Se alejó Machuca, reclamado por unos conocidos, y Gavira quedó solo bajo el Valdés Leal. Había cerca un tipo regordete y blando, con una papada que parecía prolongación de las mejillas, el pelo lacado y un bolso de piel en la muñeca. El desconocido se acercó cuando sus miradas se cruzaron:
– Soy Honorato Bonafé, de la revista Q+S -extendía una mano, a modo de saludo- ¿Podemos hablar un momento?
Gavira ignoró aquella mano mientras miraba alrededor, el ceño fruncido, preguntándose quién había dejado entrar a aquel individuo.
– Sólo le robaré unos minutos.
– Telefonee a mi secretaria -sugirió fríamente el banquero, volviéndole la espalda- Un día de éstos.
Dio unos pasos entre la gente, alejándose. Para su sorpresa, Bonafé anduvo a su lado. Fruncía la boca mirándolo de reojo, entre obsequioso y seguro de sí. Ruin, concluyó Gavira deteniéndose por fin: aquélla era la descripción exacta del fulano.
– Preparo un reportaje -dijo el otro con rapidez, antes que lo despachase de mala manera- Sobre esa iglesia que le interesa a usted.
– Y a mí qué me cuenta.
Bonafé alzó una mano pequeña y fofa, la misma que había ignorado Gavira.
– Bueno -continuaba frunciendo la boca en mohín conciliador- Si tenemos en cuenta que el Banco Cartujano es el principal interesado en el derribo de Nuestra Señora de las Lágrimas, creo que una conversación, o unas declaraciones… Ya me entiende.
Gavira se mantuvo impasible.
– Pues no. No entiendo en absoluto.
Untuoso, paciente, Honorato Bonafé obsequió al banquero con un rápido esbozo del panorama: el Cartujano, la iglesia y la recalificación del terreno. El párroco, individuo algo dudoso, enfrentado al arzobispo de Sevilla y bajo expediente disciplinario o algo parecido. Dos muertos por accidente, o vaya usted a saber. Un enviado especial de Roma. Y bueno, una bella esposa, o ex esposa, hija de la duquesa del Nuevo Extremo. Y ella y aquel cura de Roma…
Se detuvo de pronto, al ver la expresión de Gavira. El banquero había dado un paso hacia él y lo miraba muy de cerca.
– Bueno, ya me entiende -zanjó Bonafé, resumiendo sobre la marcha- Se lo cuento para que se haga idea: titulares, portada y demás. Publicamos la historia completa la semana que viene. Y naturalmente, su opinión o sus palabras tienen mucho peso.
El banquero seguía inmóvil, mirándolo sin decir palabra. Honorato Bonafé inició una sonrisa pero la dejó allí, inconclusa, entre los labios sonrosados que fruncía paciente, a la espera de respuesta.
– Usted -dijo por fin Gavira- quiere que yo le cuente.
– Eso es.
Pasó cerca Peregil, y Gavira creyó advertir en él una mirada de alarma al ver a Bonafé. Estuvo tentado de llamarlo para preguntarle si tenía algo que ver con la presencia del periodista en la exposición; mas no era momento para un careo. Lo que de verdad le apetecía era sacar de allí a patadas a aquel individuo gordito y blando con modales de chantajista.
– ¿Y qué gano hablando con usted?
La sonrisa del periodista se disparó por fin, insolente y segura. Ese es el lenguaje, insinuaba el mohín de la boca.
– Bueno. Controla la información. Aporta su versión de los hechos -Bonafé hizo una pausa cargada de sentidos-… Nos pone de su parte, para entendernos.
– ¿Y si no lo hago?
– Ah. Eso es diferente. El reportaje se publicará de todos modos, pero usted habrá dejado pasar su oportunidad.
Ahora le llegó a Gavira el turno de sonreír, y lo hizo con su mueca más peligrosa: la del Marrajo del Arenal.
– Eso suena a amenaza.
El otro movía la cabeza, ajeno a las sonrisas y a los matices.
– No, por Dios. Sólo pongo mis cartas sobre la mesa -los ojillos abolsados, porcinos, brillaban de codicia-. Juego limpio con usted, señor Gavira.
– ¿Y por qué juega limpio conmigo?
– Oh, pues… No sé -Bonafé se estiraba los faldones de su chaqueta arrugada-. Supongo que, de cara a la opinión pública, su imagen despierta simpatía, ya me entiende: joven banquero que impone un nuevo estilo, etcétera. Usted da bien en las fotos, gusta a las señoras. En una palabra: vende. Es un hombre de moda, y mi revista puede contribuir mucho y bien a que siga de moda. Considérelo una operación de imagen -puso cara de circunstancias-. Mientras que su mujer…
– ¿Qué pasa con mi mujer?
Las palabras sonaban igual que astillas de hielo, pero Bonafé no parecía reparar en las señales de peligro:
– Ella también da bien en las fotos -dijo, sosteniendo la mirada de su interlocutor con mucho aplomo-. Aunque creo que ese torero… Bueno, ya sabe. Eso acabó. Precisamente ahora el sacerdote de Roma… ¿Sabe a quién me refiero?
Gavira pensaba muy rápido, sopesando los pros y los contras. Sólo necesitaba una semana de tregua, y después todo daría igual. Y el precio de aquel tipo estaba a la vista.
– Si, ya comprendo -respondió, todavía el aire ausente- Y dígame: ¿cuánto calcula que puede costarme esa operación de imagen?
Bonafé alzó ambas manos para juntar las yemas de los dedos, en gesto de oración, o de acción de gracias. Parecía relajado. Feliz.
– Oh, bueno -dijo-. Yo había pensado en una conversación detenida sobre esa iglesia. Un cambio de impresiones. Y luego, no sé -le dirigió una mirada significativa al banquero- Quizá le interese invertir en prensa.
Volvió a pasar cerca Peregil, mirándolos como al azar. Gavira observó que su asistente seguía preocupado. El banquero compuso una última sonrisa volviéndose hacia Bonafé, mas nadie hubiera interpretado aquel gesto como indicio de simpatía. Tampoco el otro debió de considerarlo así, pues parpadeó un instante, inquieto.
– Hace tiempo que invierto en prensa -dijo Gavira- Lo que pasa es que aún no había tenido que ocuparme de gente como usted.
Frunció la boca el periodista en una mueca cómplice, de modo que se le estremeció la papada igual que si fuera gelatina. Y Gavira, observándolo, se dijo que Honorato Bonafé daba el tipo perfecto para ese personaje abyecto, viscoso, que suele aparecer asesinado en las películas.
– Lo que me fascina de Europa -dijo Gris Marsala- es su larga memoria. Basta entrar en un lugar como éste, mirar un paisaje, apoyarse contra un viejo muro, y todo está ahí. Tu pasado, tus recuerdos. Tú misma.
– ¿Por eso anda obsesionada con la iglesia? -preguntó Quart.
– No es sólo esta iglesia.
Se hallaban en el atrio, ante el Nazareno de pelo natural y los exvotos polvorientos colgados en la pared. Los dorados del retablo relucían al fondo, bajo los andamios, en la penumbra que rodeaba la imagen de la Virgen y las tallas orantes de los duques del Nuevo Extremo.
– Quizás hay que ser norteamericana para comprenderlo -añadió Gris Marsala al cabo de unos instantes-. Allí tienes la impresión, a veces, de que todo esto fue construido por gente extraña, ajena. De pronto un día vienes y comprendes que es tu propia historia. Que tú misma, por mano de los antepasados, colocaste piedra sobre piedra. Puede que eso explique la fascinación que muchos compatriotas míos sienten por Europa -le sonrió a Quart, el aire absorto-. Inesperadamente doblas una esquina y recuerdas. Te creías huérfana y resulta que no es así. Tal vez por eso ahora no quiero regresar.
Se apoyaba en la pared blanca, junto a la pila de agua bendita. Llevaba, como siempre, el pelo encanecido sujeto con una pequeña trenza en la nuca y el viejo polo azul oscuro que olía ligeramente a sudor. Colgaba los pulgares en los bolsillos traseros de los téjanos manchados de yeso y cal.
– A mí me convirtieron en huérfana varias veces -dijo-. Y la orfandad es esclavitud. La memoria te da aplomo, sabes quién eres y a dónde vas. O a dónde no vas. Sin ella estás a merced del primero que llega y te llama hija suya. ¿No cree? -aguardó, hasta ver que su interlocutor asentía en silencio-. Defender la memoria es defender la libertad. Sólo los ángeles pueden permitirse el lujo de ser espectadores.