– En silencio -repitió.
Quart miró a Macarena. Tenía la luz de los faroles de la galería a la espalda, y la mitad del rostro en penumbra bajo el pelo que le había resbalado desde un hombro. Cruzaba las piernas bajo el largo vestido de algodón oscuro, con las sandalias mostrando sus pies desnudos. El marfil del collar le resplandecía suavemente en el cuello.
– No es el caso de Nuestra Señora de las Lágrimas -aventuró Quart-. Su decadencia sí hace ruido.
Macarena no dijo nada. Fue su madre quien movió un poco la cabeza:
– No todos los mundos se resignan a desaparecer -susurró. El comentario sonaba como un suspiro.
– Usted no tiene nietos -dijo Quart.
Procuró decirlo en tono neutro, casual. Que no pudiera considerarse una provocación o una impertinencia, aunque algo tuviese de ambas cosas a la vez. Pero Macarena siguió impasible, y fue Cruz Bruner quien habló, al tiempo que miraba a su hija:
– Tiene razón. No los tengo.
Hubo un silencio que él sostuvo con la esperanza de no haber errado el tiro. Ahora Macarena había adelantado el rostro, lo suficiente para que el trozo de luna que despuntaba sobre el alero iluminase una mirada hostil fija en Quart:
– Ese no es asunto suyo -dijo al fin, en voz muy baja.
– Puede que tampoco lo sea mío -concedió la duquesa, acudiendo en ayuda de su invitado-. Pero es una lástima.
– ¿Por qué ha de ser una lástima? -el tono de Macarena fue cortante como un cuchillo; le hablaba a su madre pero seguía mirando al sacerdote-. A veces es mejor no dejar nada atrás -hizo un gesto violento, exasperado, para apartar el cabello-. Son afortunados esos soldados que van a las guerras con todo cuanto tienen: su caballo y su sable, o su fusil. Sin nadie por quien preocuparse y sufrir.
– Como algunos sacerdotes -concluyó Quart, que tampoco quitaba los ojos de ella.
– Tal vez -Macarena reía ahora sin ganas; muy lejos de su habitual risa franca, de muchacho-. Debe de ser maravilloso sentirse tan irresponsable y tan egoísta. Elegir la causa que uno ame o le convenga, como hace Gris. O como usted. No la que se hereda o le imponen a una.
Con las últimas palabras quedó un rastro de amargura. Cruz Bruner entrelazaba los dedos en torno al abanico:
– Nadie te forzó a ocuparte de esa iglesia, hija mía. Ni a convertirla en cuestión personal.
– Por favor. Sabes mejor que nadie que hay obligaciones que no eliges, pero que recaen sobre ti. Baúles que no se abren impunemente… Hay vidas gobernadas por fantasmas.
La duquesa hizo sonar el abanico con un chasquido.
– Ya la oye, padre. ¿Quién dijo que las heroínas románticas habían desaparecido?… -se dio un poco de aire antes de cerrar las varillas pensando en otra cosa. Miraba, abstraída, los rasguños en los nudillos del sacerdote-. Pero los fantasmas sólo duelen con la juventud. El tiempo los multiplica, es cierto; aunque también suaviza sus efectos: el dolor se vuelve melancolía. Todos mis fantasmas nadan en una balsa de aceite -deslizó una lenta mirada alrededor, a los arcos mudéjares del patio, la fuente de azulejos y la luna que ascendía en el rectángulo de cielo negro azulado-. Ni siquiera esto duele ya -miró a su hija-. Sólo tú, quizás. Un poco.
Ladeó la cabeza la anciana, con gesto idéntico al de Macarena, y de pronto Quart descubrió en su rostro los rasgos familiares de la hija. Fue una visión rápida que lo hizo asomarse por un extraño momento al futuro, treinta o cuarenta años más tarde, de la hermosa mujer que estaba a su lado, mirándolo callada mientras escuchaba a su madre. Todo llega, se dijo Quart. Y todo acaba.
– Por un tiempo confié en el matrimonio de mi hija -seguía diciendo Cruz Bruner-. Eso me consolaba al pensar que tarde o temprano terminaré por dejarla sola. Octavio Machuca y yo coincidimos en que Pencho era ideaclass="underline" listo, buena planta, un futuro por delante… Se veía muy enamorado de Macarena, y estoy segura de que aún lo está, a pesar de cuanto ha ocurrido -se fruncieron los labios inexistentes de la duquesa-. Pero de la noche a la mañana, todo empezó a cambiar -le dirigió una fugaz mirada a su hija-. La niña abandonó su casa y volvió conmigo.
El tono de la anciana había virado al reproche, pero Macarena continuaba impasible. Quart bebió un último sorbo de su taza y la puso encima de la mesa. Tenía la continua sensación de rozar certezas, sin conseguirlo.
– No me atrevo -aventuró- a preguntar por qué.
– No se atreve -Cruz Bruner se abanicaba, mirándolo con ironía-. Tampoco yo me atrevo. En otro momento habría calificado todo esto como una desgracia; pero ya no sé qué es mejor… Soy la penúltima de mi estirpe, con casi tres cuartos de siglo propio a cuestas y una galería de retratos de antepasados que ya nadie teme, respeta o recuerda.
La luna fue a enmarcarse en mitad del rectángulo de cielo. Cruz Bruner hizo apagar todos los faroles. La luz se volvió azul y plata, con los blancos del patio -dibujos en azulejos, sillas, tonos pálidos en el mosaico del suelo- destacando en la penumbra igual que si fuese de día.
– Es parecido a cruzar una línea -prosiguió la duquesa, y Quart supo que continuaba la conversación interrumpida-. Y visto desde allí el mundo sea diferente.
– ¿Y qué hay allí?
La anciana lo miró con fingida sorpresa:
– En boca de un sacerdote es una pregunta inquietante… Las mujeres de mi generación creímos siempre que ustedes tenían respuestas para todo. Cuando a mi viejo confesor, ya fallecido, le pedía consejo respecto a las calaveradas de mi marido, siempre me aconsejaba resignación, oraciones, y ofrecer mis angustias a Jesucristo. Según él, la vida privada de Rafael iba por una parte, y mi salvación por otra. No tenían nada que ver.
Miraba alternativamente a su hija y a Quart, y éste se preguntó qué consejos conyugales eran los que don Príamo Ferro le había dado a Macarena.
– A este lado de la línea -prosiguió Cruz Bruner, retomando el hilo- hay cierta curiosidad desapasionada. Una ternura tolerante hacia quienes llegarán hasta aquí tarde o temprano, y no lo saben.
– ¿Como su hija?
La anciana lo pensó un momento:
– Por ejemplo -dijo por fin, y estudió a Quart, interesada-. O como usted mismo. No siempre será un sacerdote apuesto que atraiga a sus feligresas.
Quart ignoró la alusión. Seguía rozando certezas, sin éxito:
– ¿Y qué tiene que ver todo eso con el padre Ferro?… ¿Cuál es su visión desde el otro lado?
La anciana hizo un gesto de ignorancia. Empezaba a aburrirle aquella conversación.
– Tendría que preguntárselo a él. Me parece que don Príamo no es tierno, ni tolerante. Pero es un sacerdote honrado, y yo creo en los sacerdotes. Creo en la Iglesia católica, apostólica y romana, y espero salvar mi alma en la vida eterna -se tocó la barbilla con el abanico cerrado-… Creo hasta en los sacerdotes como usted, que no dicen misa ni cosas así; incluso en esos que llevan pantalón vaquero y zapatillas de tenis, como el padre Óscar… En ese mundo desaparecido del que procedo, un sacerdote significaba algo. Por otra parte -miró a su hija-. Macarena quiere mucho a don Príamo, y yo también creo en Macarena. Me gusta verla librar sus batallas personales, aunque a veces no la entienda. Batallas imposibles cuando yo tenía su edad.
Reflexionaba Quart sobre la integridad del párroco de Nuestra Señora de las Lágrimas. Era la segunda vez que oía proclamar aquella honradez en los dos últimos días; pero eso estaba en contradicción con el informe sobre Cillas de Ansó. Miró el reloj:
– ¿El padre Ferro está ahora en el observatorio?
– Es demasiado pronto -respondió Cruz Bruner-. Suele subir un poco más tarde, hacia las once… ¿Le gustaría esperarlo?
– Sí. Hay un par de cosas que debo comentar con él.