– ¿Se refiere a don Príamo?
Quart enarcó las cejas con indiferencia calculada. En realidad no se refería a nadie en especial, aclaró. Pero ya que lo mencionaba, el padre Ferro era un ejemplo escasamente aconsejable. Muy a su aire, por decirlo de un modo piadoso. Pecado capital número uno, según se entra en el Catecismo y a la derecha.
– Usted no conoce nada de su vida, así que no puede juzgar.
– No pretendo juzgar -se permitió otra mueca-, sino comprender.
– Ni siquiera comprender -ella insistía con calor-. Fue párroco rural durante media vida, en un pueblecito perdido de los Pirineos… Pasaba meses bloqueado por la nieve, y a veces debía recorrer ocho o diez kilómetros para llevar la extremaunción a un moribundo. Sólo había viejos, y se le fueron muriendo uno a uno. Los enterraba con sus propias manos, hasta que ya no hubo nadie. Eso le metió en la cabeza ciertas ¡deas fijas sobre la vida y sobre la muerte, y sobre el papel que ustedes los sacerdotes desempeñan en el mundo… Para él, esta iglesia es muy importante. La cree necesaria, y afirma que cada iglesia que se cierra o se pierde es un trozo de cielo que desaparece. Y como nadie le hace caso, en vez de rendirse, lucha. Suele decir que ya perdió demasiadas batallas allá arriba, en las montañas.
Todo eso estaba muy bien, admitió Quart. Muy conmovedor. Incluso había visto un par de películas de argumento parecido. Pero el padre Ferro seguía sujeto a la disciplina eclesiástica. Los curas, precisó, no podemos andar por la vida proclamando repúblicas independientes por nuestra cuenta. No en los tiempos que corren.
Ella movía la cabeza:
– No lo conoce lo suficiente.
– Ni él me lo permite.
– Mañana arreglaremos eso. Se lo prometo -le miraba las manos de nuevo-. En cuanto a su pobreza líquida, parece real. Apenas prueba el vino… Respecto a la otra, usted viste muy bien. Sé reconocer la ropa cara, incluso en un sacerdote.
– Mi trabajo tiene algo que ver. Hay que tratar con gente. Salir a cenar con atractivas duquesas sevillanas -se sostuvieron la mirada, y nadie sonrió esta vez-. Considérela un uniforme.
Hubo un breve silencio que nadie quiso llenar y que Quart encaró con calma. Fue ella quien habló por fin, al cabo de un momento:
– ¿También tiene sotana?
– Claro. Aunque la uso poco.
Trajeron la cuenta y él quiso hacerse cargo, pero Macarena Bruner no lo dejó. Soy yo quien invita, le dijo a Quart, inflexible. Así que éste se la quedó mirando mientras sacaba del bolso una tarjeta oro American Express. Siempre envío las cuentas a mi marido, apuntó con malicia cuando se fue el camarero. Le sale más barato que una pensión de divorcio.
– Nos queda comentar uno de sus tres votos -añadió más tarde-. ¿También practica la castidad compartida?
– Me temo que la castidad la practico a secas.
La vio asentir lentamente y recorrer luego el comedor con la mirada, antes de volver a él de nuevo. Ahora le observaba la boca y los ojos, valorativa:
– No me diga que nunca ha estado con una mujer.
Hay preguntas que no pueden responderse a las once de la noche en un restaurante de Sevilla, a la luz de una vela; pero ella no parecía esperar una respuesta. Extrajo con parsimonia del bolso un paquete de cigarrillos, se puso uno en la boca, y después, con un descaro a la vez natural y calculado, introdujo la mano derecha a la izquierda de su escote, en busca de un encendedor de plástico que llevaba entre la piel y el tirante del sujetador. Quart la observó encender el cigarrillo, negándose a pensar en nada. Y sólo un poco más tarde accedió a preguntarse en qué endiablado embrollo se estaba metiendo.
En realidad, por la educación recibida en Roma y el trabajo de los últimos diez años, la actitud de Quart respecto al sexo había evolucionado de modo distinto al que solían orientar, en los sacerdotes, el comadreo y sordidez del seminario y las normas generales de la institución eclesiástica. En un mundo cerrado, regido por el concepto de culpa, que negaba el contacto con la mujer y donde la única solución oficiosamente aceptada residía en la masturbación o el sexo clandestino y su posterior expiación por el sacramento de la penitencia, la vida diplomática y el trabajo para el Instituto de Obras Exteriores facilitaban lo que monseñor Spada, siempre hábil con los eufemismos, definía como coartadas tácticas. El bien general de la Iglesia, considerado como fin, justificaba a veces el empleo de ciertos medios; y en ese sentido, el atractivo de cualquier apuesto secretario de nunciatura entre las esposas de ministros, financieros y embajadores, víctimas fáciles del instinto de adopción ante sacerdotes jóvenes o interesantes, abría muchas puertas infranqueables por monseñores o eminencias más viejos y correosos. Era lo que monseñor Spada llamaba síndrome de Stendhal, en memoria de dos personajes -Fabricio del Dongo y Julián Sorel- cuyas peripecias había aconsejado leer a Quart apenas ingresado en el IOE. Para el Mastín, la cultura no estaba reñida con el adiestramiento. Todo esto dejaba el asunto a la discreción moral y a la inteligencia de cada protagonista, a fin de cuentas agente de Dios en un campo de batalla donde sus fuerzas eran la oración y el sentido común. Porque, junto a las ventajas de una confidencia obtenida en recepciones, charlas privadas o confesionarios, el sistema encerraba sus riesgos. Muchas mujeres acudían buscando la sustitución afectiva de hombres inalcanzables o maridos indiferentes; y nada más perturbador, para el viejo Adán siempre al acecho bajo buena parte de las sotanas, que la inocencia de una adolescente o las confidencias de una mujer frustrada. En última instancia, la indulgencia oficiosa de los superiores estaba más o menos asegurada -la nave de Pedro era antigua, superviviente y sabia- en función de la ausencia de escándalo y de los resultados operativos.
Paradójicamente en un hombre que sólo poseía la fe del soldado profesional, ése no era el caso de Quart. Cierto es que, en él, la castidad consistía en pecado de orgullo antes que en virtud; pero así era la regla en torno a la que ordenaba su vida. Y como alguno de los fantasmas que acompañaban a sus ojos abiertos en la oscuridad, el templario con la espada como único apoyo bajo un cielo sin Dios necesitaba apelar a la regla, si quería afrontar con dignidad el retumbar de la caballería sarracena acercándose a lo lejos, desde la colina de Hattin.
Retornó al presente con esfuerzo. Ella fumaba con el codo sobre la mesa, el mentón en la palma de la mano donde sostenía el cigarrillo. Por alguna razón, sin llegar siquiera a rozarlas, sintió la proximidad turbadora de sus piernas. Los reflejos doraban los ojos oscuros junto a la llama de la vela, muy próximos, y a él le hubiera bastado extender el brazo para rozar con los dedos su piel, bajo el cabello negro que de nuevo caía sobre el hombro, marfil del collar, oro de la pulsera, blanco de los incisivos reluciendo suavemente en la boca entreabierta. Y entonces, con gesto deliberado, aquella misma mano en cuyos dedos cosquilleaba el deseo se introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta y, cogiendo la postal del capitán Xaloc, la puso entre los dos, sobre el mantel.
– Hábleme de Carlota Bruner.
Todo cambió en un instante. Ella apagó el cigarrillo en el cenicero y se lo quedó mirando desconcertada. Los reflejos de miel se habían desvanecido.
– ¿Dónde consiguió esa postal?
– Alguien la puso en mi habitación.
Macarena Bruner observaba la imagen amarillenta de la iglesia. Movió la cabeza:
– Es mía. Del baúl de Carlota. Es imposible que la tenga usted.
– Pues ya ve. La tengo -Quart cogió la postal entre el pulgar y el índice y le dio vuelta, mostrando la cara escrita-. ¿Por qué no lleva matasellos?
Los ojos de la mujer iban de la tarjeta a Quart, preocupados.
Entonces él repitió la pregunta y ella asintió, pero estuvo un rato en silencio antes de responder.