferente a la expectación suscitada-. El Papa nos recibió en audiencia especial. Yo iba de negro, con teja y mantilla. Muy española… ¿Por qué me mira de ese modo?
Quart masticó despacio el último trocito de foie de oca y situó cuchillo y tenedor en el borde inferior de su plato, ligeramente inclinados hacia la derecha. Por encima de la llama de la vela, los ojos de Macarena Bruner seguían todos sus movimientos.
– No parece una mujer casada.
Ella se echó a reír, y la llama puso reflejos de miel en sus ojos oscuros:
– ¿Cree que la vida que llevo no conviene a una mujer casada?
Quart apoyó un codo en la mesa mientras ladeaba un poco la cabeza, evasivo:
– Yo no juzgo ese tipo de cosas.
– Pero ha venido con alzacuello, en vez de la corbata que me prometió.
Se miraron sin prisas el uno al otro. Ahora el resplandor interpuesto de la vela ocultaba la parte inferior del rostro de la mujer, aunque Quart adivinó la sonrisa en el brillo de su mirada.
– En lo que a mi vida se refiere -dijo Macarena Bruner-, no hago de ella ningún secreto. He abandonado el domicilio conyugal. También tengo un amigo que es torero. Y antes del torero hubo algún otro -la pausa fue calculada, perfecta; y muy a pesar suyo, él admiró su temple-… ¿No se siente escandalizado?