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Parecía reír muy quedo, entre dientes, entornando los ojos cual si observara algo muy lejos de allí, con todas aquellas pequeñas arrugas acusándose más en su cara. Había sido una mujer atractiva, pensó Quart. En cierto modo lo seguía siendo. Se preguntó cuántos religiosos, hombres o mujeres, hubieran tenido el valor de hacer lo que ella hizo.

Gris Marsala fue a sentarse en el sillón y Quart permaneció de pie, la chaqueta abierta y las manos en los bolsillos, apoyado en el mueble de los libros y la música, mirándola. Ella le dirigió una sonrisa extraordinariamente amarga:

– ¿Ha visitado alguna vez un cementerio de monjas, padre Quart?… Filas de pequeñas lápidas alineadas, todas iguales. Y grabado en ellas, el nombre de religión; no el de bautismo. Lo que fueron consiste exclusivamente en su pertenencia a una orden; lo demás no cuenta ante Dios. Imposible encontrar sepulturas que inspiren más tristeza. Es como esas necrópolis de guerra con miles de cruces que llevan la inscripción «desconocido». Provocan una insufrible sensación de soledad. Y también la pregunta millonaria: ¿De qué ha servido todo esto?

Jugueteaba con uno de los tapetitos de ganchillo puestos sobre los brazos del sofá, y de pronto parecía muy desamparada, lejos de aquel aplomo que reforzaba cada una de sus palabras y gestos. Quart contuvo el impulso de sentarse junto a ella; no se trataba de piedad, sino de oportunidad operativa. Quizá no tuviese mejor ocasión para iluminar los ángulos de sombra de Gris Marsala. Habló con mucho cuidado, pescador que no tensa demasiado el sedal para que el pez no se asuste y escape:

– Son las normas. Usted lo sabía cuando profesó.

Ella lo miró igual que si hubiera hablado en otro idioma.

– Cuando profesé desconocía el sentido de palabras como represión, intolerancia, o incomprensión -sacudió la cabeza-. Ésa es la norma real. Igual que en el 1984 de Orwell, con el ojo de la Gran Hermana sobre ti. Y cuanto más joven y atractiva eres, peor. Comadreos, grupitos, amigas preferidas, celos, envidias… Ya conoce el viejo dicho: se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse… Si alguna vez dejo de creer en Dios, espero seguir creyendo en el Juicio Final. ¡Cómo me gustaría encontrar allí a algunas de mis compañeras y a todas mis superioras!

– ¿Por qué se hizo monja?

– Esto se parece cada vez más a una confesión general. No lo traje aquí para descargar mi conciencia… ¿Por qué se hizo cura?… ¿La vieja historia del padre opresivo y la madre excesivamente afectuosa?

Negó Quart con la cabeza, incómodo. No era ése el terreno al que pretendía llevar la conversación.

– Mi padre murió siendo yo muy niño -dijo.

– Ya. Otro caso de proyección edípica, que diría ese viejo cochino de Freud.

– No creo. También llegué a pensar en hacerme militar.

– Qué literario. El rojo y el negro -había puesto el tapetito sobre sus rodillas y lo doblaba cuidadosamente una y otra vez, con gesto distraído-. Mi padre era celoso, dominante. Y yo temía decepcionarlo. Si analiza a fondo ciertas vocaciones femeninas, sobre todo de chicas que fueron guapas, descubrirá con insospechada frecuencia una angustia de años bajo el acoso continuo de un padre: todos los hombres buscan lo mismo, etcétera. A muchas religiosas, como es mi caso, nos enseñaron desde niñas a tener cuidado con los hombres y a no perder el control frente a ellos… Le sorprendería saber cuántas fantasías sexuales de monjas giran en torno al tema de la bella y la bestia.

Se miraron largamente, sin necesitar palabras. Flotaba ahora entre los dos, percibió el sacerdote, la más grata sensación extraíble del oficio que ambos, de un modo u otro, desempeñaban. Aquella solidaridad singular y dolorosa que sólo era posible entre clérigos reconociéndose unos a otros en un mundo difícil. Una camaradería hecha de rituales, sobreentendidos, intuición, instinto de grupo y soledades paralelas, comprensibles. Soledades compartidas.

– ¿Qué puede hacer -añadió Gris Marsala- una monja que a los cuarenta años comprende que sigue siendo la misma niña dominada por su padre?… Una criatura que, por afán de no desagradarle, de no cometer ningún pecado, cargó con el pecado más grande: el de no haber vivido jamás una vida verdaderamente propia… ¿Hizo bien o fue una irresponsable y una estúpida cuando, con dieciocho años, renunció al amor terrenal que incluye palabras como confianza, entrega, o sexo? -observó a Quart cual si de veras esperase de éste una respuesta-. ¿Qué hacer cuando esas reflexiones vienen demasiado tarde?

– No lo sé -dijo él, amistoso y sincero-. Sólo soy un cura de infantería, sin demasiadas respuestas -paseó la vista por la habitación, los modestos muebles y el ordenador, y al retornar a ella esbozó una sonrisa-. Quizá romper un espejo, y después comprarse otro -hizo una pausa-. Se necesita mucho coraje para eso.

Gris Marsala estuvo un rato sin responder nada. Después desdobló despacio el tapetito, colocándolo cuidadosamente sobre el brazo del sofá.

– Quizá -dijo al fin-. Pero el reflejo ya no es el mismo -había una desesperada ironía en sus ojos claros cuando de nuevo los alzó hasta Quart-. Pocas cosas hay tan trágicas en la vida como descubrir algo a destiempo.

Estaban esperándolo en Casa Cuesta, puntuales en torno a la mesa bajo el anuncio de vapores Sevilla-Sanlúcar-Mar, como una banda de facinerosos contritos en torno a una botella de La Ina.

– Sois un desastre -dijo Celestino Peregil-. Me estáis haciendo quedar fatal.

Don Ibrahim miraba la ceniza de su puro, a punto de desplomársele sobre el chaleco blanco. Tenía el ceño fruncido y se pasaba, molesto, un dedo por las cerdas del bigote chamuscado mientras Peregil les leía la cartilla. A su lado, el Potro del Mantelete mantenía los ojos fijos en la superficie de la mesa, en un lugar indeterminado que más o menos estaba entre su mano izquierda, aún vendada con gasa y pomada para las quemaduras, y el rodal húmedo de vino dejado por la copa que en ese momento se llevaba a la boca. La Niña Puñales era la única que parecía ajena a la vergüenza general, con sus ojos negros de copla ausentes, fijos en un cartel amarillento de la pared -Plaza de toros de Linares, 1947, Gitanillo de Triana, Manolete y Dominguín-, y las manos largas, morenas y descarnadas, de uñas tan rojas como sus labios y sus pendientes de coral, con las pulseras de plata en torno a las muñecas tintineando a cada viaje de ida y vuelta entre su copa y la botella. Ella sola se había bebido más de la mitad.

– En mala hora os encargué este negocio -añadió Peregil.

Estaba furioso, en baja forma, con el nudo de la corbata torcido y un tono grasiento en la piel y en la calva, deshecha la complicada arquitectura del pelo apelmazado con fijador desde la oreja izquierda. Menos de una hora antes, Pencho Gavira le había echado una bronca. Resultados, imbécil. Te pago para que me proporciones resultados, y llevas una semana mareando la perdiz. Seis millones te di para el asunto, y seguimos igual, y encima está ese periodista, el tal Bonafé, queriendo mojar la magdalena. Que por cierto, Peregil, cuando tengamos un rato vas a contarme qué tienes tú que ver con ese fulano, ¿verdad? Me lo vas a contar muy despacito, porque huelo que aquí hay gato encerrado. En cuanto a lo otro, tienes hasta el miércoles para solucionarme la papeleta. ¿Me oyes? Hasta el miércoles. Porque el jueves no quiero que en esa iglesia entre ni Dios. De lo contrario vas a cagar los seis kilos gramo por gramo. Subnormal. Que eres un subnormal.

– Las cosas de curas traen muy mal fario -apuntó don Ibrahim.

Peregil lo miró con dureza:

– El mal fario lo tenéis vosotros.

Inclinaba un poco la cabeza el Potro, del mismo modo que cuando era amonestado por el arbitro o aguantaba, estoico, broncas del público en plazas de polvo y sol.