Macarena Bruner encogió los hombros.
– Pencho nunca lo fue -había cogido un terrón del azucarero y lo chupaba, distraída. Quart la estuvo mirando hasta que de pronto alzó los ojos hacia él, con el azúcar deshaciéndosele en la boca-. Ni pretende hacerse pasar por tal.
– No, claro -la ironía silbó de pronto, inesperada, en boca de la vieja dama-. Tu padre, ése sí que era un caballero. Un caballero andaluz.
Se quedó pensativa, tocando con la punta de los dedos el zócalo de azulejos que rodeaba la fuente del patio. Aquellos azulejos, le explicó inesperadamente a Quart sin que viniese a cuento, eran del siglo XVI y estaban dispuestos según las más ortodoxas leyes de la heráldica: no encontraría en toda la casa un solo color junto a otro color, ni metal junto a metal. Ningún rojo y verde, o plata y oro, iban emparejados, sino fronteros.
– Un caballero andaluz -repitió, al cabo de un instante de silencio. Y la línea de carmín en sus labios marchitos y casi inexistentes se agitó un poco, igual que una sonrisa amarga que no hubiese llegado a concretarse nunca en público.
Macarena Bruner movía la cabeza como si el anterior silencio hubiera estado destinado a ella:
– Para Pencho la iglesia no significa nada -parecía dirigirse a Quart más que a su madre-. Se traduce en metros cuadrados de suelo urbanizable. No podemos exigirle que comparta nuestros puntos de vista.
De nuevo intervino la duquesa:
– Desde luego -afirmó-. Quizás alguien de tu clase.
A su hija no le gustó aquello. Ahora la miraba muy seria:
– Tú te casaste con alguien de tu clase.
– Tienes razón -la anciana volvía a esbozar una sonrisa triste-. Al menos, hombre por hombre, tu marido lo es de la cabeza a los pies. Valiente, con esa insolencia que da no contar sino con las propias fuerzas… -le dirigió una rápida mirada al párroco-. Nos guste o no lo que haga con nuestra iglesia.
– Aún no lo ha hecho -opuso Macarena-. Y no lo hará, si puedo evitarlo.
Cruz Bruner frunció un poco más los labios:
– Pues se lo estás haciendo pagar bien caro, hija mía.
Se adentraban en un terreno donde la vieja dama parecía molesta, y la forma de dirigirse a su hija mostraba una discreta censura. Esta contempló el vacío sobre el hombro de Quart, satisfecho de no ser el objeto ausente de aquella mirada.
– No ha terminado de pagar -murmuró Macarena
– De un modo u otro -opinó la madre-, siempre será tu marido, vivas con él o no. ¿Verdad, don Príamo?… -de nuevo dueños de si, los ojos húmedos y burlones se posaron en Quart-. Al padre no le gusta mi yerno, pero sostiene el carácter indisoluble del matrimonio. De cualquier matrimonio.
– Es cierto -al párroco le habían caído gotas de chocolate en la sotana y se las sacudía con la mano, airado- Lo que un sacerdote ata en la tierra no puede desatarlo ni Dios.
Qué difícil pensaba Quart, trazar la línea objetiva entre orgullo y virtud. Entre verdad y error. Resuelto a mantenerse al margen, miraba bajo sus zapatos el mosaico romano traído de Itálica por los antepasados de Macarena Bruner. Una nave y peces alrededor, y algo que parecía una isla con árboles y una mujer en la orilla con un cántaro, o un ánfora. También había un perro con la leyenda Cave canem y una mujer y un hombre que se tocaban. Algunas piedrecillas incrustadas estaban sueltas, y las acomodo con el pie.
– ¿Y qué dice de todo esto ese banquero, Octavio Machuca? -preguntó, y en el acto vio dulcificarse la expresión de la duquesa.
– Octavio es un buen y viejo amigo. El mejor que tuve nunca.
– Está enamorado de la duquesa -dijo Macarena.
– No digas tonterías.
La anciana señora se abanicaba, mirando a su hija con desaprobación. Macarena insistió, echándose a reír, y la duquesa se vio forzada a admitir que Octavio Machuca le había hecho un poco la corte al principio, recién establecido en Sevilla, cuando era soltera. Pero semejante matrimonio resultaba inimaginable en la época. Después ella se casó. El banquero nunca lo hizo mas tampoco se insinuó nunca en vida de Rafael Guardiola, que era su amigo. Esto lo dijo como si de algún modo lo lamentara, sin que Quart pudiera averiguar si se refería a una cosa u otra.
– Te pidió que te casaras con él -apuntó Macarena.
– Eso fue más tarde, ya viuda. Pero creí mejor dejar las cosas como estaban. Ahora paseamos cada miércoles por el parque. Somos viejos y buenos amigos.
– ¿De qué hablan? -se interesó Quart, sonriendo para templar la indiscreción.
– De nada -dijo la hija-. Los he espiado, y se limitan a coquetear en silencio.
– No le haga caso. Me apoyo en su brazo y charlamos de nuestras cosas. Del tiempo que se fue. De cuando él era un joven aventurero, antes de sentar cabeza.
– Don Octavio le recita El tren expreso, de Campoamor.
– ¿Cómo sabes tú eso?
– Me lo ha contado él.
Cruz Bruner se irguió tocándose el collar de perlas, con un rastro de antigua coquetería:
– Pues sí, es verdad. Sabe que me gusta mucho. «Mi carta, que es feliz pues va a buscaros, / cuenta os dará de la memoria mía…» -los versos quedaron suspendidos en una sonrisa melancólica-. También hablamos de Macarena. La quiere como a una hija y fue su padrino de boda… Mire la cara que pone el padre Ferro. A él tampoco le gusta Octavio.
El párroco arrugaba el gesto, despechado. Se hubiera dicho que aquellos paseos lo ponían celoso. Los miércoles eran los días que la duquesa del Nuevo Extremo rezaba el rosario sin él, y tampoco lo invitaba a merendar.
– Ni me gusta ni me deja de gustar, señora -apuntó incómodo-. Pero considero censurable la postura de don Octavio Machuca en el problema de Nuestra Señora de las Lágrimas. Pencho Gavira es subordinado suyo, y podía prohibirle seguir adelante con este sacrilegio -el desagrado endurecía más su rostro lleno de cicatrices-. En eso no las ha servido bien a ustedes dos.
– Octavio tiene un sentido de la vida extraordinariamente práctico -afirmó Cruz Bruner-. A él la iglesia le da lo mismo. Respeta nuestros vínculos sentimentales, pero también cree que mi yerno tomó la decisión adecuada -se quedó mirando los escudos nobiliarios labrados en las enjutas de los arcos del patio-. El futuro de Macarena, decía él, no era mantenerse a flote sobre los restos del naufragio, sino subirse a un yate nuevo y flamante. Y eso es mi yerno quien habría podido costeárselo.
– De todas formas -intervino su hija- hay que decir que don Octavio no toma partido ni a favor ni en contra. Permanece neutral.
Alzó don Príamo Ferro un dedo apocalíptico:
– No conozco neutrales cuando está de por medio la casa de Dios.
– Por favor, padre -Macarena le sonreía con dulzura-. Tómelo con calma. Y con un poco más de chocolate.
Rechazó el párroco aquella tercera taza con aire digno, para quedarse mirando, enfurruñado, la punta de sus gruesos zapatones sin lustrar. Ya sé a quién me recuerda, se dijo Quart. A Jock, el fox-terrier peleón y gruñón de La dama y el vagabundo, pero mucho más atravesado. Miró a la anciana duquesa:
– Antes se refirió usted a su padre el duque… ¿Era el hermano de Carlota Bruner?
La vieja dama pareció sorprendida.
– ¿Conoce la historia? -jugueteó un instante con las varillas del abanico; luego miró a su hija y por fin de nuevo a Quart-. Carlota era mi tía: hermana mayor de mi padre. Es un triste asunto de familia, como quizá usted sepa… Desde niña. Macarena estuvo obsesionada con esa historia. Se pasaba el día con su baúl, leyendo las desdichadas cartas que nunca llegaron, probándose viejos vestidos en la ventana donde dicen que ella se asomaba.