Parecía que otro Pencho Gavira distinto a él estuviese tomando por su cuenta las riendas del asunto, y el banquero se dejara llevar sin poder evitarlo. Casi resignado a su suerte, sonrió después de decir aquello. Era una sonrisa ancha, inquietante. Malditas sean todas las mujeres del mundo, decía la sonrisa. Por su culpa estamos usted y yo aquí, mirándonos a la cara.
– Bien, gracias -la voz del sacerdote sonaba considerada, dueña de sí, pero Gavira observó que se había ladeado ligeramente. Ya no le daba como antes el cuerpo de frente, sino que parecía disponerse a interponer el hombro izquierdo entre ambos. También había sacado la mano izquierda que antes llevaba en el bolsillo. A este cura, se dijo el banquero, ya le han sacudido antes.
– Hace días que intento hablar contigo -Gavira se dirigía a Macarena, sin perder de vista al otro-. Y no te pones al teléfono.
Ella encogió los hombros, desdeñosa.
– No hay nada de que hablar -dijo muy despacio y claro-. Además, he estado ocupada.
– Ya lo veo.
En su silla, la Heidegger cruzaba y descruzaba las piernas en beneficio de los transeúntes, el público y los camareros. Acostumbrada a ser centro de las conversaciones, aquello la hacía sentirse desplazada.
– ¿No me vas a presentar? -le preguntó desde atrás a Gavira, molesta.
– Cállate -el banquero se encaraba de nuevo con el sacerdote-. En cuanto a usted…
Vio por el rabillo del ojo que Peregil se había acercado un poco a la puerta, por si lo necesitaba. En ese momento pasó por la calle un tipo con chaqueta a cuadros y un brazo en cabestrillo. Tenía la nariz aplastada, igual que los boxeadores, y miró fugazmente a Peregil como si esperase alguna señal de éste. Al no obtener respuesta siguió camino calle abajo, perdiéndose tras la esquina.
– En cuanto a mí -dijo el sacerdote. Estaba endiabladamente tranquilo, y Gavira se preguntó cómo iba a salir él de aquello sin perder la cara o sin organizar un escándalo. Entre ambos. Macarena disfrutaba con el espectáculo.
– Sevilla engaña mucho, padre -dijo Gavira-. Le sorprendería lo peligrosa que puede llegar a ser, cuando no se conocen las reglas.
– ¿Las reglas? -el otro lo miraba con mucha calma-. Me sorprende usted, Moncho.
– Pencho.
– Ah.
El banquero sentía írsele la cabeza por momentos:
– No me gustan los curas sin sotana -añadió, áspero-. Parece que se avergüencen de serlo.
El sacerdote miraba a Gavira, imperturbable.
– No le gustan -repitió, como si aquello diese que pensar.
– En absoluto -el banquero movía la cabeza-. Y aquí las mujeres casadas son sagradas.
– No seas imbécil -dijo Macarena.
El cura miró distraídamente los muslos de la Heidegger, y luego otra vez a su interlocutor.
– Comprendo -dijo.
Gavira alzó una mano, apuntándole al otro el pecho con el dedo índice.
– No -la voz se le había vuelto lenta, espesa, con ecos de amenaza. Se arrepentía de cada palabra apenas pronunciada, pero era imposible evitarlo; todo era bastante cercano a una pesadilla-. Usted no comprende nada de nada.
Miraba el cura aquel dedo, como si le sorprendiera verlo allí. El velo rojo se espesaba ante los ojos de Gavira, y éste sintió, más que vio, a Peregil acercándose un poco más, buen subalterno presto al quite. Ahora sí había inquietud en los ojos de Macarena, cual si todo estuviese yendo mucho más lejos de lo previsto. Gavira sentía un irreprimible deseo de abofetearlos, primero a ella y luego al cura, y volcar en el gesto toda la rabia y el malhumor acumulado en las últimas semanas: la crisis de su matrimonio, la iglesia. Puerto Targa, el consejo de administración que en pocos días iba a decidir su futuro al frente del Cartujano. Por un momento le pasó ante los ojos toda su vida, la lucha paso a paso por levantar cabeza, el encaje de bolillos con don Octavio Machuca, la boda con Macarena, las innumerables veces que se había jugado el tipo a cara o cruz, y había ganado. Y ahora que estaba a punto de llegar, Nuestra Señora de las Lágrimas despuntaba allí, en mitad de Santa Cruz, semejante a un escollo. Era todo o nada: o lo esquivas o te hundes. Y el día que dejes de pedalear te caerás, como repetía el viejo.
Hizo un esfuerzo de voluntad para no alzar el puño y golpear al cura alto. Entonces vio que éste había cogido un vaso de la mesa, el suyo, y lo sostenía entre los dedos con aire distraído, pero muy cerca del borde donde podía cascarlo con sólo un gesto de la muñeca. Y Gavira comprendió que aquél no era un clérigo de los que ponen la otra mejilla. Eso tuvo la virtud de calmarlo de pronto, haciéndole mirar al otro con curiosidad. Incluso con retorcido respeto.
– Ése es mi vaso, padre.
Había casi desconcierto en su tono de voz. El sacerdote se excusó con una suave sonrisa, dejando el vaso sobre la mesa donde Penélope Heidegger tamborileaba impaciente con las uñas lacadas de rosa. Después hizo una leve inclinación de cabeza, y él y Macarena prosiguieron su camino sin más comentarios. Y Pencho Gavira se llevó el vaso de malta a los labios y bebió un larguísimo trago viéndolos irse pensativo, incluso agradecido, mientras a su espalda Peregil exhalaba un suspiro de alivio.
– Llévame a mi casa -dijo la Heidegger, que se había puesto de morros.
Gavira, que tenía los ojos fijos en la esquina por donde se iban su mujer y el cura, ni siquiera se volvió. Apuraba el vaso, reprimiendo las ganas de romperlo contra el suelo.
– Que te lleve tu madre.
Después le dio el vaso a Peregil, con una mirada que era una orden. Y Peregil, con un nuevo y resignado suspiro, estrelló lo más discretamente que pudo el vaso ante sus pies. Al hacerlo sobresaltó a una estrafalaria pareja que en ese momento pasaba frente al bar: un gordo vestido de blanco, con sombrero y bastón, que llevaba del brazo a una mujer con traje de lunares, caracolillo como el de Estrellita Castro y una cámara de fotos en la mano.
Se reunieron los tres pasada la esquina, bajo el pórtico árabe de la mezquita, en los escalones que olían a estiércol de coche de caballos y a la Sevilla de toda la vida. Don Ibrahim tomó asiento con dificultad apoyado en el bastón, la ceniza del puro desplomándosele en la inmensa barriga.
– Hemos tenido suerte -dijo-. Había suficiente luz para las fotos.
Se habían ganado el descanso de un par de minutos y estaba de buen humor, con la satisfacción del deber cumplido. Audaces fortuna llevat y todo eso; aunque no estaba muy seguro del verbo. La Niña Puñales fue a sentarse a su lado, tintineante de zarcillos y pulseras, la cámara fotográfica sobre la falda.
– Digo -confirmó su voz aguardentosa y ronca. Tenía los zapatos a un lado y se frotaba los tobillos huesudos, llenos de varices-. Esta vez Peregil no puede quejarse. Por sus muertos que no.
Don Ibrahim se daba aire con el panamá, acariciando su chamuscado bigote. En aquel momento de triunfo el aroma del habano le sabía a gloria bendita:
– No -rubricó, festivo-. No puede. Él mismo es testigo ocular de que todo se ha ejecutado de forma impecable; casi castrense. ¿No es cierto. Potro?… Planteamiento, nudo y desenlace. Igual que los comandos en las películas.
De pie como si montara guardia, pues nadie le había dicho que se sentara, el Potro del Mantelete hizo un gesto afirmativo:
– Mismamente -dijo-. Planteamiento y todo eso.
– ¿Por dónde van los tórtolos? -se interesó el ex falso letrado, encasquetándose de nuevo el sombrero.
El Potro echó un vistazo calle abajo y dijo que camino del Arenal; sobraba tiempo para alcanzarlos. La luz amarillenta de los faroles le endurecía más el rostro en torno a la nariz aplastada. Don Ibrahim cogió la cámara de la falda de la Niña y se la entregó a él.
– Anda, saca el carrete no vaya a estropearse.