Выбрать главу

Quart puso un dedo sobre la empuñadura del cuchillo, en el filo del plato. Su trabajo no consistía en escandalizarse de esas cosas, repitió con suavidad. El asunto competía más bien al padre Ferro, confesor de la dama. También entre los curas había especialidades.

– ¿Y cuál es la suya?… ¿Cazador de cabelleras, como dice el arzobispo?

Alargó una mano, apartando el candelabro que ardía en mitad de la mesa. Ahora podía vérsele la boca, grande y dibujada, con el labio superior en forma de corazón y el destello blanco de los incisivos, gemelo al collar de marfil en la piel morena del cuello. Llevaba la chaqueta sobre una blusa de seda cruda escotada y ligera. La falda era muy corta, con un borde de encaje sobre las medias negras y los zapatos de tacón bajo, del mismo color. El conjunto subrayaba unas piernas demasiado largas y bien torneadas para la tranquilidad espiritual de cualquier cura, incluido Quart; con la diferencia de que él poseía más mundo a cuestas que la mayor parte de los curas que conocía. Aunque tampoco eso garantizase nada.

– Hablábamos de usted -dijo, recreándose en el curioso instinto que lo impelía a ponerse de lado, como en los duelos antiguos, cuando la gente se perfilaba para esquivar el pistoletazo.

Ahora los ojos de Macarena Bruner se cargaban de ironía:

– ¿De mí? ¿Qué más puede interesarle?… Mido un metro setenta y cuatro, tengo treinta y cinco años que no aparento, una carrera universitaria, pertenezco a la hermandad de la Virgen del Rocío, y en la feria de Sevilla nunca me visto de flamenca, sino con traje corto y sombrero cordobés -hizo una corta pausa, como haciendo memoria, y se miró la pulsera de oro de la muñeca izquierda, desprovista de reloj-… Cuando mi boda, mi madre me cedió el ducado de Azahara, título que no utilizo, y a su muerte heredaré otros treinta y tantos más, doce grandezas de España, la Casa del Postigo con algunos muebles y cuadros, y lo justo para ir viviendo sin perder las maneras. Soy quien se encarga de la conservación de lo que queda, y de poner en orden los archivos de la familia. Ahora trabajo en un libro sobre los duques del Nuevo Extremo cuando los Austrias… En cuanto al resto, no hace falta que yo se lo cuente -tomó la copa de vino para llevársela a la boca-. Puede hojear cualquier revista.

– No parece que le importe mucho.

Ella bebió un corto sorbo y se quedó mirando a Quart, la copa todavía en alto.

– Y es cierto. No me importa. ¿Quiere que le haga confidencias?

Quart movió la cabeza gris.

– No lo sé -se sentía sincero y tranquilo. También expectante, con una extraña y divertida lucidez. Lo atribuyó de pasada al vino, que por otra parte apenas había probado-. En realidad no sé por qué me ha invitado a cenar esta noche.

Vio beber otra vez a Macarena Bruner. Más despacio, reflexionando con el gesto.

– Se me ocurren varias razones -dijo ella por fin, poniendo la copa sobre el mantel-. Es extremadamente cortés, por ejemplo. Muy distinto a los modales untuosos que tienen algunos sacerdotes. En usted la cortesía parece una forma de mantener a distancia a los demás -le echó una rápida ojeada valorativa a la parte inferior del rostro, la boca tal vez, pensó Quart, y luego se fijó en las manos, que él mantenía ahora apoyadas por las muñecas en el borde de la mesa, a cada lado del plato que en ese momento un camarero se disponía a retirar-. También es silencioso; no aturde a la gente como un charlatán de feria. En eso me recuerda a don Príamo… -el camarero había retirado los platos y ella le sonrió a Quart-. Además lleva el pelo con canas prematuras y muy corto, como un soldado, igual que uno de mis personajes favoritos: Sir Marhalt, el caballero veterano e impasible de Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, de John Steinbeck. Quedé enamoradísima de Marhalt en cuanto lo leí, siendo jovencita. ¿Le parecen motivos suficientes?… Además, como dijo Gris, es usted un cura que sabe llevar bien la ropa. El cura más interesante que he visto nunca, si eso le sirve de algo -le dirigía una última mirada, que resultó incómoda en cinco segundos de más-… ¿Le sirve de algo?

– No gran cosa, en mi especialidad.

Macarena Bruner asintió suavemente, apreciando la tranquila respuesta.

– También me recuerda -prosiguió- a un capellán de mi colegio de monjas. Cada vez que iba a decir misa se notaba desde días antes, porque todas las madres andaban revueltas. Por fin se escapó con una, la más gordita, que nos daba clase de Química. ¿No sabe que las monjas se enamoran a veces de los curas?… Ése fue el caso de Gris. Era directora de un colegio universitario en Santa Bárbara, California. Y un día descubrió, horrorizada, que amaba al obispo de su diócesis. Habían anunciado su visita y allí estaba ella delante del espejo, depilándose las cejas y a punto de darse un poco de sombra en los ojos… ¿Qué le parece?

Se quedó mirando a Quart, al acecho de su reacción; pero él permaneció impasible. La propia Macarena Bruner se habría sorprendido de la cantidad de sacerdotes y religiosas a cuyos amores y odios sacaba punta el IOE. Se limitó a encoger un poco los hombros, animándola a proseguir. Si su intención había sido escandalizarlo, erraba el tiro. De lejos.

– ¿Y cómo lo resolvió?

Ella alzó una mano, moviéndola en el aire, y la pulsera relució al resbalar hacia atrás en su muñeca. Desde las mesas cercanas, una docena de pares de ojos seguían cada uno de sus gestos.

– Pues dándole un golpe al espejo, así, y al romperlo se cortó una vena. Después fue a ver a la superiora de su orden y le pidió un plazo de libertad, para reflexionar. De eso hace algunos años.

El maître estaba a su lado, imperturbable como si no hubiese escuchado una palabra. Esperaba que todo fuese bien, y quizá la señora deseara alguna otra cosa. Ella no había encargado más que la ensalada, y Quart tampoco quiso segundo plato, ni el postre con que la casa, desolada por la falta de apetito de la señora duquesa y el reverendo padre, deseaba obsequiarles. Decidieron seguir con el vino mientras aguardaban los cafés.

– ¿Hace mucho que se conocen usted y la hermana Marsala?

– Tiene gracia oírselo decir. La hermana Marsala… Nunca pensé de ese modo en ella.

Su copa estaba casi vacía. Quart tomó la botella de la mesita que tenían cerca y se la llenó. La suya seguía casi intacta.

– Gris es mayor que yo – prosiguió ella-, pero coincidimos en Sevilla varias veces hace tiempo. Venía mucho con sus alumnos norteamericanos: cursos de verano para extranjeros, Bellas Artes… La conocí cuando hacían prácticas de restauración en el comedor de verano de mi casa. Fui quien se la presentó al padre Ferro y logré que la metieran en el proyecto, cuando las relaciones con el arzobispo eran cordiales.

– ¿Por qué tanto interés en esa iglesia?

Lo estudió como si aquella pregunta fuese una idiotez. La había construido su familia. Sus antepasados estaban enterrados en ella.

– Pues a su marido no parece importarle mucho.

– Claro que no le importa. Pencho tiene otras cosas en la cabeza.

La luz de la vela arrancó brillos rojizos al ribera del Duero cuando acercó la copa a sus labios. Esta vez fue un largo trago, y Quart se creyó obligado a acompañarla un poco.

– ¿Y es cierto -dijo después, enjugándose la boca con una punta de la servilleta- que ya no viven juntos aunque siguen casados?

Lo miró, inquisitiva. Dos preguntas seguidas sobre su vida conyugal era algo que no parecía esperar aquella noche. Ahora bailaba un brillo divertido en los reflejos de miel.

– Cierto -respondió, tras un silencio-. No vivimos juntos. Y sin embargo ninguno ha pedido el divorcio, ni la separación, ni nada. El confía quizás en recuperarme; para eso se casó conmigo con el aplauso de todos. Yo era su consagración social.