Gavira lo admitió vagamente, sin cuestionar la cosa. Miraba al viejo banquero y éste interpretó el gesto:
– Hablábamos de tu iglesia.
Aquilino Corvo pasó por alto el posesivo sin alterar la sonrisa, cosa que Gavira consideró de buen augurio. A fin de cuentas, el Arzobispado iba a recibir una substanciosa indemnización, amén del compromiso contraído por el Cartujano de construir una iglesia en otro sitio. Sin olvidar la fundación para la obra social entre la comunidad gitana, que el arzobispo había deslizado hábilmente en el paquete. En última instancia, alguien había tenido también que costearle la jofaina a Pilatos.
– Todavía es la iglesia de Su Ilustrísima -matizó atento Gavira, que nunca cerraba todos los caminos a nadie. Conocía los riesgos de negar retiradas dignas.
Monseñor Corvo agradeció el detalle con un gesto de la mano donde brillaba el anillo. Puesto que de iglesias se trataba, parecía obligado un comentario oficial al respecto.
– Conflicto doloroso -dijo tras breve silencio en busca de la frase adecuada.
– Pero inevitable -añadió Gavira.
Puso gesto de pésame para suavizar el matiz. Tono grave, algo sobreentendido de hombre a hombre, conscientes ambos de las decisiones penosas que a veces imponía el progreso. Por el rabillo del ojo vio intensificarse el brillo socarrón tras los párpados entornados de Octavio Machuca, y recordó que el viejo estaba al corriente de que, entre las ofertas hechas por el Cartujano a Su Ilustrísima, se contaba un informe todavía inédito sobre las actividades contrarias al celibato de media docena de clérigos de su diócesis. Todos eran sacerdotes muy queridos en sus parroquias, y la publicación de tales datos, que incluían fotografías y declaraciones, habría causado serio revuelo. Aquilino Corvo no contaba con medios ni autoridad técnica para encarar el problema, y un escándalo podía obligarlo a tomar decisiones que deseaba menos que nadie. Aquellos sacerdotes eran buenos hombres; y en tiempos de cambio y escasez de vocaciones, cualquier decisión precipitada arriesgaba ser inoportuna, y lamentable. Por eso Monseñor había aceptado con alivio el compromiso de Gavira para comprar y bloquear el informe. En la Iglesia católica, problema aplazado significaba problema resuelto.
De todos modos, concluyó Gavira, era difícil que Octavio Machuca conociera el resto de la operación; aunque la mirada del viejo banquero le hiciera sospechar que estaba al corriente. Una sensación incómoda, habida cuenta que el propio Gavira era inspirador de la maniobra, tras pagar a la agencia de detectives que realizó el trabajo, y recurrir después a sus influencias en la prensa para camuflar de favor al arzobispo lo que, en rigor, no era sino una impecable acción de chantaje.
– Su Ilustrísima garantiza su neutralidad -comentó Machuca, todavía observando las reacciones de Gavira-. Pero me contaba hace un momento que la actuación disciplinaria contra el padre Ferro va despacio. Por lo visto -los párpados redujeron su mirada a una estrecha rendija- el sacerdote enviado de Roma no ha logrado reunir suficientes pruebas contra él.
Monseñor Corvo alzó una mano, sugiriendo mayor precisión. Ahora se le veía molesto bajo su placidez pastoral. No se trataba exactamente de eso, apuntó su voz grave, perfecta para el pulpito. El padre Lorenzo Quart no había ido a Sevilla para actuar contra el párroco de Nuestra Señora de las Lágrimas, sino para proporcionar a Roma información especializada. Con exquisito énfasis, el prelado recordó a sus interlocutores que la sede hispalense, por pura formalidad eclesiástica, no podía actuar directamente. Hilvanó después los conceptos de penoso problema, párroco en edad avanzada, cuestión de disciplina y demás. Se daba con Roma una coincidencia de criterios, aunque había matices. En este punto Aquilino Corvo evitó los ojos de Gavira y miró a Octavio Machuca, consultándole silenciosamente sobre la oportunidad de proseguir. El anciano se mantuvo inescrutable, así que Su Ilustrísima apuntó que la gestión del padre Lorenzo no discurría con la, ejem, diligencia deseable. El propio arzobispo había alertado a sus superiores sobre ese punto, pero en semejante terreno tenía las manos atadas. Contemplaba los toros desde la barrera, si es que le permitían el símil laico. Esperaba haberse explicado bien.
– ¿Quiere decir -Gavira fruncía el ceño, irritado- que no prevé un alejamiento próximo del padre Ferro?
Esta vez el arzobispo alzó ambas manos, como a punto de decirles ite, missa est.
– Más o menos -ahora miraba la corbata de Gavira, evasivo-. Se conseguirá, por supuesto. Pero no en dos o tres días. Un par de semanas quizás -carraspeó incómodo-. Un mes, a lo sumo. Ya digo que el asunto está fuera de mis manos. Aunque tiene usted, por supuesto, toda mi simpatía.
Gavira alzó los ojos al Valdés Leal, dándose tiempo para reprimir cualquier inconveniencia. Sentía deseos de morderse los labios, o dar un golpe en la nariz del arzobispo. Contó hasta diez mirando los ojos vacíos de la Muerte, y al cabo se obligó a esbozar una sonrisa. Machuca no le quitaba ojo:
– Demasiado tiempo, ¿no es cierto? -preguntó el banquero.
Parecía dirigirse al arzobispo, pero las rendijas de sus párpados rapaces seguían apuntando a Gavira. Fue Monseñor quien se creyó en la obligación de responder. En lo que a su autoridad se refería -precisó-, mientras no llegara una orden de Roma y el padre Ferro continuase diciendo misa cada jueves, nada podía hacer.
Gavira no pudo disimular su mal humor:
– Tal vez Su Ilustrísima no necesitaba traspasar el tema a Roma -aventuró, áspero- Pudo decidir bajo su responsabilidad, cuando estábamos a tiempo.
El reproche hizo palidecer al arzobispo.
– Puede ser -se había erguido, mirando a Octavio Machuca de soslayo- Pero también los prelados tenemos nuestra conciencia, señor Gavira. Con su permiso.
Hizo una seca inclinación de cabeza y pasó entre ellos, alejándose con cara de pocos amigos. Machuca movió la nariz de un lado a otro, dos veces, sin que Gavira pudiera precisar si se hallaba desolado o divertido con la escena. En cualquier caso, pensaba. había cometido un error. Porque un error era todo aquello que no producía beneficio a corto, medio o largo plazo.
– Has ofendido su dignidad pastoral -dijo Machuca, socarrón.
Reprimiendo un juramento a flor de labios -habría supuesto un segundo error-, Gavira hizo un gesto de impaciencia:
– La dignidad de Monseñor tiene un precio, como todo, un precio que yo puedo pagar -dudó un instante, en atención al viejo banquero-. Que el Cartujano puede pagar.
– Pero de momento el cura sigue ahí -Machuca hizo una pausa de tres segundos. Una pausa increíblemente malvada- Me refiero al cura viejo.
Observaba a Gavira con curiosidad, pero éste era demasiado consciente de ello. Se tocó la corbata y los puños de la camisa, mirando alrededor. Una mujer hermosa pasó cerca y cambió con ella una sonrisa distraída.
– Eso -prosiguió Machuca, mirando alejarse a la mujer- mantiene a Macarena y a tu suegra en primera línea. De momento.
Era inútil. Gavira se había rehecho y encaraba la situación, impasible.
– No se preocupe -dijo-. Lo conseguiré.
– Eso espero, porque el tiempo se te acaba. ¿Cuántos días te quedan para la junta?… ¿Una semana?
– Lo sabe usted muy bien -el viejo había dicho te quedan y se te acaba. Era odiosa, pensó Gavira, aquella sensación de estar pasando siempre un examen tras otro, sometido a una especie de reválida continua-. Ocho días.
Machuca movió lentamente la cabeza.
– Una final de infarto, que dicen los del Betis -miró en torno, como si otras cosas le ocuparan la cabeza; de pronto se volvió hacia él-: ¿Sabes una cosa, Pencho?… Tengo auténtica curiosidad por ver cómo sacas adelante todo esto. En el consejo van a por ti -sonreía con la boca apergaminada, igual que una serpiente a punto de desprenderse de su piel-. Pero si lo consigues, enhorabuena. Lo que no mata, engorda.