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– Porque no se envió nunca -había cogido la tarjeta y la estudiaba-. Carlota era tía abuela mía. Estaba enamorada de Manuel Xaloc, un marino sin fortuna. Gris me ha dicho que le contó la historia… -movió la cabeza igual que si negase algo; aunque tal vez fuese un gesto desolado, de impotencia o tristeza-. Cuando el capitán Xaloc emigró a América, ella le escribió una carta o una postal casi cada semana, durante años. Pero su padre el duque, mi bisabuelo Luis Bruner, quiso impedirlo. Así que sobornó a los funcionarios de Correos de la ciudad. En seis años ella no recibió ni una carta, y creemos que él tampoco. Cuando Xaloc regresó a buscarla, Carlota había perdido la razón. Pasaba los días en la ventana, mirando el río. No fue capaz de reconocerlo.

Quart señaló la postal.

– ¿Y las cartas?

– Nadie se atrevió a destruirlas. Fueron a parar al baúl donde se guardaron las cosas de Carlota a su muerte, en 1910. Ese baúl me sedujo cuando niña: me probaba los vestidos, los collares de azabache… -Quart la vio iniciar un esbozo de sonrisa, pero sus ojos volvieron a la postal y ésta se le borró de la boca- En su juventud, Carlota viajó con mis bisabuelos a la Exposición Universal de París, a Túnez, donde visitó las ruinas de Cartago y se trajo monedas antiguas… También hay folletos de viajes, de barcos y hoteles: el resumen de una vida, entre viejos encajes y muselinas apolilladas. Imagínese el efecto en mí, con diez o doce años: leí las cartas una por una, y el personaje romántico de mi tía abuela me fascinó. Me fascina todavía.

Trazaba con una uña signos en el mantel, alrededor de la postal. Al cabo de un instante se detuvo, pensativa.

– Una hermosa historia de amor -añadió, alzando los ojos hasta Quart-. Y como todas las hermosas historias de amor, fue una historia desgraciada.

Quart guardaba silencio por miedo a interrumpirla. Fue el camarero quien lo hizo, al acercarse con el recibo de la tarjeta de crédito. Quart observó la firma: nerviosa, llena de ángulos aguzados como puñales. Ella miraba ahora la colilla apagada en el cenicero, ausente.

– Hay una canción bellísima- prosiguió al cabo de un momento- que canta Carlos Cano con letra de Antonio Burgos: «Aún recuerdo el piano / de aquella niña / que había en Sevilla…», y cada vez que la oigo siento ganas de llorar… ¿Sabe que existe, incluso, una leyenda sobre Carlota y Manuel Xaloc? -sonrió por fin, insólitamente tímida e indecisa, y Quart supo que ella creía esa leyenda-. En las noches de luna, Carlota regresa a su ventana mientras, en el Guadalquivir, la goleta fantasma de su amante suelta amarras y zarpa río abajo -se había inclinado sobre la mesa, de nuevo con reflejos dorándole los ojos, y Quart volvió a experimentar la certeza inquietante de estar demasiado cerca-. De pequeña pasé noches enteras apostada en mi cuarto, espiándolos. Y una vez los vi. Ella era una silueta pálida en la ventana; y abajo, en el río, entre la niebla, las velas blancas de un barco antiguo se deslizaban despacio hasta perderse de vista.

Calló, de pronto. Se había echado hacia atrás en la silla. De nuevo la distancia entre ella y Quart.

– Después de sir Marhait -añadió- mi segundo amor fue el capitan Xaloc… -su mirada era una provocación-. ¿Le parece una historia absurda?

– En absoluto. Cada uno tiene sus fantasmas.

– ¿Cuáles son los suyos?

Ahora le tocó a Quart el turno de sonreír desde muy lejos. Tan lejos que Macarena Bruner nunca habría podido llegar hasta allí para comprobar de qué se trataba, en el improbable caso de que él hubiese añadido palabras a aquella sonrisa. Viento y sol, y lluvia. Sabor a sal en la boca. Recuerdos tristes de una infancia humilde, rodillas manchadas de tierra húmeda y largas esperas frente al mar. Fantasmas de una juventud intelectual estrecha, dominada por la disciplina, con algunos recuerdos felices de compañerismo en comunidad y breves períodos de ambición satisfecha. La soledad en un aeropuerto, en un libro, en el cuarto de un hotel. Y el miedo o el odio en los ojos de otros hombres: el banquero Lupara, Nelson Corona, Príamo Ferro. Cadáveres reales o imaginarios, pasados o futuros, en su conciencia.

– No tienen nada de especial -dijo impasible-. También hay buques que zarpan y no regresan. Y un hombre. Un caballero templario con cota de malla que se apoya en su espada, en un desierto.

Ella lo miró de un modo extraño, como si lo viera por primera vez. Y no dijo nada.

– Pero los fantasmas -añadió Quart, tras el silencio- no dejan postales en las habitaciones de hotel.

Macarena Bruner tocó la tarjeta, que seguía sobre el mantel mostrando la cara escrita: Aquí rezo por ti cada día… Sus labios se movieron silenciosamente al leer las palabras que nunca llegaron al capitán Xaloc.

– No lo comprendo -dijo-. Estaba en mi casa, con el baúl y el resto de las cosas de Carlota. Alguien la cogió de allí.

– ¿Quién?

– No tengo la menor idea.

– ¿Cuántos conocen la existencia de esas cartas?

Se lo quedó mirando como si no hubiera oído bien y esperase que repitiera la pregunta, mas no lo hizo. Saltaba a la vista que reflexionaba a toda prisa.

– No -concluyó-. Es demasiado absurdo.

Quart movió una mano y vio que Macarena Bruner retrocedía casi imperceptiblemente en la silla, siguiendo el gesto igual que si temiera sus consecuencias. Cogió la postal y la volvió para mostrar la foto de la iglesia.

– No hay nada absurdo en esto -opuso él-. Se trata del lugar donde está enterrada Carlota Bruner, junto a las perlas del capitán Xaloc. El edificio que su marido quiere derribar y que usted defiende. Un lugar que es objeto de mi viaje a Sevilla y donde, accidentes o no, han muerto dos personas -alzó los ojos hacia la mujer-. Una iglesia que, según un misterioso pirata informático llamado Vísperas, mata para defenderse.

Ella inició otra sonrisa que no llegó a materializarse del todo. En su lugar quedó una mueca preocupada, absorta.

– No diga eso. Me da miedo.

Había más malhumor que aprensión en esas palabras. Quart miró el mechero de plástico al que ella daba vueltas entre los dedos, y supo que Macarena Bruner le acababa de mentir. Ella no era de esas mujeres que se asustan por cualquier cosa.

Desde que Vísperas había dado señales de vida una semana antes, el padre Ignacio Arregui y su equipo de jesuítas expertos en informática vigilaban en turnos de doce horas el sistema central del Vaticano. Aquella noche faltaban diez minutos para la una de la madrugada, y Arregui fue en busca de una taza de café a la máquina expendedora del pasillo. La máquina se había tragado las monedas de cien liras sin proporcionar a cambio más que un vaso vacío y un chorrito de azúcar, y el jesuíta se daba a todos los diablos mirando a través de la ventana la sombra oscura del palacio Belvedere, al otro lado de la calle iluminada por faroles bajo los que en ese momento pasaba la ronda nocturna de suizos. Arregui buscó en los bolsillos de la sotana, reuniendo monedas para intentarlo por segunda vez. Ahora el café salió sin azúcar, por lo que hubo de recurrir al vaso anterior -que por suerte había permanecido en posición erguida en la papelera- para endulzar el brebaje. Después regresó a la sala de ordenadores, quemándose los dedos pulgar e índice a través del plástico del vaso.

– Ahí lo tenemos, padre.

Cooey, el irlandés, se había quitado las gafas y frotaba los cristales con un kleenex, mirando excitado la pantalla de su ordenador. Otro joven jesuíta, un italiano llamado Garofí, tecleaba desesperadamente en el segundo ordenador a la caza del intruso.

– ¿Es Vísperas? -preguntó Arregui. Miraba la pantalla por encima del hombro de Cooey, fascinado por el parpadeo de los iconos rojos y azules y la velocidad vertiginosa a que desfilaban los ficheros recorridos por el pirata informático. Ese ordenador reproducía los movimientos del hacker, mientras el de Garofi trabajaba en su identificación y localización.