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Macarena había puesto una mano sobre su brazo, el mismo de la mano herida, y él lo mantuvo inmóvil, sin retirarlo, aunque ella tuvo que notar endurecerse los músculos bajo el contacto.

– Me voy de Sevilla -dijo Quart por fin, en voz baja.

Ella no dijo nada de inmediato. Al cabo de un momento, sintió que se volvía a mirarlo:

– ¿Cree que comprenderán en Roma?

– No lo sé. Pero que comprendan o no, carece de importancia -Quart hizo un gesto hacia el baúl, el campanario, la ciudad oscura a sus pies-. No son ellos quienes han estado aquí. Éste es sólo un punto minúsculo en un mapa, sobre el que un audaz intruso informático atrajo por un rato su atención. Mi informe será archivado a los pocos minutos de leerlo.

– Es injusto -protestó Macarena-. Se trata de un lugar especial.

– Se equivoca. El mundo está lleno de lugares así. Cada rincón, cada historia, tienen una Carlota esperando en una ventana, un viejo párroco testarudo, una iglesia que se cae a pedazos en alguna parte… Ustedes no son tan importantes como para quitarle el sueño al Papa.

– ¿Y a usted?

– Eso no tiene nada que ver. Yo dormía poco, antes.

– Ya veo -retiraba la mano apoyada en su brazo-. No le gusta sentirse implicado, ¿verdad?… Salvo que se trate de cumplir órdenes -se echó hacia atrás el cabello con violencia, colocándose de forma que él no tuvo más remedio que mirarle la cara-… ¿No va a preguntarme por qué dejé a mi marido?

– No. No voy a preguntárselo. Eso tampoco es imprescindible en mi informe.

Sonó la risa baja, desdeñosa, de la mujer.

– Me importa poco su informe. Usted vino aquí haciendo preguntas y ahora no puede decir que se va y elude el resto de las respuestas… Ha curioseado en las vidas de todo el mundo, así que puede completar la mía -sus ojos no se apartaban de Quart. La voz se le volvía absorta, grave; como si antes de modularse recorriera un largo trecho adentro-. Yo quería un hijo, ¿sabe?… Algo que atenuase la sensación de que no hay nada entre mis pies y el abismo… Yo quería un hijo y Pencho no -el tono cambió al sarcasmo-. Imagínese los argumentos: prematuro, mala época, momento crucial en nuestras vidas, necesidad de concentrar esfuerzos y energías, ya lo tendremos más adelante… No le hice caso y me quedé embarazada. ¿Por qué aparta el rostro, padre Quart?… ¿Se escandaliza?… Imagínese que está en el confesionario. A fin de cuentas, es su oficio.

Quart movía la cabeza, repentinamente seguro de sí. Aquello era justo lo único que le quedaba claro. Su oficio.

– Se equivoca de nuevo -repuso con suavidad-. No lo es. Ya dije en una ocasión que no quiero confesarla a usted.

– No puede evitarlo, padre -Quart percibió despecho e ironía en el tono de la mujer-. Considéreme un alma atribulada que su ministerio le impide rechazar -sobrevino un silencio-… Además, tampoco estoy pidiendo una absolución.

Encogió él los hombros, cual si aquello bastase para dejarlo al margen. Pero ella tenía los ojos llenos de reflejos de luz, y de luna, y de noche, y no pareció advertir el gesto.

– Me quedé embarazada -prosiguió, en el mismo tono de antes- y a Pencho le cayó el mundo encima. Demasiado pronto, demasiados problemas antes de tiempo, insistía. Presionó como nunca nadie en mi vida… Presionó para que me lo quitara.

Así que era eso. Las piezas rezagadas siguieron encajando lentamente en las reflexiones del sacerdote. Macarena se quedaba callada, y él no pudo evitar abrir la boca, a su pesar:

– Y lo hizo -dijo.

No era una pregunta. Se giró a mirarla, viéndola sonreír con una amargura que nunca le había visto antes.

– Lo hice -Santa Cruz seguía reflejándose en sus ojos, pálida a causa de la luna-. Soy católica y me resistí cuanto pude. Pero amaba realmente a mi marido. Contra la opinión de don Príamo, ingresé en una clínica y perdí el niño. Sólo que las cosas se complicaron: tuve una perforación del útero con hemorragia arterial, y hubo que practicarme una histerectomía de urgencia… ¿Sabe lo que significa eso? Que nunca podré ser madre otra vez -alzó los ojos y se inundaron de luna, borrándose todo rastro de lo demás-. Nunca.

– ¿Qué dijo el padre Ferro?

– Nada. Es anciano y ha visto demasiado. Sigue dándome la comunión cuando se la pido.

– ¿Lo sabe su madre?

– No.

– ¿Y su marido?

Ahora ella emitió una carcajada corta y seca.

– Tampoco -pasaba la mano por el alféizar, cerca del brazo de Quart, pero sin llegar a tocarlo esta vez-. Nadie lo sabe excepto el padre Ferro y Gris. Y ahora, usted.

Dudó un momento, como si fuera a añadir un nombre más. Pero Quart la miraba, sorprendido:

– ¿Aprobó la hermana Marsala su decisión de abortar?

– Al contrario. Aquello casi me cuesta su amistad. Pero cuando se complicaron las cosas en la clínica, ella acudió a mi lado… En cuanto a Pencho, no le permití acompañarme durante la intervención, y siempre creyó que el aborto fue normal. Regresé a casa, convaleciente, y para él todo parecía ir bien.

Guardó silencio un instante, mirando la Giralda iluminada a lo lejos, y luego se volvió al sacerdote.

– Hay un periodista -dijo-. Un tal Bonafé, el mismo que publicó la semana pasada ciertas fotos…

Se calló, esperando sin duda un comentario; pero Quart no dijo nada. Las fotografías del hotel Alfonso XIII eran lo de menos. Le preocupaba el nombre de Honorato Bonafé en boca de Macarena.

– Un tipo desagradable -prosiguió ella, al cabo de un momento-. Blando, sucio… De esos a quienes nunca darías la mano porque se adivina húmeda.

– Lo conozco -dijo por fin Quart.

Macarena le dirigió una ojeada suspicaz, preguntándose de qué podía él conocer a semejante individuo. Después inclinó la cabeza, y el cabello negro se interpuso entre ambos.

– Vino a verme esta mañana -prosiguió-. En realidad fue a abordarme en la puerta, pues no lo habría recibido aquí nunca. Lo mandé con viento fresco, pero antes de irse insinuó algo sobre la clínica… Ha estado haciendo preguntas.

Sangre de Dios. Quart torcía el gesto, imaginando la escena. Por un momento lamentó no haber sido más contundente con Bonafé cuando su última entrevista. La rata miserable. Deseó con toda el alma tropezárselo de nuevo a su regreso, en el vestíbulo del hotel, para borrar de su cara aquella sonrisa viscosa.

– Estoy un poco inquieta -confesó Macarena.

Lo dijo en un tono preocupado, inseguro, que tampoco le había oído nunca antes. Quart imaginaba sin esfuerzo el partido que Bonafé iba a sacar de la historia.

– Abortar -comentó- ya no es un problema en España.

– No. Pero ese hombre y su revista viven de escándalos.

Cruzaba los brazos, apretados. De pronto parecía tener frío.

– ¿Sabe cómo se hace un aborto, padre Quart?… -se había vuelto a estudiarlo, buscando la respuesta en su rostro para descartarla al fin con una mueca despectiva-. No, creo que no lo sabe. Quiero decir que no lo sabe de verdad. Toda aquella luz, y el techo blanco, y las piernas abiertas. Y las ganas de morirse. Y la infinita, fría, espantosa soledad… -se apartó bruscamente de la ventana-. Malditos sean todos los hombres del mundo, incluido usted. Maldito hasta el último de ellos.