– Largúese.
– ¿Perdón?
Bonafé ya no sonreía. Retrocedió un paso, mirando suspicaz la punta aguda de la llave que su interlocutor sujetaba entre los dedos de la mano izquierda. Quart había sacado la derecha del bolsillo, con los nudillos hinchados y cubiertos de una costra de sangre seca, y los ojos del periodista iban de la una a la otra, inquietos.
– Digo que se vaya de aquí, o hago que lo echen. Incluso puedo olvidar que soy clérigo y echarlo yo mismo -avanzó un paso hacia Bonafé, que retrocedió dos-. A patadas.
Protestó débilmente el periodista. La mano herida de Quart lo intimidaba:
– Usted no se atreverá…
No dijo más. Se daban precedentes evangélicos: los mercaderes del templo y todo eso. Incluso había un expresivo relieve sobre el particular a pocos metros de allí, en la puerta de la mezquita, entre San Pedro y un San Pablo que por cierto empuñaba espada. Así que la mano sana de Quart lo llevó dos o tres metros hacia atrás, en dirección a la puerta, ante los sorprendidos ojos del conserje de noche. Era como arrastrar una cosita menuda y fofa, sin consistencia. Desconcertado, Bonafé intentaba rehacerse arreglándose la ropa cuando recibió un último empujón que lo proyectó directamente a través de la puerta abierta hasta la calle. El bolso que llevaba en la muñeca se le había soltado, cayendo al suelo. Quart se inclinó a recogerlo y lo tiró a los pies del otro, en la acera.
– No quiero verlo más -dijo-. Nunca.
A la luz del farol de la calle, el periodista intentaba recomponer su dignidad. Le temblaban las manos y estaba despeinado, blanco de humillación e ira.
– Aún no he terminado con usted -articuló por fin. La voz se le rompía en un sollozo casi femenino-. Hijoputa.
No era la primera vez que lo llamaban aquello, así que Quart se encogió de hombros. Después, desentendiéndose del asunto, dio media vuelta para cruzar el vestíbulo rumbo a su habitación. Detrás del mostrador de recepción, todavía con una mano cerca del teléfono -un poco antes consideraba la posibilidad de llamar a la policía-, el conserje de noche tenía los ojos abiertos como platos. Ver para creer, decía su mirada, mezcla de estupefacción y de respeto. Vaya con el cura.
Aparte la inflamación y los rasguños en los nudillos de la mano derecha, Quart podía mover la articulación sin dificultad. Así que, maldiciendo en voz alta su estupidez, se quitó la chaqueta y fue hasta el cuarto de baño para lavar la herida con Multidermol. Después aplicó sobre la mano un pañuelo con todo el hielo que pudo conseguir en el minibar de la habitación. Estuvo así un rato ante la ventana, mirando la plaza Virgen de los Reyes y la catedral iluminadas tras el alero del Arzobispado, sin poderse quitar a Honorato Bonafé de la cabeza.
Cuando el hielo terminó de fundirse, la mano ya no estaba tan mal. Se acercó entonces a su chaqueta y sacó cuanto había en los bolsillos, ordenándolo sobre la cómoda antes de colgar la prenda en una percha del armario: cartera, estilográfica, tarjetas para notas, pañuelos de celulosa, monedas sueltas. La postal del capitán Xaloc quedó boca arriba, mostrando la vieja foto amarillenta de la iglesia, el aguador con su borrico diluido igual que un fantasma en el halo blanquecino que bordeaba la ilustración. Y la imagen, la voz, el olor de Macarena Bruner, acudieron de pronto; roto el dique donde aquello esperaba el momento de desbordarse. La iglesia, su misión en Sevilla, Bonafé, quedaron de pronto difuminados como la silueta del aguador evanescente, y todo fue sólo ella: su media sonrisa en la penumbra de los muelles del Guadalquivir, el reflejo de miel en los ojos oscuros, el olor tibio de su cercanía, la piel del muslo donde Carmen la cigarrera liaba hojas de tabaco húmedo bajo la falda arremangada y revuelta… Macarena desnuda en una tarde calurosa, contraste sobre sábanas blancas y el sol filtrándose en rayas horizontales entre las persianas, con minúsculas gotas de sudor en la raíz del pelo negro, y en el pubis oscuro, y en las pestañas.
Seguía haciendo mucho calor. Era casi la una de la madrugada cuando abrió la ducha y se desnudó despacio, dejando caer la ropa a sus pies. Y mientras lo hacía, el espejo del armario le devolvió la imagen de un desconocido. Un tipo alto de mirada sombría que se despojaba de los zapatos, los calcetines y la camisa, y después, con el torso desnudo, se inclinaba para soltar el cinturón y hacer que los pantalones negros se deslizaran hasta el suelo. El calzón de algodón blanco bajó por los muslos, descubriendo el sexo excitado por el recuerdo de Macarena. Por un instante Quart observó al extraño que lo miraba con atención desde el otro lado del espejo. Delgado, el vientre plano, las caderas estrechas, los pectorales marcados, firmes, como la curva de los músculos en los hombros y en los brazos. Tenía buen aspecto aquel individuo silencioso como un soldado sin edad y sin tiempo, desprovisto de su cota de malla y de sus armas. Y se preguntó para qué diablos le servía aquel buen aspecto.
El rumor del agua y la conciencia de su propio cuerpo le trajeron el recuerdo de otra mujer. Había ocurrido en Sarajevo, agosto del 92, durante un corto y azaroso viaje que Quart hizo a la capital bosnia para mediar en la evacuación de monseñor Franjo Pavelic, un arzobispo croata muy estimado por el papa Wojtila, cuya cabeza estaba amenazada tanto por los musulmanes bosnios como por los serbios. En aquella ocasión fueron necesarios 100.000 marcos alemanes, llevados por Quart a bordo de un helicóptero de Naciones Unidas -maletín sujeto con una cadena a su muñeca y escolta de cascos azules franceses- para que unos y otros consintieran en la evacuación del prelado a Zagreb, sin pegarle un tiro en un control callejero como ya habían hecho con su vicario monseñor Jesic, muerto por un francotirador. Era el Sarajevo de la época dura, bombas en las colas del agua y el pan, veinte o treinta muertos diarios y centenares de heridos que se amontonaban, sin luz ni medicamentos, en los pasillos del hospital de Kosovo; cuando ya no quedaba tierra en los cementerios y las víctimas recibían sepultura en campos de fútbol. Jasmina no era exactamente una prostituta. Había chicas que sobrevivían ofreciéndose como intérpretes a periodistas y diplomáticos en el hotel Holiday Inn, y a menudo intercambiaban con ellos algo más que palabras. El precio de Jasmina era tan relativo como todo en aquella ciudad: una lata de conservas, un paquete de cigarrillos. Se había acercado a Quart inducida por su indumentaria eclesiástica, contándole una historia que en la ciudad asediada resultaba poco originaclass="underline" un padre inválido y sin tabaco, la guerra, el hambre. Quart prometió conseguirle cigarrillos y algo de comida, y ella regresó por la noche, vestida de negro para eludir a los francotiradores. Por un puñado de marcos Quart le consiguió medio cartón de Marlboro y un paquete de raciones militares. Aquella noche hubo agua corriente en las habitaciones, y ella pidió permiso para darse la primera ducha en un mes. Se había desnudado a la luz de una vela, poniéndose bajo el chorro de agua mientras él la miraba fascinado, la espalda contra el marco de la puerta. Era rubia y tenía la piel clara y unos pechos grandes y firmes. Allí, el agua corriéndole por el cuerpo, se había vuelto a mirar a Quart con una sonrisa de invitación, agradecida. Pero él se quedó inmóvil, limitándose a devolverle la sonrisa. No fue esa vez cuestión de reglas. Sencillamente, ciertas cosas no podían hacerse a cambio de medio cartón de cigarrillos y una ración de comida. Así que cuando ella estuvo seca y vestida bajaron al bar del hotel, y a la luz de otra vela se bebieron media botella de coñac mientras las bombas serbias continuaban cayendo afuera. Después, con su medio cartón y su comida, Jasmina deslizó un rápido beso en la boca del sacerdote y se fue corriendo, entre las sombras.
Sombras y rostros de mujer. El agua fría corriéndole por la cara y los hombros hizo mucho bien a Quart. Mantenía la mano herida fuera del chorro, apoyada en los azulejos de la pared, y estuvo así un rato inmóvil, erizada la piel. Después salió, y el agua le goteaba por todo el cuerpo para dejar huellas en las baldosas del suelo. Se secó ligeramente con una toalla y fue a tumbarse en la cama, boca arriba. Rostros de mujer y sombras. Bajo su cuerpo desnudo, la silueta húmeda quedaba impresa en las sábanas. Puso la mano herida entre sus muslos y sintió crecer la carne, vigorosa y endurecida por el pensamiento y los recuerdos. Vislumbraba, a lo lejos, la silueta de un hombre que caminaba solo, entre dos luces. Un templario solitario, en un páramo, bajo un cielo sin Dios. Cerró los ojos, angustiado. Intentaba rezar, desafiando el vacío escondido en cada palabra. Sentía una inmensa soledad. Una tranquila y desesperada tristeza.