– ¿Qué pasa?
Y Montalbano contestó, sintiéndose enrojecer: -Nada.
Se había perdido unos instantes contemplando la boca de Rachele al abrirse, el tenedor que entraba dejando momentáneamente al descubierto la intimidad del paladar rosado como el de una gata, el tenedor que salía vacío entre el brillo de los dientes, la boca que se cerraba, los labios que se movían ligera y rítmicamente mientras ella masticaba. Tenía una boca que hechizaba de sólo mirarla. Y, como un relámpago, Montalbano recordó la noche de Fiacca, cuando se extasió contemplando sus labios a la luz del fuego del cigarrillo.
Al terminar los entremeses, Rachele exclamó:
– ¡Dios mío! -Y lanzó un profundo suspiro.
– ¿Todo bien?
– Más que bien.
El camarero se acercó para retirar los platos.
– ¿Qué pedimos de segundo?
– ¿No podríamos esperar un poco? -propuso Rachele.
– Como quieras.
El camarero se alejó. Rachele permaneció en silencio. Después se llenó la copa de vino, cogió el paquete de cigarrillos y el encendedor, se levantó, bajó la escalerita de dos peldaños que conducía a la playa, se descalzó con un simple movimiento de las piernas y se encaminó hacia el mar. Al llegar a la orilla se detuvo mientras el agua le acariciaba los pies.
No le había dicho a Montalbano que la siguiera, justo exactamente igual que la noche de Fiacca. Y él se quedó en la mesa. Al cabo de unos diez minutos, la vio regresar. Antes de subir los escalones, Rachele volvió a ponerse los zapatos.
Cuando se sentó de nuevo delante de él, Montalbano tuvo la impresión de que el azul de sus ojos brillaba más de lo normal. Ella le sonrió.
Y entonces ocurrió que, desde su ojo izquierdo, una lágrima que había permanecido en suspenso empezó a bajarle por la mejilla.
– Me habrá entrado un granito de arena -dijo, mintiendo claramente.
El camarero se presentó como una pesadilla.
– ¿Los señores han decidido?
– ¿Qué tenéis? -preguntó Montalbano.
– Tenemos fritura de pescado, pescado a la parrilla, pez espada como más les guste, salmonetes a la liornesa…
– Yo querría sólo una ensaladita -dijo Rachele. Y dirigiéndose al comisario, añadió-: Perdona, pero es que ya no puedo más.
– Imagínate. Yo también tomaré una ensalada. Pero…
– ¿Pero…? -inquirió el camarero.
– Que lleve también aceitunas verdes y negras, apio, zanahoria, alcaparras y todo lo que se le pase por la cabeza al cocinero.
– Yo también la quiero así -se apuntó Rachele.
– ¿Desean otra botella?
Quedaba suficiente para otras dos copas, una por barba.
– Para mí hay bastante -contestó Rachele.
Montalbano hizo señas de que no y el camarero se retiró, quizá un poco decepcionado por lo poco que habían pedido.
– Perdóname por lo de antes -dijo Rachele-. Me he levantado y me he ido sin decirte nada. Pero… es que no quería echarme a llorar delante de ti.
Montalbano no abrió la boca.
– A veces, por desgracia muy pocas, me ocurre.
– ¿Por qué dices por desgracia?
– Mira, Salvo, es muy difícil que yo llore por un disgusto o por un dolor. Todo se me queda dentro. Estoy hecha así.
– En la comisaría te vi llorar.
– Esa fue la segunda o tercera vez en mi vida. En cambio, fíjate qué raro, me entran unas ganas incontrolables de llorar en ciertos momentos de… felicidad… No; es una palabra demasiado fuerte: mejor decir cuando experimento una gran calma dentro de mí, con todos los nudos sueltos, todas las… Basta, no quiero aburrirte con la descripción de mis estados de ánimo.
Esa vez Montalbano tampoco dijo nada.
Pero se estaba preguntando cuántas Racheles distintas había en ella.
La que conoció en la comisaría era una mujer inteligente, racional, extremadamente controlada; aquella con la que estuvo en Fiacca era una mujer que había obtenido con gran lucidez lo que quería, pero capaz, al mismo tiempo, de desmandarse en un instante, perdiendo toda su lucidez y su control; la que ahora tenía delante era, por el contrario, una mujer vulnerable que le había confesado, sin decírselo abiertamente, lo desdichada que era y lo insólitos que eran para ella los momentos de serenidad, de paz consigo misma.
Pero, por otra parte, ¿qué sabía él de las mujeres? Pues mire, señorita, aquí tiene el catálogo, un catálogo que es más bien una birria: una relación antes de Livia, Livia, la veinteañera cuyo nombre ya no quería pronunciar y Rachele.
¿E Ingrid? Pero Ingrid era una cuestión aparte; en su relación, la frontera entre la amistad y otra cosa distinta era verdaderamente muy pero que muy delgada.
Claro que mujeres había conocido, y muchas, en el transcurso de las investigaciones que había realizado, pero siempre las conocía en condiciones especiales en que las féminas tenían el máximo interés en mostrarse, ante él, distintas de lo que eran en realidad.
El camarero sirvió las ensaladas. A Montalbano le refrescó la lengua, el paladar y los pensamientos.
– ¿Quieres un whisky?
– ¿Por qué no?
Se lo sirvieron enseguida. Había llegado el momento de hablar del asunto que más interesaba a Rachele.
– Traía una revista, pero me la he dejado en el coche -empezó Montalbano.
– ¿Qué revista?
– Una en que aparecen fotografiados los caballos de Lo Duca. Te lo comenté por teléfono.
– Ah, sí. Y creo haberte dicho que el mío tenía una mancha en forma de estrella en el costado. ¡Pobre Súper!
– ¿De dónde te viene esta afición a los caballos?
– Me la transmitió mi padre. Seguramente no sabes que he sido campeona europea.
Montalbano se quedó de piedra.
– ¿De veras?
– Sí. También he ganado dos veces el concurso en la Plaza de Siena, he ganado en Madrid y en Longchamps… Viejas glorias.
Hubo una pausa. Montalbano decidió jugar con las cartas sobre la mesa.
– ¿Por qué te has empeñado tanto en verme?
Ella se sobresaltó, quizá porque no se esperaba un ataque directo. Después enderezó los hombros, y el comisario comprendió que ahora tenía delante a la Rachele de la primera vez.
– Por dos razones. La primera es estrictamente personal.
– Di.
– Como no creo que volvamos a vernos una vez que me haya ido, quería aclararte mi comportamiento en Fiacca. Para que no te quede un recuerdo deformado de mí.
– No es necesaria ninguna aclaración -repuso Montalbano, que de nuevo se sintió incómodo.
– Sí lo es. Ingrid, que me conoce muy bien, debería haberte advertido de alguna manera de que yo… no sé cómo decirlo…
– Si no sabes cómo decirlo, no lo digas.
– Cuando un hombre me gusta, me gusta de verdad, profundamente, cosa que no me sucede a menudo; y no puedo evitar… empezar con él con lo que para las demás es el punto de llegada. Eso es. No sé si me he…
– Te has explicado perfectamente.
– Después pueden darse dos casos. O bien ya no quiero volver a oír de él o bien intento tenerlo cerca de alguna manera, como amigo, amante… Cuando te dije que me habías gustado (por cierto, Ingrid me contó que te había sentado mal), bueno, cuando te dije que me habías gustado, no pensaba en lo que acababa de ocurrir entre nosotros sino en cómo estás hecho, en cómo actúas… en resumen, en ti como hombre en su conjunto. Comprendo que mi frase podía malinterpretarse. Pero no me equivoqué contigo, ya que ahora me estás regalando una velada como ésta. Asunto cerrado.
– ¿Y la segunda razón?
– Se refiere a los caballos robados. Pero he vuelto a pensarlo y no sé si vale la pena hablarte de ello.
– ¿Por qué no?
– Porque me has dicho que no te encargas de la investigación. No quisiera contarte cosas que sólo pueden suponerte una molestia más de las que ya tienes.
– Si quieres, puedes hablarme de ello de todos modos.