– Esa es Polaris -el padre Ferro había seguido los movimientos del telescopio-: el extremo de la Osa Menor, que siempre señala la latitud cero de la Tierra. Pero tampoco eso es inmutable -señaló un lugar a la izquierda, invitando a Quart a mover la lente hacia allí-. Hace 5.000 años era aquella otra, el Dragón, la que adoraban los egipcios como custodia del norte… Su ciclo es de 25.800 años, del que sólo han transcurrido 3.000. Así que dentro de doscientos veintiocho siglos sustituirá de nuevo a la Polar – miraba hacia arriba, tamborileando con las uñas en el tubo de latón-… Me pregunto si para entonces quedará sobre la tierra alguien para apreciar el cambio.
– Da vértigo -dijo Quart, apartando el ojo de la lente.
Chasqueó el párroco la lengua, asintiendo. Parecía complacerse en el vértigo de Quart; como un cirujano experto viendo palidecer a los estudiantes en una autopsia.
– Tiene gracia, ¿verdad?… El Universo es una broma divertida. La misma Polaris que usted miraba hace un momento se encuentra a cuatrocientos setenta años luz. Eso significa que nos guiamos por el brillo que salió de una estrella a principios del siglo XVI, y ha tardado casi cinco siglos en llegar hasta nosotros -indicó otro lugar en la noche-. Y más allá, sin que pueda verse a simple vista, en la nebulosa del Ojo del Gato, capas concéntricas de gas, anillos y lóbulos gaseosos forman el fósil final de un astro que murió hace mil años: restos de planetas muertos girando en torno a una estrella muerta.
Se apartó del telescopio y anduvo hasta otro de los arcos de la torre, donde la claridad de la luna iluminaba mejor sus facciones. Se quedó allí, pequeño y seco en la sotana demasiado corta bajo la que asomaban sus grandes zapatos. Desde esa distancia le habló de nuevo a Quart:
– Dígame qué somos. Qué papel jugamos aquí, en todo ese escenario que se extiende sobre nuestras cabezas. Qué significan nuestras vidas miserables, nuestros afanes -alzó una mano un poco hacia arriba, sin mirar dónde señalaba-… ¿Qué le importan a esas luces su informe a Roma, la iglesia, el Santo Padre, usted o yo mismo?… ¿En qué lugar de esa bóveda celeste residen los sentimientos, la compasión, el cálculo de nuestras pobres vidas, la esperanza? -otra vez sonó la risa queda, áspera, intranquilizadora-… Aunque brillen supernovas y agonicen estrellas, mueran y nazcan planetas, todo seguirá girando, en apariencia inmutable, cuando nos hayamos ido.
Quart sintió de nuevo aquella solidaridad instintiva que en su mundo de clérigos hacía las veces de amistad. Guerreros exhaustos, cada uno en su casilla de ajedrez, aislados, lejos de reyes y príncipes. Librando el combate de su incertidumbre con las solas fuerzas y a su manera. Le hubiera gustado acercarse al pequeño y viejo párroco y ponerle una mano en el hombro; pero se contuvo. Las reglas también incluían la soledad de cada cual.
– En ese caso -dijo lentamente- no me gusta la astronomía. Linda con la desesperación.
El otro lo miró un instante en silencio. Parecía sorprendido.
– ¿Desesperación?… Todo lo contrario, padre Quart. Proporciona serenidad. Porque sólo es lo grave, lo valioso, lo trascendente, lo que nos duele perder… Nada resiste a la despiadada lucidez de sentirse una minúscula gotita de agua de mar, en el rojo atardecer del Universo -hizo una pausa y se volvió a mirar la espadaña de la iglesia entre los visillos agitados por la brisa-. Excepto, quizás, una mano amiga que nos inspire resignación y consuelo, antes de que nuestras estrellas se apaguen una a una y haga mucho frío, y todo esté consumado.
Después de aquello, el padre Ferro ya no dijo nada más. Quart alargó la mano hasta el interruptor de la lámpara. La encendió, y las estrellas desaparecieron.
Bajó al jardín con la chaqueta sobre el hombro, aspirando el olor de la noche. Ella aguardaba en un ángulo, con la claridad de la luna recortándole en sombra, sobre el rostro y los hombros, hojas de buganvillas y de naranjos.
– No quiero que usted se vaya -dijo-. Todavía.
Brillaban sus ojos, y los incisivos parecían muy blancos despuntando en la boca entreabierta, y el collar de marfil era un trazo pálido de lado a lado del cuello moreno en penumbra. Quart separó los labios para emitir un suspiro largo y apagado que pudo ser, también, un gemido infantil o una protesta. Hacía calor. Una persiana en la tarde filtraba finas líneas de sol sobre el cuerpo moreno de una mujer desnuda, y Carmen la cigarrera liaba hojas de tabaco en la cara interior del muslo, donde brillaban minúsculas gotas de sudor cerca de un sexo de hembra oscuro, rizado y húmedo. Hubo un soplo de brisa. Las hojas de los naranjos y las buganvillas se movieron sobre el rostro de Macarena Bruner, y la luna se deslizó por los hombros del sacerdote Lorenzo Quart como una cota de malla; una loriga que cayese a sus pies. Se irguió el templario y miró alrededor, cansado, escuchando el rumor de la caballería sarracena hacia la colina de Hattin, en cuyas laderas el sol blanqueaba los huesos de los caballeros francos. Y era el mar embravecido el que golpeaba en el espigón del faro, bajo el temporal, mientras los frágiles barquitos intentaban ganar abrigo. Y una mujer enlutada sostenía la mano de un niño por donde gotas de lluvia resbalaban igual que lágrimas. Y olía a sopa hirviendo en un puchero mientras un viejo párroco junto a una chimenea declinaba rosa, rosae. Y la sombra del chiquillo, perdido en un mundo que se orientaba por la luz de una estrella vieja de cinco siglos, se recortó en la delgada pared que lo mantenía a salvo del intenso frío reinante allá afuera. Y esa misma sombra fue acercándose a la otra que aguardaba bajo las buganvillas y los naranjos hasta respirar su aroma y su calidez, y su aliento. Pero un segundo antes de enlazar los dedos en aquel cabello para escapar durante una noche a la soledad -minúsculas gotas rojas en un inmenso atardecer-, la sombra, el niño, el hombre que miraba el cuerpo desnudo bajo las líneas de luz de la persiana, el templario desamparado y exhausto, se volvieron todos al mismo tiempo para mirar hacia arriba y atrás, en dirección a la ventana apenas iluminada en la torre del palomar. Allí donde un viejo sacerdote huraño, escéptico y valiente, descifraba el terrible secreto de un cielo desprovisto de sentimientos, en compañía del fantasma de una mujer que buscaba velas blancas en el horizonte.
Ha desaparecido ante nuestros ojos sin que podamos adivinar cómo.
(Gastón Leroux. El fantasma de la Ópera)
Al arzobispo de Sevilla la satisfacción le bailaba en los ojos, tras el humo de la pipa.
– Así que Roma se rinde -dijo.
Quart puso la taza en su plato y se secó los labios con una servilleta bordada por las monjas Adoratrices. Su sonrisa parecía un suspiro.
– Es una forma de considerarlo, Ilustrísima.
Monseñor Corvo soltó más humo. Estaban sentados uno frente a otro, separados por la mesita baja con dos servicios sobre bandejas de plata. Era costumbre del arzobispo invitar al desayuno a su primera visita de la mañana. Aquel café con tostadas, mantequilla y mermelada de naranjas amargas estaba, en realidad, destinado al deán de la catedral; mas la visita inesperada de Quart, que acudía a despedirse, había alterado el protocolo. Y el arzobispo detestaba el café frío.
– Ya le dije que este asunto no era fácil de resolver.
Quart se reclinó en el sillón. Con gusto habría privado al arzobispo del placer de despedirlo con sarcasmos y sonrisitas ahumadas de tabaco inglés; pero las normas exigían que le presentara sus respetos antes de irse. Y en eso estaba.